Barbarie

Barbarie
Foto: Twitter Reacciona x la Vida
Profesor Doval

«Una de las mujeres sale del cabaret para avisarle
a la madre. Pasado este movimiento, la escena parece cuadro plástico. Todos miran fascinados al cadáver. No se mueven
más que los que se acomodan para ver mejor. Silencio.»
Jorge Ibargüengoitia
Las muertas

En esta gran nación, que es Méjico, sólo los imbéciles y los extranjeros piensan que la barbarie es una realidad que debe combatirse para vivir en sociedad. Para los segundos, a veces es un rasgo del folklore e ingrediente turístico. Pongo por caso algunos rituales de las fiestas de pueblo, como tronar cohetes.

Por lo demás, para los mejicanos la barbarie no es horror, sino idiosincrasia. La barbarie constituye nuestro modo de vida, individual y colectiva. Para ilustrar esta afirmación voy a poner dos ejemplos.

El primero tiene que ver con nuestros usos y costumbres gastronómicas. Comer sopa caliente durante épocas de altas temperaturas climáticas, por señalar uno de tantos casos, es signo inequívoco de barbarie. A nadie en Méjico se nos ocurre que la ingesta, en pleno agosto, de un caldo tlalpeño «bien calientito» es causa de malestar y calor interno, lo que a su vez provoca irritación anímica, sudoración física e incompetencia laboral (el llamado «mal del puerco»).

Hay más casos de barbarie que se circunscriben en la esfera alimenticia; sin ánimo de ser exhaustivo, enlisto aquí cinco: 1) comer todo con las manos (excepto el caldo tlalpeño antes referido), 2) inclinarse sobre la mesa hasta reducir a su mínima expresión la distancia entre nuestra cara y el plato (sobre todo si se trata del caldo tlalpeño), 3) beber cocacola con todo lo que comemos, 4) el chile y 5) la incapacidad para beber sólo una porción de alcohol en la mesa y que toda comida con vino o cerveza termine en guarapeta.

Hay más ejemplos de nuestra irrefrenable barbarie. El ámbito de la transportación ofrece un vasto campo de ejemplos, del que sólo tomo dos: 1) cruzar las calles a pie y 2) conducir el coche. En ambos, hacemos alarde de salvajismo. En el primero, porque creemos que el coche tiene privilegios por encima de nosotros y la rara vez cuando un automovilista nos «cede» el paso, cruzamos la calle con un trotecito ridículo. Por otro lado, cruzamos las calles donde nos apetece, menos por donde debiéramos (si es que ese lugar debido existiere). Siempre corriendo. Por respeto al lector, no referiré ningún caso del segundo ejemplo.

La proclividad mejicana a la barbarie también se advierte en nuestros métodos de negociación que, fundamentalmente, son: 1) gritar, 2) agredir verbalmente a la contraparte, 3) ofenderse porque no se acata nuestra santa voluntad, 4) chantajear y 5) liarse a golpes.

Otro rasgo que evidencia nuestro estado de barbarie queda de manifiesto cuando dejamos en manos de alguna deidad o la fortuna asuntos cuyo destino depende, en realidad, de nosotros. Tal es el caso de: a) aprobar un examen escolar, b) solventar una deuda, c) llegar a tiempo o d) responder ante las consecuencias de nuestros actos. Se trata del famoso «no pasa nada» o «ya Dios dirá» o «no sé qué pasó».

Sin embargo, el síntoma que refleja en toda su dimensión nuestro fervor por la barbarie es la indiferencia que mostramos ante el horror de la violencia en la que estamos sumidos. Poco más de 23,000 personas asesinadas de enero a julio de 2019. Una cifra de guerra que escandalizaría a cualquiera es, para nosotros, un mero dato. Somos salvajes. No conocemos más que la barbarie.

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