Atreverse para seguir viviendo

Poder gente
Foto: Miguel Bruna on Unsplash

En estos tiempos parece que la audacia desfallece. Gran parte de la sociedad se encuentra en un marasmo, aferrándose quizá sólo a realizar algunas tareas de mantenimiento. El silencio de las ideas y propuestas hace eco en los pasillos vacíos de todos los lugares en que solíamos reunirnos. Podemos entender que después de un evento traumático existe un periodo de shock en el cual no se puede pensar. Es una especie de vacío mental en el que los sentidos siguen tratando de aprehender lo que sucede alrededor. La mente se encuentra rebasada, la percepción sigue enviando estímulos, pero no hay discernimiento, hay un mero vacío de pensamiento real al interior.

El psicoanalista inglés Bion decía que pensar duele. Porque para Bion pensar no se trataba del mero acto de generar ideas. La mayoría de la gente utiliza el concepto de pensar como la idea de tener algo o alguien en la mente. Pero en realidad en estos momentos, el psiquismo está habitado por un pensamiento compulsivo en forma de palabras que “quiere dejar de pensar pero no puede”. Pero de eso no se trata pensar. Pensar es un acto psíquico y emocional. Consiste en poder reconocerse como ése que se es, que seguramente no siente solo cosas buenas, sino que sufre, está enojado y odia todo aquello que le pesa y le pasa.

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A los que no se mueven les duele pensar el presente y el futuro, y sólo se atacan con pensamientos obsesivos de angustia y malos augurios.  Aquellos que tienen responsabilidad en el mal manejo de la pandemia, sin duda, hay una parte enorme de dolor de pensar en la gravedad de los efectos de sus políticas. Se requiere atravesar el umbral del dolor para reconocer los errores y más cuando son graves. Rectificar duele, pero también da la libertad para poder pensar de nuevo.

Así pues una consecuencia inmediata de la falta de pensamiento real es la falta de acción. Es decir, nos encontramos en una coyuntura inusitada donde si bien la movilidad se encuentra prácticamente reducida a cero, y las posibilidades de reunirse en lo social también deben estar aún muy restringidas, eso no quiere decir que la vida se haya detenido, ni que la toma de decisiones debe detenerse.

Existe una dificultad para atreverse a tomar acciones. Atreverse es de esas palabras difíciles porque tienen varios sentidos. Por un lado, es una determinación para decidirse hacer algo que implica un riesgo, pero también tiene la acepción de ser un insolente o faltar al respeto. Y, entonces, pareciera que ante el riesgo de parecer un descaro perdemos la posibilidad de la audacia. Es necesario pensar en los dos planos para salir de este marasmo que venimos arrastrando desde hace casi un año.

Adolecemos de un desfallecimiento y de la pérdida de empuje, parece que estamos dejando caer la vida en el abandono y este patrón lo podemos encontrar en todos los planos de la existencia. El plano amoroso, el de los emprendimientos, el del liderazgo para la generación de ideas y propuestas.

En este momento las cosas no van a pasar si no se forja una amalgama de coraje, determinación e inteligencia.

Sería un momento ideal para que personas se conviertan en protagonistas con propuestas, no desde su lugar de especialistas únicamente, sino desde la decisión de tomar un su cargo el gobierno de los ciudadanos, de la polis. Sólo a algunos les da fuerza suficiente el enojo y la indignación de lo que sucede para proponerse como posibles líderes. Bien por ellos. Porque para atreverse se requiere saber que se está haciendo algo que conlleva un riesgo, el riesgo de un fracaso y pero la posibilidad de dar un paso adelante. Aunque, por supuesto, primero antes de atreverse, lo primero es volver a pensar, aunque duela.

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