Bikers

Bikers
Imagen: Mariana

Desde niño me gustaron las motocicletas. Mi primer contacto con una fue con aquella mini moto de cien centímetros cúbicos que mi papá le regaló a mi hermano cuando cumplió quince años, la que me prestaba frecuentemente. Inolvidable el rostro de emoción de Carlos cuando vimos a nuestro padre entrar a la calle conduciéndola “hecho la madre”, según las posibilidades del pequeño vehículo, seguido por Don Pancho, ese polifuncional colaborador de mi progenitor, víctima recurrente de bromas que aguantaba con estoicismo espartano. En una ocasión en que iba al volante con Pancho como copiloto y conmigo en el asiento trasero, mi padre cometió una terrible imprudencia que estuvo a punto de provocar un grave accidente. El conductor ofendido bajó el vidrio y a todo pulmón gritó “¡¡viejo pendejo, eres un pinche peligro!!”. Con notable calma mi papá volteó a ver a su asistente para decirle, “¿pero por qué le gritan así Pancho? …usted ni venía manejando”. 

En mi juventud y después ya bien instalado como adulto contemporáneo, tuve una variada gama de motos japonesas. Era un cuasi solitario conductor de fin de semana que solo de vez en cuando salía a carretera con mi hermano, mucho más avezado e intrépido que yo para conducir. Solíamos tomar la carretera federal a Cuernavaca para ir a desayunar y volver casi inmediatamente, padeciendo las de Caín por tratar de seguirle el paso.

- Publicidad -

Mi tipo de moto preferida cambió radicalmente cuando me reencontré con mi amigo Enrique, contratado como abogado del Auditorio Nacional. Convenimos un día “rodar” juntos (mamón término del argot), acordando encontrarnos en la esquina de Barranca e Insurgentes. Me costó trabajo reconocerlo, pues aquél flemático jurisconsulto y mega conservador en el vestir con quien interactuaba profesionalmente, nada tenía que ver con el tipo de pantalones y chamarra de cuero, pañoleta bajo el casco y brazaletes con picos y estoperoles que adornaban unos delgados brazos que agarraban firmemente el volante en forma de cuernos de la flamante Harley Davidson que conducía.

A Enrique le compré mi primera Harley. Una padrísima “Fat Boy” negra, similar a la que saca Arnold Schwarzenegger en una de las películas de la saga de Terminator. Para entonar bien con el estilo, poco a poco adquirí playeras, chalecos, botas, chamarras y todo un sinfín de prendas ad hoc. Hasta tatuajes y arracada removibles. También a mis hijos les compré algunas cosas, las que los obligaba a portar cuando los trepaba a la moto en turno, en un estilo acrobático que ya lo hubiera querido el equipo especializado de la Secretaría de Protección y Vialidad.  Lo sé, siempre he sido un padre muy responsable.     

Con la Harley y el disfraz de malandro los recorridos a altas velocidades quedaron en el olvido, cambiándolos por parsimoniosos paseos. Me integré al grupo “Kaos” de HOG (Harley Owners Group), en el que ya cercano a mis cuarenta de edad yo encarnaba al “ala juvenil” de la organización, conformada por unos veinte bikers de escasos y plateados cabellos, los que se hacían acompañar en los recorridos por las esposas o novias, según las circunstancias individuales y el destino. Total, puros viejitos chirriscos que en su mayoría eran exitosos empresarios o profesionistas que encontraban en las motos un gran pasatiempo y una divertida catarsis.   

Tratando de disfrutar al máximo, muchas veces exagerábamos en el tiempo invertido. Ir a cualquier sitio nos llevaba casi el doble de horas de las normales, por detenernos recurrentemente a tomar la foto del paisaje, echar un café, un cigarrito, ir al baño o simplemente para “estirar las piernas”. Una Ida a Acapulco podía implicar no menos de cinco paradas, con sus consabidas quitadas de casco, guantes y al menos cinco kilos de accesorios de piel….. y vueltas a colocar.  Al principio sufría con una dinámica semejante, pero no tardé en tomarle el gusto a una de las máximas del grupo: “¿cuál es la prisa?”.

En tantos años de motociclista nunca había tenido un accidente….hasta que se presentó. Que yo reconociera ser el único culpable del percance no hizo que modificara a partir de este hecho mi decisión de dejar por un largo tiempo el hobbie, cuando menos hasta que mis hijos menores hayan concluido la universidad. Algo también tuvo que ver que, tras décadas de abnegada pasión, comenzara a cansarme por padecer las incomodidades de manejar con harto frío, lluvia o bajo un sol abrazador. Mi amigo y actor Manuel Landeta, a quien hace mucho introduje en la afición por las Harleys, fue quien se quedó con mi Road King, la que afortunadamente no tuvo ni un raspón con el accidente. Gracias a Dios solo fui yo el averiado. De vez en cuando extraño no agobiarme por ver que transcurra un poco de tiempo sin que esté haciendo algo a mi juicio productivo, así como transformarme por unas horas en un personaje muy distinto al que soy.  Solo de niño podía jugar a ser por un rato Batman, Pelé o Bradshaw, y de eso hace mucho tiempo. Me gusta ser quien soy, pero a veces me vendría bien dejar descansar al personaje para encarnar a otro con responsabilidades y agobios distintos…. y si no tiene ninguno, mejor aún.

Te puede interesar: Nuevos hipocondriacos