Angustia y desempleo

Desempleo
Foto: Twitter Milenio Jalisco

De las muchas cosas buenas que me dejó mi paso por el IPADE, están las conclusiones a las que llegábamos en las sesiones plenarias una vez que habíamos expuesto los hechos, problemas y posibles soluciones a los casos reales que estudiábamos alrededor de empresas mexicanas y extranjeras. Sentía especial inclinación hacia la materia de “Factor Humano”, en donde algo de lo aprendido sobre el proceso de despido de un trabajador tenía que ver con saber a ciencia cierta el por qué no aportaba los resultados institucionales esperados. Es posible que se le estuvieran encomendando tareas para las que no se le había capacitado suficientemente, o su carga de trabajo fuera excesiva y no estuviera recibiendo el apoyo requerido, o de plano no tuviera interés ni compromiso por generar los resultados y el valor para el que fue contratado. De ahí la validez de la fórmula construida entre el profesor y ese multidisciplinario grupo en el que participé a finales del siglo pasado, la que resulta más que recomendable recordar antes de resolver despedir a cualquier subalterno: “al que no sabe, enséñalo; al que no puede, ayúdalo; y al que no quiere …. córrelo”.

Aunque como dije los casos analizados en ese Instituto de formación directiva son reales, no abarcan ejemplos extraídos de los perniciosos usos y costumbres de la administración pública mexicana, en donde sin importar el número de “T” en la que nos encontremos el trabajar o dejar de hacerlo no guarda necesariamente relación con temas de capacidad o falta de ella, sino de proximidad o no con quien encabeza alguna dependencia o entidad gubernamental.

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Entre mis mejores amigos está al que sin duda he tenido por uno de los más conocedores de los temas de política y gobierno, los que él comenzó a estudiar en la Ibero con algunos semestres de anticipación. Servidor público vertical; honrado; de férrea disciplina; inteligente; particularmente culto; de pluma extraordinaria; solidario; empeñoso en su trabajo al punto de ser tenido como workaholic; docente escrupuloso…. muchas cualidades difíciles de encontrar en una sola persona, y quizá más complicado descubrirlo en el sector público. Dicen que la exageración de una virtud se puede transformar en defecto, y sin duda eso le pasaba. Su sinceridad rebasaba límites para ir a incrustarse de frente en algunas ocasiones en la ofensa, la que se agravaba cuando su pensamiento no se construía con elementos objetivos. La comedia “Liar Liar” de Jim Carrey bien lo pudo tener como fuente de inspiración en aquella parte en que el abogado protagonista queda impedido para decir mentiras durante 24 horas por el deseo cumplido de su pequeño hijo. Tras haber ocupado relevantes cargos que pudieron ser aún más altos si hubiera tenido más “oficio político”, lo que resulta paradójico para quien decidió especializarse profesionalmente en el tema, cayó en el desempleo tras conflictos con un gobernador que pasó a ser su jefe habiendo sido tiempo atrás su alumno, y más aún con algunos de su séquito de lacayos y secuaces.

Tras varios años viviendo en Puebla, en donde me alejé de los temas gubernamentales para concentrarme en los empresariales, regresé a la Ciudad de México para apoyar profesionalmente a otro buen amigo, quien comenzaba a dirigir uno de los más relevantes fideicomisos públicos. Como lo hacía cada vez que venía a México, me reuní con mi amado grupo de la Ibero, entre los que estaba quien había caído en el desempleo, situación que ya rondaba cerca de los dos años con fugaces interrupciones resultado de alguno que otro estudio, trabajo y discurso que le encargaban. Encontramos el momento para estar solos, donde aprovechó para decirme: “invítame a trabajar contigo, no puedo más estar sin empleo. Ha habido momentos en los que te juro por Dios que he estado a punto de suicidarme”. No tenía que pedirme nada. No se trataba de corresponder a las otras ocasiones en que fue él quien me hizo su colaborador, sino que logrando su incorporación hacía mi primera buena aportación a la institución que me estaba invitando a prestar mis servicios. Como era de esperarse, su desempeño fue impecable.

Pasó el tiempo y se produjo entonces un cambio sexenal más de administración, en el que con los nervios de la época me alisté de la mejor manera posible a ceder mi cargo al cercano al nuevo Titular, y encontrar acomodo en la institución en la que amigos y compañeros estuvieran llegando, a los que mi experiencia y especialidad les resultara de utilidad. Hacía ya tiempo en que el equipo en que participaba se había disuelto, a lo que mucho contribuyó la temprana muerte de Pedro, quien lo había encabezado por largos años. Me quedé en una especie de “orfandad” que inútilmente busqué remediar de distintos modos. 

Con mi natural optimismo pensé que rápidamente me iría bien en el gobierno entrante, lo que fue totalmente distinto. La situación, siempre grave, se enfatizaba teniendo tres hijos estudiando en el Tecnológico de Monterrey, y dos más en bachillerato. El gasto de los mayores se elevaba estando en el campus de Monterrey, con costos de vehículos, renta, alimentación, seguros y todo lo demás imaginable. No cerrar las llaves de los gastos rápidamente empeoró todo, explicable por creer en mentiras que queriendo ser piadosas resultaron funestas. Cuántas veces me dijeron “ya está todo listo para que empieces a trabajar con nosotros el mes o la quincena próxima”. No fue así.

Los días pasaban muchísimo más lento, los que utilizaba llevando y trayendo a cuanto lado necesitaban los hijos menores. Junto a la rutina diaria de ejercicio, me inventé otra de trabajo en casa que cumplía a rajatabla. Desgraciadamente no hubo más muros en la casa tras que con mi poca habilidad los pintara todos – externos, internos, altos y bajos – con horarios bien definidos de inicio, descanso y término de la jornada. Seguí escribiendo para revistas poblanas con un seudónimo, lo que me permitía decir burrada y media; me divertía, pero no generaba ningún peso pues eran colaboraciones “pro-bono”.  Ordené y reordené todo lo posible. Leí todo a mi alcance, ahora más lento puesto que con frecuencia me descubría haciéndolo mecánicamente y sin entender nada, pues mi mente se iba a acomodar al gran salón de las preocupaciones. Venía a la Ciudad de México y volvía de cuanta cita o entrevista pudiera concertar, incluidas reuniones sociales que pudiera aprovechar para explorar oportunidades. Me conectaba con mi parte espiritual para darle fortaleza, luchando denodadamente por no perder la confianza y la autoestima, lo que no siempre conseguí. A veces vine a encerrarme uno o dos días a mi casa capitalina, pues sentía pena y vergüenza con mi esposa e hijos por no tener trabajo, reconociendo que realmente fue todo lo contrario a un reclamo lo que de ellos obtuve: únicamente solidaridad y ánimo. Yo no pensé en suicidarme, pero en esos espacios de auto exilio sí me permití derramar más de una lágrima, lo que resultó catártico para enfrentar con actitud la pesadilla que estaba viviendo.

Un año después y con el infaltable apoyo de Jorge terminé con el involuntario paro laboral. Lo que me pasó es insignificante al lado de lo que viven y han vivido muchas personas que han estado o siguen en el desempleo, peor aún si como yo tampoco han conseguido grandes ahorros pues sus ingresos se limitan a los que nos corresponden de sueldo, pues no comulgamos con los que pueden obtenerse indebidamente desde una posición gubernamental. Separado unos metros de lo que atravesé es fácil hablar de reinvenciones, resiliencias, espiritualidad y aprendizajes de maneras diferentes de vivir, pero la cruda realidad no te da tiempo ni espacio. Es implacable.

Muchos como yo saben, pueden y quieren, pero en nuestro país las cosas de la contratación no son siempre justas para reconocerlo y aprovecharlo, no pintando para cambiar a mejor. El éxodo de profesionistas recortados en el cumplimiento de una cuota administrativa o presupuestal me enchina la piel, provocándome incluso un nudo en la garganta cuando hay amigos involucrados.

Ya pasaron muchos años de aquél en que el signo distintivo lo marcó la angustia y la tristeza. Con todo, los saldos fueron mil veces más buenos que los malos, pues siempre es un regalo de la vida el refrendar los amores de la familia y los amigos. En mis oraciones siempre están los que deseando y requiriendo de un trabajo, no han podido encontrarlo, yendo con rostros ficticiamente dotados de aplomo y hasta sonrisas, porque hasta eso de no poder demostrar debilidad se nos inculcó a los de mi generación.

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