Amistades ausentes

El otro día salí a comer con mi amiga Adriana. Le entró un mensaje y comentó que ya no era posible vivir con tanto chat, que no le daba tiempo de ver tanto mensaje, que la mitad eran memes reciclados y los otros eran de gente aburrida que no tenía nada mejor qué hacer. Sin embargo, todo el tiempo que pasamos juntas no quitó la mirada de su celular.

Cada vez que se encendía la pantalla con un mensaje, se disculpaba: perdón este es de mi hijo. A los pocos minutos: es mi suegra, perdón, necesito contestarlo. Luego fue de su esposo, el del grupo de vecinas preguntando si alguien podía donar sangre A- (es que ya sabes, es tan rara, sólo contesto ésta y ya te prometo, lo voy a apagar).

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No lo apagó, lo puso boca abajo. ¿Sería posible entablar una conversación de corrido sin recurrir al teléfono? Pero no tuve suerte, cada mensaje no solamente vibraba sino iba acompañado de un destello de luz. ¿Era tan importante (en ese preciso momento) confirmar la comida familiar del domingo o avisarle a su hermana que la pareja tal y tal se estaba divorciando? Todo era importante y requería una respuesta inmediata.

Se volvió a disculpar y me preguntó que cómo iba yo, y que qué tal la fisura de mi pie. Ah, ¿qué crees?, justo leí un artículo sobre qué vitaminas ayudan a los huesos, mira: y de nuevo tomó su celular para buscar el artículo del que hablaba. Le pedí que me copiara el link y, aprovechando, se lo reenvió a otros grupos; podía serle útil a alguien más, ¿no? Me insistió que lo leyera, ¿en serio pensaba que iba a ponerme a leer sobre vitaminas cuando acababa de llegar mi comida?

¡Ah!, y te presumo a mi nueva sobrina. Me enseñó las veinticinco fotos que tenía desde que nació hasta el día anterior en que fue a verla y una secuencia de videos que solo puede interesarle a sus padres y, obviamente, a ella.

No se terminó su comida y me dijo que le urgía irse, que ya iba tarde para una junta. Le pedí al mesero la cuenta y mientras la esperaba me puse a checar mi celular. Tenía treinta y cinco mensajes sin contestar y dos llamadas perdidas. Entonces, ¿qué más me cuentas?, preguntó. Por un momento consideré enseñarle las fotos de mi última semana (varias veces) o contarle que me había marcado mi esposo (¡dos veces!).

Las fotos, la cercanía con personas en otros lugares (incluso en otros lados del mundo) los videos, artículos, noticias y clima, tanta información a nuestro alcance en pocos segundos ¡qué maravilla! Si alguien hace veinte años me hubiera platicado que tendría “el mundo en mi teléfono” seguramente lo habría tachado de loco. Ahora sabía el clima extremo de Yakutsk y la reciente marcha en contra del cambio climático. Me di cuenta de que ya no recordaba cómo era platicar ininterrumpidamente sin desviar la mirada al celular. ¿Qué tal si alguien más necesitaba de mi consejo, de mi ubicación o saber lo que estaba comiendo?

Adriana y yo nos despedimos y, cuando iba en el coche de regreso a mi casa, recibí un mensaje suyo en el que escribió que le había dado gusto verme. Dejé a un lado el teléfono, pero me acordé del montón de mensajes que seguramente ya se me habían acumulado y que necesitaba revisar, así que me estacioné para leerlos y de paso para ver también la foto, producida y con filtro de las enchiladas verdes que dejó enfriar en su plato.

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