Catalina Creel: el amor de una madre

Catalina Creel
Foto: Twitter Laura Martínez

Profesor Doval

En esta gran nación, que es Méjico, la madre es el sol que determina las órbitas de la realidad personal y social. No hace falta un doctorado en sociología para percatarse de ello. El nocturno a Rosario del poeta coahuilense Manuel Acuña, por poner un caso, refleja a la perfección la magnitud materna –«¡los dos, un solo pecho, y en medio de nosotros, mi madre como un Dios!»–.

Cuna de lobos –creación a cuatro manos del prodigioso dueto que formaron Carlos Olmos y Carlos Téllez tuvo un éxito insólito– el viernes 5 de junio de 1987 el país se detuvo para ver el final– porque retrató fielmente la enfermiza relación materno-filial mejicana, con sus excesos, paranoias y anomalías psíquicas. Catalina Creel no hechizó por su crueldad, sino por su abnegación. Ella encarnó a la mujer que es capaz de darlo todo por su hijo imbécil, por ese vástago indefenso que lucha solo contra el mundo. Para explicarme, me veo forzado a hacer un resumen de la trama. Permítaseme el relato.

José Carlos (Gonzalo Vega) es hijastro de Catalina, quien casó con Carlos, el viudo millonario dueño de los laboratorios Larios (Raúl Meraz); con él engendraría al hermano menor (Alejandro Camacho). Catalina era consiente de las marcadas diferencias entre los niños, por lo que, en cuanto pudo, desarticuló toda posibilidad de que, desde su mayorazgo, José Carlos pudiese opacar a Alejandro. Así, aprovecho que un día el pequeño José Carlos jugaba al trompo, para fingir que le había sacado el ojo derecho en una pirueta.

El montaje funcionó y el niño acabó en un internado, de donde no saldría sino hasta muy entrado en la adultez, hecho un playboy irresponsable, ludópata y ajeno al negocio familiar. Sin embargo, el marido descubrió la farsa. Aquí inicia la telenovela, la mañana cuando Carlos Larios anuncia a su esposa la decisión de divorciarse, repatriar a su hijo mayor y cambiar el testamento.

Pero Catalina Creel, sabedora de que su adorada bendición caería en desgracia, se mueve con rapidez y hace lo que toda madre abnegada haría en su lugar: asesinar al marido. Aparentemente resignada, en el desayuno, le ofrece un jugo de naranja envenenado (es el riesgo de estar casado con quien se dedica al negocio farmacéutico: que las pócimas siempre están muy a la mano). Fúrico por su reciente descubrimiento, Larios se empina el juguito, se monta en su grand marquis y se va a trabajar; en el trayecto, el veneno hace efecto, pierde el control del coche y acaba estrellándose en el ventanal de unas oficinas, donde Leonora (Dianita Bracho) es una secretaria bonachona y tonta.

El testamento establecía que la fortuna Larios sería para el hijo que se reprodujese antes que el otro. Catalina pone manos a la obra y continúa sacrificándose por su adoración. Va con su hijo estúpido y le explica qué va a hacer: embarazar cuanto antes a Vilma (Rebecca Jones), su esposa, que está más seca que el desierto de Ojinaga. Nuevo escollo para la sacrificada madre. ¿Qué hacer? Fácil: 1) anunciar que Vilma está embarazada y 2) tener un recién nacido dentro de los próximos nueve meses. ¿Cómo?

Catalina le explica a su retoño que: 1) deberá enamorar a la ingenua y desvalida Leonora –a quien conoció porque ella reportó el accidente del papá– y 2) habrá de fecundarla a la brevedad para que ése sea el hijo que espera Vilma. Alejandro ejecuta las instrucciones de su madre. Pero, ¿acaso la labor de una madre siempre es sencilla?

Un nuevo obstáculo aparece cuando la abuela de Leonora (Carmen Montejo) descubre los planes de Catalina, quien obligada por las circunstancias otra vez comete un crimen por el bien de su hijo: enfrenta a la abuela, le grita de todo y le provoca un trauma que la deja muda, por lo que la encierran en un asilo luego de la boda falsa de su nieta, quien, nada más firmar el acta de matrimonio ficticia, ya estaba embarazada. Check.

Ya faltaba muy poco para lograr que el hijo predilecto, el más indefenso, lo tuviese todo. Vilma está de trabajo de parto en una clínica clandestina. En la habitación de al lado, Leonora da a luz al niño en cuestión; le anuncian que nació muerto y se lo entregan a Vilma. ¡Por fin! La herencia será de ese solecito incomprendido; pero, ¡una madre no descansa jamás!

Pasa el tiempo, Leonora descubre todo y enamora a José Carlos –quien está de regreso luego de pasar un año en la cárcel inculpado por Catalina– para vengarse del clan Larios-Creel. Ñacañaca. Pero la muy estúpida se enamora y le suelta la sopa. Los dos empiezan a planear el desenmascaramiento de la mujer que sólo quería la felicidad de su hijito.

Al final, tras cometer tropelía y media, Catalina prepara el asesinato de Leonora y José Carlos, quienes ya hasta se casaron y toda la cosa. Los engaña para viajar en el avión de la familia a EE.UU. La aeronave está averiada a propósito y, en cuanto coja altura, se desplomará. Pero, oh calamidad, quienes la abordan son Vilma y Alejandro. Mueren. Catalina recibe la noticia, enloquece y se bebe el mismo veneno con el que mató a su marido. Luego, ya se sabe: «No soy Braulio, soy el pequeño Edgar». Fin. Créditos.

Cada uno de los crímenes cometidos por Catalina Creel son imágenes del enfermizo amor que las madres mejicanas les prodigan a sus hijos más desvalidos. Las mamás hacen una diferencia entre los hijos más aptos y los aparentemente subnormales, que saben que pueden obtener todo de la dulce mujer que les dio la vida.

La madre mejicana no educa en el ámbito del mérito, sino en el de la lástima. La pedagogía del pobrecito atrofia nuestra capacidad de esfuerzo y trabajo. Esa discrepancia es palpable en cualquier circunstancia doméstica. Por ejemplo, al llevarlos a la escuela, la madre carga la mochila de su hijito, aunque éste sea un verjoleto de 14 años porque: pobrecito. La madre impide los desvelos de su criatura y le hace la tarea. Lo defiende de los gamberros. Tras su falta, lo protege de cualquier adversidad.

La madre mejicana impide que los desafíos del mundo lleguen a la conciencia de su vástago. En buena medida, a eso obedece que los mejicanos dependamos del mañana, Dios dirá. Somos albañiles de fantasías, ilusos perpetuos que solo imaginamos cosas chingonas; pero, somos incapaces de realizarlas.

Por eso lloramos tanto a nuestra madre muerta: porque ya no hay quien nos cumpla nuestros caprichos, que nos diga que somos los más guapos e inteligentes y que todo es culpa de Masiosare. Tú no te apures, mi cielo. Tras toda madre mejicana, hay una Catalina Creel. Nosotros somos Alejandro y José Carlos en permanente tensión: lástima y revancha, frustración y venganza. Está gran nación, que es Méjico, es una cuna de lobos.

@ProfesorDoval

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