Comida Familiar (un cuento sobre las relaciones hogareñas)

Depresión
Foto: Sasha Freemind on Unsplash

Era muy raro que la familia entera se juntara. A veces porque algunos vivían lejos, a veces porque alguien tenía algún compromiso. Mis padres tuvieron cuatro hijos y, en esa ocasión estábamos allí todos reunidos, nietos incluidos.  Fuimos dos hombres y dos mujeres- tanto insistieron mis padres en tener la parejita que tuvieron dos: primero fueron las niñas y después llegamos nosotros. Yo al final. Mis hermanas, una casada y otra divorciada con dos hijos hombres, cada una. Mi hermano, con dos divorcios a cuestas, tenía dos niñas una de cada matrimonio. Yo estaba casado, pero apenas llevaba dos años. Me casé grande, casi de cuarenta, así que por el momento no tenía hijos. Mi mujer, al igual que yo, no se había casado y tampoco tenía hijos. Formábamos una pareja mayor que desprendíamos un aire de estabilidad y tranquilidad – por lo menos eso nos decían parejas desesperadas que llevaban más de cinco años de casados y tenían dos o más hijos -. 

Mi madre intentó reunirnos por lo menos cada quince días. Nunca se pudo. Al principio si no era en su casa, ella misma llegaba de invitada el domingo a la de alguien – en contadísimas ocasiones con mi padre- comía y se quedaba a pasar la tarde. Ahora que todos vivíamos en la ciudad ella podía llegar a cualquier casa un domingo y así llenaba el mes. Cuando vivíamos fuera, una de mis hermanas y yo, mi madre alternaba con los otros dos las visitas que terminaban, frecuentemente, en problemas sobre todo en el caso de mi hermano que lidiaba con alguna mujer y la presencia, en muchas ocasiones incómoda de mi madre. Ahora la cosa era un poco diferente. Mis padres decidieron ir juntos a casa de alguno de nosotros una vez al mes e invitar a los cuatro otro domingo (nunca supe cómo le hizo mi madre para convencer a papá). Los domingos sobrantes eran una especie de día libre. Sin embargo era difícil que coincidiéramos todos. Por un lado, ni mi hermano ni mis hermanas ampliaban la invitación el día que les tocaba, alegando que éramos muchos, que no cabíamos o cosas por el estilo. Mi hermano les cancelaba la cita intempestivamente a mis padres y éstos acababan en un restaurante con alguna de mis hermanas. Por el otro, era difícil por las actividades que cada uno tenía. Recuerdo que varias ocasiones comí  solo con  mis padres y algunos de mis sobrinos – que mis hermanas, ambas, habían dejado el fin de semana con sus abuelos-. Lo mismo pasaba a veces con mi hermano que dejaba a las niñas, sin importarle a ninguno la desesperación de los abuelos de tener seis niños en la casa y a ninguno de los padres. Esta situación a mi también me alarmaba y me vacunaba de la paternidad por un rato más, pero a mi madre se le convertía en un problemón con mi papá que no era precisamente tolerante con los niños. Total que salvo la navidad o algún otro evento, era muy difícil que estuviéramos solos los seis. 

- Publicidad -

Debo decir que como en cualquier familia que se respete no todo era miel sobre hojuelas entre nosotros. Una guerra soterrada pero que venía desde la adolescencia mi hermano y mi hermana más grande (Rogelio y Adriana) con mi padre. Mi padre jamás le perdonó a Rogelio dos cosas: que hubiera sido adolescente y que no estudiara ingeniería –“tanto buscar el niño para que le saliera arquitecto”, decía mi padre, sin reparar en mi existencia-. Durante los años de adolescencia y juventud, mi padre se dedicó a castigar, amenazar y regañar a Rogelio lo mismo por las fiestas, que por las amistades, por las lecturas o por el ocio. La verdad es que ,independientemente de lo difícil de la etapa que atravesaba, mi hermano no tenía muchas salidas ante la actitud paterna. Tenía cinco años más que yo y me dolía verlo sufrir en el cuarto y hablando pestes de mi papá. Yo no entendía muy bien qué pasaba, pero trataba de ser solidario con mi hermano a la par que el miedo a mi padre aumentaba. Rogelio soportó toda la carrera los comentario desdeñosos de mi padre hacia las posibilidades de su profesión. 

Las opiniones no se referían únicamente a los estudios sino que abarcaban cualquier ámbito. “Abundan en esa profesión los homosexuales, son raritos”, le advertía; “nadie acaba siendo amigo de un arquitecto, todo el mundo acaba desconfiando de ellos. Y claro, siempre se chingan algo. Ve sus casas. Están hechas del material que se roban de todos lados. Son rateros”, sentenciaba. Hay que decir que Rogelio aguantó los embates y evadía contestarle a papá. Se lo cobró después. Jamás le habló de cómo le iban los negocios (–“bien”, “más o menos”, “pus ahí”, etc.) El primer día que mi padre fue a la casa que Rogelio se compró – una casona vieja en una colonia de abolengo- veía con gusto el estilo de la casa cuando Rogelio dijo en voz alta “la casa es vieja, así la compre. Con los pisos originales. Ya estaba todo, no le he puesto nada. Así que puedes estar tranquilo, no me robé nada”. Mi padre no entendió bien a qué se refería su hijo pero entendió que le respondía a algo que tenía guardado, y lo entendía porque era casi el único tipo de diálogos que tenían. Mi madre creía que Rogelio tenía mal carácter. Creo que nunca pensó que mi padre se lo agriaba. Tanto en nuestra adolescencia como juventud, mi madre decidió jugar un papel que intentó ser mediador pero que en realidad no significaba nada. No contradecía a mi padre – ni en público ni en privado- y trataba por medio de apapachos de mostrarse comprensiva con mi hermano. Pero en realidad, no solucionaba nada. Incluso lo agravaba. Le decía a mi hermano que mi padre creía que lo hacía por su bien. “No lo quiero. Lo odio, no lo aguanto, todo el  día me está criticando” le dijo un día Rogelio a mi madre. Ella, escandalizada, le gritó que cómo se atrevía  a decir eso, que era un ingrato, que su padre se mataba para que él tuviera escuela y otras posibilidades, que no podía entender que tuviera esos sentimientos. Rogelio entendió que la solidaridad de mi mamá tenía los límites de la autoridad  que mi padre le había impuesto como pareja. Mi madre perdió la oportunidad de estar del lado de su hijo y ganarse su confianza. Mi hermano no le perdonaría ese gesto y aunque la relación entre ellos distó de ser buena, con el tiempo llegó a tener algo de calidez, gracias al esfuerzo de ella que, según yo, estaba más cifrado en la culpa de no haberlo ayudado en aquellos años difíciles, que en una suerte de empatía.

El caso de Adriana no era muy distinto. Apegada a mi madre, intentó ser una niña modelo. No sé por qué razones nunca entró bien en el ojo de mi padre. Imagino que a lo mejor por ser la primera hija. No dudo en absoluto que mi padre hubiera deseado un niño y que viera en Adriana un inevitable motivo para la decepción. Con el tiempo se adaptó un poco a la idea pero siempre, que yo recuerde, era un tanto lejano. La aceptaba con distancia. Esto siempre me llamó la atención. Se supone que los padres se vuelven locos con las hijas  y que  para éstas durante sus primeros años no hay nada más allá que el papá. Eso pasó con Rocío, la menor, pero Adriana, a pesar de sus esfuerzos no alcanzo el anhelado lugar de “ la consentida”. 

Mujer metódica, estudiosa, obediente de las reglas, no dio prácticamente ningún problema.Terminó su carrera. Nunca fue una alumna sobresaliente pero tenía el talento suficiente para salir con calificaciones aceptables en cualquier materia. No fue muy noviera. Al tercero se casó con un buen muchacho que le ha dado las satisfacciones propias de un matrimonio como el que buscaba Adriana: estable, con suficiente dinero para no pasarla mal, y con un marido que cuando ella lo pedía, estaba allí. Es posible que ante el rechazo de mi padre, Adriana se arrojara a los brazos de mi madre que de alguna forma lograba imponer a mi hermana algunas de sus ocurrencias y maneras de ser. Era normal, ya adolescente Adriana, encontrarlas platicando en la cocina o viendo juntas alguna telenovela. Mi hermana y mi madre lloraron días enteros poco antes de que se casara. Mi mamá sabía lo que le esperaba: el carácter difícil y agrio de mi padre; su relación tormentosa con Rocío; la distancia y la frialdad de Rogelio y, por mi lado, un quedar bien con todo el mundo que me terminó convirtiendo en un perfecto indiferente con tal de que no se metieran conmigo. La que no entendía por qué lloraba era Adriana. No es que saliera de algún infierno, en realidad se las arregló para pasarla lo mejor posible en esta familia, a lo mejor, y eso lo pensé con el tiempo, era por la absoluta parquedad de mi padre respecto de su marido, su matrimonio y en general de todo lo que hiciera. Creo que en ocasiones lloraba de coraje.

No importaba si fueran las calificaciones de sexto, el festival de tercero de primaria, la primera obra de teatro en secundaria o la participación en el equipo de voleibol durante la preparatoria; su título de diseñadora gráfica  o el anuncio de su matrimonio; mi padre siempre recibía las noticias de boca de Adriana con un “¡qué bien!” y una suerte de sonrisa congelada. Nunca supe qué opinaba Adriana de la actitud de mi padre, pero era claro que le lastimaba. Creo que al final, ya con hijo, se convenció de lo difícil que le sería agradar a su padre. Incluso en el caso de los nietos no corrió con suerte. Su primer embarazo se interrumpió a los dos meses y le costó mucho tiempo volver a embarazarse. Así que fue Rocío la que llevó el primer nieto lo que provocó, caso inusitado en la vida familiar, una alegría desbordada de mi padre. De cualquier forma Adriana logró tener una familia consolidada. Su marido nos caía bien a todos y sus hijos eran buenos muchachos y ella no era la repetición de mi madre, al contrario, era una mujer muy abierta en las cuestiones de educación. Hace poco coincidimos en una cena y platicamos muy a gusto. La verdad es que aunque vea poco a mis hermanas me gusta estar con ellas y celebro cuando me las encuentro en un marco fuera de las reuniones familiares. Son de lo más agradables. Estuvimos juntos como una hora, antes de que nuestras parejas nos reclamaran. En esa ocasión Adriana dijo cosas que me sorprendieron no sólo por la rudeza de sus palabras – algo de lo que no la imaginé capaz- sino porque era notorio que tenía presente el problema de su relación con papá y le había dado diversas vueltas- Ojalá papá no le termine de arruinar los últimos años a mamá.- Por qué lo dices -le pregunté extrañado-.- ¿No te parece suficiente haberla anulado como persona, como pareja y en buena medida como madre? – Pero eso a qué viene a cuento- Es que tú no te paras por la casa. Papá está bebiendo más de la cuenta – Bueno, también es que no tiene mucho qué hacer ahora en su despacho, traté de justificar. Es difícil llegar a esa edad y sentirse que pronto no va a tener oportunidad de nada, si no es que eso ya sucede con papá. Creo que lo normal es que se empede.- Te lo concedo, me dijo Adriana. Tiene razones y derecho a tomar. Incluso el tipo –así dijo: “El tipo”- es más tragable con algunas copas. Pero a lo que no tiene derecho es a acabar con mamá- ¿A qué te refieres? – La insulta todo el tiempo cuando se emborracha. No la baja de tonta y de inútil. Ella también tiene sus años y sabe lo que le queda enfrente. Pero no se pone a chupar. Bastante ha hecho aguantado al amargado de su marido tantos años como para que al final reciba como premio el diploma de estúpida de parte de un patán que en lo que más exitoso ha sido es en aplastar a quienes tiene al lado. Hay que hacer algo, Armando.

Dije que sí sorprendido por la forma en que había hablado. Era claro que Adriana había cargado con el dolor del rechazo de papá pero no estaba dispuesta a seguir cargándolo más. Si por determinadas actitudes papá le había agüitado grandes momentos de su vida no permitiría que eso sucediera de nuevo o que le pasara a nadie más en la familia. 

En el caso de mi otra hermana, Rocío, el problema era con mi madre. Consentida de mi papá, pasó la adolescencia y, hasta parte de su vida adulta, peleando, gritando e increpando a mamá. No era necesario que mi madre hiciera algo especialmente directo contra ella, bastaba un comentario mal enfocado, un platillo que no fuera del agrado de Rocío para que desatara su furia. Es curioso pero a pesar de tener en general un carácter apacible, amiguero, Rocío se convertía en combustible ante la presencia materna. Quizá por ser más bonita o porque desde pequeña es muy avispada, Rocío supo ganarse no sólo el corazón de papá sino sus favores, preferencias y las escasísimas muestras de cariño que tenía para sus hijos eran casi todas dedicadas a ella. Le festejaba las bromas, le solapaba alguna falta de respeto, le toleraba las fiestas y acabó justificándole el divorcio, situación que condenaba en Rogelio. Permisos, sonrisas, dinero, todo se lo llevó la hermana menor. Mi padre no tuvo, no digamos la generosidad, sino el criterio para repartir unos pocos detalles entre sus otros tres hijos. Es probable que Rocío descubriera muy pronto la actitud de Adriana: bien portada, que obedecía sin chistar lo que decían ya sea papá o mamá. Es posible también que en algún momento descubriera algo en papá. Algo que los demás no supimos ver: quizá la mezcla de odio y desprecio que sentía por su esposa, o sea, mi mamá. Entre Rocío y yo la diferencia de edad es de poco más del año, así que vi de cerca cómo Rocío se fue convirtiendo en la enemiga de mamá al tiempo que era la única posible confidente de papá. La recuerdo sentada con él viendo la tele mientras todos esperábamos a que terminaran  de ver un programa. No había posibilidad de ver la televisión si estaba mi papá en posesión del control. No sólo eso. Lo mismo veía un documental de aeronaves que un programa de jirafas. No es que nadie lo quisiera acompañar, simplemente si uno se acercaba nos fustigaba: ¿Qué haces aquí? ¿no tienes tarea o algo más qué hacer? Solamente Rocío se sentaba con él a ver lo que sea, incluso, el box que nunca supimos si le gustaba o no a papá. Por supuesto  que eso que en la niñez era una suerte de castigo paterno por haber existido, en la adolescencia y en la juventud eran verdaderos descansos: Adriana se encerraba a hablar por teléfono sin problemas o platicaba con mamá en la cocina y Rogelio y yo escuchábamos música en el cuarto a gran volúmen. Mi padre mientras tanto veía un programa de cómo hacer hortalizas caseras o sobre la construcción de la muralla china y cosas así.

Ya he dicho que lo que no me queda muy claro es la violencia que en Rocío  suscitaba mi mamá. Los arranques, reclamos y gritos fueron subiendo de tono y virulencia con la edad. Lo que la principio eran groserías en una niña de diez años caprichuda, a los trece, catorce, era una actitud francamente grosera y ya después no se podía hablar más que de insolencia e insulto. Muchas veces descubrimos a mamá llorando en la cocina por el maltrato que le daba su hija menor. Creo que al igual que ella con Rogelio, no le éramos de mucha ayuda. Yo le decía que no le hiciera caso que era una “fresa mimada” y que así eran la mayoría de las niñas de su edad. Adriana decía que no, que ella era en especial majadera y que mamá no se merecía eso; Rogelio terciaba aclarando que todo era culpa de papá y que por eso la niña era como era. “ Dejas que los dos pasen por encima de ti” le soltó un día mientras mamá sollozaba en la silla de la cocina. – Es que tu papá dice que es mi culpa, que no la supe educar. Y quizá tiene razón. – ¿Y por qué nosotros no somos así si también nos educaste?, preguntó Adriana.  – No sé para qué le haces caso. Ese cuate está mal de la azotea- dijo Rogelio. – Por favor, no hables así de tu padre, Rogelio.- Entonces para qué nos preguntas qué haces si nada más defiendes al culpable- salí en defensa de mi hermano que por supuesto ya se había ido. 

La verdad es que si bien la convivencia entre todos no era de lo mejor, los arranques de Rocío le daban un toque especial a la estadía en la casa. Sus gritos de pronto tronaban: “¿Por qué no me entiendes? ¿Te lo he dicho tres, cuatro veces que eso no me gusta; cuántas veces te lo tengo qué decir o lo haces por molestar? ¿No te das cuenta de lo qué dices? “Más las típicas de la adolescencia, a saber: No te metas en mi vida; no critiques a mis amigas; qué tiene mi arreglo, yo me peino como quiero, etc.. Eso sin contar la etapa adulta, menos escandalosa pero mucho más hiriente. Cuando Rocío se divorcia y se lo anuncia a mis papás, la reacción de mi padre fue decir que Gerardo, el exesposo, era un “gandul, un bueno para nada. Estarás mejor sola, ya lo verás”. Mi madre no supo qué decir en ese momento, pero seguramente contuvo las lágrimas; unos minutos después mi padre se fue y mamá le preguntó a Rocío por qué  el divorcio. “Porque no quiero tener un matrimonio tan patéticamente lamentable como el tuyo”, le contestó al tiempo que tomaba su bolsa y se iba. Mi madre ya no contuvo el llanto. No sé si le dolió más la forma en qué lo dijo o lo que dijo. 

Mi relación con los tres hermanos era buena. Creo que siempre lo fue. Salvo algunos problemas, pleitos con Rocío por sus actitudes al ser la consentida de mi padre y pleitos normales por espacio con Rogelio, no hubo mayor cosa. En el caso de Adriana la relación siempre fue cordial y fluida, me caía bien su disposición siempre a ayudar y no en pocas ocasiones le pedía auxilio y consejo; en el de Rogelio, divertida y de complicidad, para mi fue siempre el mayor de los hermanos. La solidaridad que tenía con él, derivada de la mala relación que tenía con papá, nos acercó más y a mi me hizo sentir buen hermano y el sentía que podía confiar en mi, lo mismo para eso que para darme cigarros y sacarme de fiesta con sus amigos.

                                    II

Ya sea casados o divorciados – o el largo tiempo en que me mantuve en la soltería- la relación entre los cuatro ha sido bastante tranquila. De pronto coincidíamos dos en algún evento pero todos juntos era algo que quedaba para navidad o eventos extraordinarios. Algún día traté de que por lo menos nos reuniéramos mi papá, mi hermano y yo (esto porque ocasionalmente mis hermanas y mi mamá se veían por su lado). Lo intenté dos veces. El resultado no fue nada bueno. La primera vez llegué unos quince minutos tarde y Rogelio no había llegado, lo que significó que mi padre se la pasara de malas, no otros quince minutos, sino el resto de la comida. Rogelio llamó entonces para decir que no podía llegar porque estaba del otro lado de la ciudad y todavía le faltaba como una hora para terminar su reunión. Mi padre levantó la vista del plato de sopa, hizo una mueca y levantó los hombros.

     –    Ya será en otra ocasión-dijo-.- Pues, sí, ni hablar. ¿Cómo estás? – pregunté- Bien, bien. Está muy lejos este restaurante ¿no te parece?- Pues la verdad que lo consideré céntrico tomando en cuenta por dónde íbamos a estar.- Mmm.- La siguiente si quieres buscamos por otro lado.- Ahí vemos.

Eso fue casi todo lo que platicamos. Aparte de qué vas a pedir, ¿quieres café? ¿trajiste coche?. Una vez que acompañé a mi padre a su coche, regresé al restaurante. Me fumé cinco cigarros y un par de güiskis. Pensé que la relación con papá era francamente imposible. ¿Por qué me trata como si me odiara? me preguntaba. Se supone que al que no aguanta es a Rogelio. Cuando salí procuré borrar el mal momento, así que cuando llamó Rogelio ya estaba yo mejor, pero sí le dije que no jodiera que no me volviera a dejar solo, que no sabía ni qué platicarle, está callado todo el rato como si estuviera amargado. “ Ese guey siempre ha estado amargado”, me dijo. “ No hables así de tu papá, Rogelio. Solo quiere lo mejor para ti” , le contesté imitando la voz de mamá mientras nos reíamos.

La segunda vez fue peor. Fuimos a un lugar cerca de casa de mis papás – lo que nos quedaba bastante lejos a Rogelio y a mi. Llegamos puntuales. Rogelio se había animado no sé si por hacerme un favor o por haber cedido al chantaje que le hice de que si papá se moría la semana siguiente él nunca se lo iba a perdonar. En el fondo creo que fue a la comida con la esperanza de que papá se muriera la semana siguiente. A la media hora de que papá no llegaba lo busqué y me contestó en la casa. Se me olvidó por completo, me dijo. No importa, estamos cerca de tu casa, le dije. Pero ya estoy comiendo algo aquí. Si quieren lo dejamos para otra ocasión, finalizó.  Te lo dije, me señaló Rogelio, ni para que te esfuerzas con este cabrón. No tiene caso. Yo no supe cuál era mi estado de ánimo, si deprimido, enojado, furioso o regañado así que lo único que pude decir fue que por nosotros no quedó. 

Claro que no volví a organizar nada con papá. Ni siquiera se lo conté a mi mamá ni a mis hermanas para no fomentar rencores. Tampoco le volví hablar a mi papá en un buen tiempo, sin que al parecer le significara gran cosa. Me comencé a preguntar no ya si mi papá me quería – cosa que me parecía dudable pero que a lo mejor hacía, muy, pero muy a su manera- sino lo que sentía yo hacia él. La verdad es que no llegué muy lejos pero entendía que compartía esas sensaciones con mis hermanos. En ese ánimo, en esa circunstancia y por cuestiones que nunca entendimos es que se llevó a acabo una comida familiar sin que hubiera nada que festejar.

Lo más curioso del domingo aquel es que nadie llegó con pareja ni con hijos. Cuando nos dimos cuenta nos llamó la atención. Cuando mi madre se percató de esto dijo “Qué bien. Todos reunidos como en los buenos tiempos”. Por supuesto Rocío no dejó escapar la oportunidad de decirle algo a mamá: “¿Cuáles buenos tiempos?” Este tipo de comentarios dificultaba cualquier conversación, generaba una especie de bloque de hielo en el centro de la reunión y nadie sabía qué hacer. Rogelio terció “ Fueron buenos en esta casa mientras no tuvimos conciencia”. Papá vio como siempre la oportunidad de participar animadamente en el intercambio “ ¿Si? ¿y se puede saber cuando adquiriste conciencia?” Rogelio contestó “¿quieres saber cuándo y de qué?” Adriana intervino: “la verdad que seguramente los buenos tiempos eran cuando no sabíamos hablar. Si así va a estar la tarde más vale que nos busquemos cada uno dónde comer”. Los ánimos se calmaron y platicamos más bien entre los hijos mientras mi papá desahogaba su coraje con una desaparición precedida de un “ahorita vengo” y mi madre se fue nerviosa a la cocina. Los hijos, las parejas, las casas eran los temas de los hermanos. Sentí por un momento que juntos teníamos una buena dinámica, que en algún momento tuvimos “buenos tiempos” y que estarla pasando bien entres nosotros era ese reflejo de solidaridad, complicidad y pleitos durante la infancia y la adolescencia. Cierto que había entre nosotros ciertos corajes y envidias pero imagino que no más de los normales en cualquier familia. Además parecía que tenía más peso entre nosotros las ganas de estar bien que encontrar un espacio para las recriminaciones. Además si algo compartíamos era el blanco de nuestros ataques: papá y mamá. 

De regreso a la sala y antes de pasar a comer papá tuvo el gesto de preguntarle a Rogelio qué vino prefería, poniéndole a escoger de tres marcas diferentes. Nos quedamos sorprendidos del detalle paterno. Sabíamos que no duraría esa actitud pero todos la reconocíamos, el mismo Rogelio procuró hablar unos minutos de vino con él y le ayudó a abrir. “Solo falta que le ayudes a mi mamá a cocinar”, le dije a Rocío con una sonrisa. “Pues yo sí le ayudaría. El problema es que la pobre no sabe cocinar. Nunca le da al sabor, se le pasa la mano en la sal o en lo desabrido, siempre pasa algo, así ni quien le ayude.” Entendí que siempre se puede esperar más de la camaradería del alcohol que de la solidaridad en la estufa. Nos sentamos a la mesa y todo transcurrió medianamente bien. Un par de temas generales, la sonrisa de mi madre queriendo mostrar que no había cosa que le gustara más que tener reunida a su familia en su casa. Mi padre guardó prudente silencio buena parte de la comida, salvo con Rocío con la que platicó un par de cosas. A mi hasta el momento, salvo el saludo, no me había dirigido la palabra. La verdad es que nunca me sentí santo de su devoción, siempre me hizo sentir eso con su actitud: que no existía, como si no hubiera ido a la comida, que en vez de seis eran nada más cinco. Con Rogelio tenía una pésima relación, que nadie desearía pero a esta altura de las cosas por lo menos era un relación y me pregunté si debiera yo de envidiar a Rogelio que se daba el placer de contestarle y sacar sus sentimientos. Me di cuenta que era mejor eso que la olímpica indiferencia – que no sabía si calificar  de desprecio- que  me había mostrado toda la vida. Me incomodé un poco ante este pensamiento que me llenaba literalmente la cabeza y decidí tomar un poco más de vino para relajarme.

Mi madre sacó un pastel. Seguía celebrando la feliz convivencia mientras volvíamos a platicar la nuevas andanzas de los hijos de mis hermanas, los encuentros casuales con algún vecino o un viejo amigo. De pronto mi padre me preguntó:

 – ¿Y tú no piensas tener hijos?

Todos se quedaron callados. De por sí era una sorpresa que se dirigiera a mi y la otra que se preocupara o manifestara curiosidad por mi vida íntima. Animado por mis reflexiones anteriores y el vino – que por lo visto también había empujado a mi papá a hacerme una pregunta- contesté.

 – No lo sé, pa. La verdad es que cuando veo que estamos juntos me pregunto si vale la pena tener hijos y también, si vale la pena ser padres.

Nuevamente todos se quedaron callados. Mi padre tomo aire y contestó:

 – Pues viéndote a ti no creo que valga la pena ninguna de las dos cosas.

 -Es que ése es el problema papá. Para qué tener un hijo si no lo vas a querer. Es mi caso contigo- contesté-. Es como comprarte un coche para no manejarlo y nada más darle patadas de vez en cuando…

Esta era una oportunidad fantástica para Rogelio, así que intervino.

    -La cosa es peor. No sólo le da de patadas al coche sino que además le poncha las llantas, le va quitando con el tiempo las piezas… hace lo posible para que nunca pueda andar.- No esperaba mucho más de ustedes dos – dijo mi padre viéndonos con rabia- si se percataron de lo que dijeron se pueden dar cuenta de cómo son y que, para continuar con su alegoría del coche, no merecían la lavada ni la encerada.- Creo que lo mejor sería cambiar de tema – quiso suavizar mamá-.- No veo porqué –intervino Adriana-. Si el problema aquí es que precisamente nunca pasa nada, siempre se cambia el tema. Con el problema de que al final la última palabra la tiene papá y que como nos consta nunca son buenas sus palabras- No exageres – la cortó Rocío-. No veo aparte para qué te metes si el problema no es contigo, es de mi papá con mis hermanos. No tendrías la misma actitud si se tratara de mamá ¿eh?- Cuándo no. Papá se puede defender sin tu ayuda – reviró Adriana-. Y de una vez te digo, para que lo entiendas, que no es lo mismo atacar a mamá que defender a papá. Tú abusas de que mamá no te dice nada; abusas de que papá te defiende todo el tiempo, juntos abusan de todos.

Los hombres permanecíamos callados durante el intercambio que traían mis hermanas. Rogelio y yo nos volteamos a ver sorprendidos por la vivacidad de Adriana. De cualquier forma habían detenido el problema entre nosotros y mi papá. Mi madre comenzaba a llorar.- Por qué no podemos estar bien juntos. ¿qué es lo que pasa?- Lo que pasa – dijo poniéndose de pie mi padre- es que puedes ver ya grandes, adultos, maduros, los frutos de tu educación. Cuántas veces te dije de la disciplina, del orden. Esto es lo que pasa, qué lo único que recibe al final del día son insultos y reclamos.- ¿Y tú no tuviste nada qué ver en la educación? –pregunté.- Lo poco que haya tenido qué ver, porque te recuerdo que hasta la fecha sigo trabajando para mantener esta casa, se ve que fue fallido. Pero la educación era responsabilidad de tu mamá- Suena muy cómodo –dijo Adriana-. -No le veo la comodidad si la persona que te debe de ayudar se dedica a quién sabe qué y nunca crece a tu lado, se vuelve una completa inútil que a la fecha sigue cocinando las misma cosas todos los domingos ¡cuarenta años después! –reaccionó Rocío.- Hubieras cocinado tú, si tanto te molesta – reviró Rogelio-.- No seas idiota – regresó Rocío- . Estoy hablando de una actitud ante la vida no de un menú ¿te cuesta mucho entender eso?- Y qué actitud quieres que tenga alguien al que su pareja no hace más que humillarla –intervino Adriana mientras mi madre se levantaba llorando de la mesa-. Cómo quieres que salga alguien adelante si no la dejan ni trabajar, sino le reconocen absolutamente nada de lo que hace. Ve hasta ahora ¡cuarenta años después! como tú dices, le reclama la educación de los hermanos. Es que tú eres un egoísta papá –dijo Adriana poniéndose de pie- no te das cuenta de nada . No te das cuenta que lo que te reclaman mis hermanos no es nada de mi mamá sino de ti, exclusivamente de ti, de tu forma de ser con ellos, de tu manera de hacerlos a un lado de no interesarte en nada de lo que les concierne. De tu falta de afecto. Y lo digo por mi, también lo acepto: me has lastimado. Y mucho. Pero es increíble que no se te pueda decir nada ni preguntarte algo porque respondes con furia.- No entiendo a qué te refieres con que te he lastimado. ¿Y cómo crees que me siento ahora con lo qué dices? ¿Muy motivado? ¿Muy feliz? ¿Ustedes no me lastiman? Y quién me comprende a mi- regresó mi padre-. – Ese era tu asunto con tus papás- dijo Rogelio-. Lo hubieras arreglado con ellos. Nosotros tratamos de arreglar el nuestro, que por lo visto no tendrá solución porque la vida de todos, se trata según tú, de entenderte a ti.- ¿Esta era la reunión familiar que tanto anhelabas? – preguntó mi papá a mi mamá que lloraba sentada en la cocina- Pues qué bonita te salió con tu hijos muy educados y muy felices -dijo mientras subía las escaleras-. Después te hablo Rocío – dijo.- Ya me extrañaba que no se despidiera de su alter ego –comentó Rogelio- Ego, ego. Ese es su problema: que nada más piensan en ustedes. Son incapaces de entender una educación, una manera de ser. Yo creo que papá se sacrificó por nosotros- alegó Rocío.- ¿Cómo en qué? – me animé a preguntar-.- En quedarse a vivir con mamá. No sé de qué se ríen. Es terrible tan sólo imaginarse vivir con una persona que no quiere hacer nada en la vida, que cree que nació  para ser ama de casa y hasta eso lo hace mal; una persona sin ningunas ganas de superarse, de salir adelante; una persona con la que no puedes platicar de nada, un verdadero cero a la izquierda. – Si lo que dices es cierto, entonces son tal para cual –comentó Adriana-. A mí me parece que papá se sintió cómodo siempre con mamá que jamás le reclamó nada, que le dio siempre la razón en todo para terminar siendo para ti y para papá el cero a la izquierda. A ti qué te hizo mamá para que la trates así ¿eh?- Ah, ya salió la defensora de las causas justas. No seas cínica, Adriana. Antes de acusar admite que estás en igualdad de circunstancias que yo, por tu relación con mamá. Pero ahí estás, con tu cara y tu actitud de mosca muerta, nomás viendo a qué hora te cobras cuentas pendientes con quien te haya visto mal en la secundaria y crees que ahora, apoyada por ustedes dos, no se hagan pendejos, es momento de cobrarle facturas a un viejo de sesenta y siete años. Qué bien, qué valientes.- Qué hipócrita eres – contestó Adriana también a gritos- . ¿Qué te crees, los derechos humanos en defensa de un señor con plenitud de facultades para insultar al que se le ponga enfrente o al lado?- Es cierto –dije yo mientras veía que mi madre hecha llanto bajaba al estudio-, el viejo es ojete y mamá una dejada.- Súper ojete y súper dejada. Qué pareja – completó Rogelio ya tomado y chocando su copa con la mía-.- ¿Por qué no pusiste en práctica tus sentimientos humanitarios con mamá? –continuaba Adriana increpando a Rocío-. Toda tu pinche vida agrediéndola, humillándola, reclamándole hasta lo que no le tocaba ¿en dónde estaban tus sentimientos cuando le decías inútil? Y dices que yo me cobro las cuentas… no entiendo a qué te refieres porque si alguien anda por ahí con su veneno por todos lados eres tú con esa actitud de amargada mal cogida.

Rogelio y yo estábamos boquiabiertos por el pleito de las hermanas,  nunca nos había tocado presenciar algo así.- ¡Lo que faltaba!- interrumpió Rocío- ¡a defender tu vida de puta instatisfecha! ¡La mosca muerta no encontró satisfacción en su juventud ni con el imbécil de su marido, ahora se acuesta con el primero que se le ofrece en un restaurante!- ¡No te metas!- le gritó Adriana, que estaba verdaderamente irreconocible, al tiempo que le aventaba un vaso de agua en la cara- ¡A ti que te importa, si no se te acercan ni tus hijos!- ¡Pero jamás tendrán como madre a una golfa como tú! ¿Y eso te da autoridad para defender a mamá, andar dando las nalgas? – Si el problema de esos niños es que no tienen madre sino un frasco de veneno.

Ya no pudimos escuchar lo que contestó Rocío. Un ruido seco, duro, se apoderó de todo el espacio de la casa. Rogelio y yo nos quedamos blancos. Sabíamos que eso había sido un balazo. Bajamos corriendo al estudio y vimos tirada en el piso a mi madre con una pistola en la mano. Mis hermanas llegaron justo detrás de nosotros y comenzaron a llorar y a gritar. Mi padre bajó las escaleras casi corriendo y se jalaba los pelos al ver el cuerpo ensangrentado. Todavía respiraba. Sus respiraciones eran una especie de bufidos monstruosos que salían de un cuerpo pequeño. Rogelio habló a la ambulancia. No hubo nada qué hacer. Se había puesto la pistola en la boca y se había disparado mientras escuchaba el pleito de mis hermanas. Harta quizá de todo de ellas, de nosotros, de lo que habíamos dicho ese día en que ni siquiera la defendimos bien, si era eso lo que alguien quiso hacer. 

La enterramos junto a sus padres en el panteón. Nos despedimos y no nos hemos vuelto a ver juntos desde entonces, hace casi dos años. Ayer habló Rocío para decirme que papá estaba grave en el hospital. No pienso ir. 

Te puede interesar: La muerte ridícula