CQ y Prepa

CQ y Prepa
Foto: NeONBRAND on Unsplash

Tuve una secundaria divertida y con una excelente formación académica, dirigida por esos hermanos Maristas que nos hacían arrancar el día dedicándolo a la Virgen y pidiendo sus ruegos al padre Marcelino Champagnat. 

Enclavado en Avenida Popocatépetl, el Instituto México me dio, junto con entrañables amigos de vida, método de estudio, disciplina, orden, respeto y un gran sentido de la competencia, obligada en una escuela con salones de cincuenta varones y casi diez grupos por grado. Ninguna secundaria como esta para las justas deportivas y las actividades de corte artístico, en las que también participé con entusiasmo a través del grupo “Voces y Guitarras”, del que lo único que conservo en la cabeza son los acordes de la canción “Felicidad”. Recuerdo mis participaciones con manos sudadas en los concursos de declamación, en los que muy a la mexicana me apropié de los segundos y terceros lugares, pues el primero fue monopolizado por ese alumno rubio de apellido Krasowvsky. En lo que de plano fallábamos era en los pleitos interescolares, de lo que pudieron dar fe unos treinta alumnos de la secundaria 72, quienes en una triste “Noche Mexicana” nos hicieron salir en estampida a más de doscientos que los esperábamos retadoramente a lo largo del camellón frontal de la escuela, el que poco después desapareció para que habilitaran el eje vial que cruza por ahí.  

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Como ocurría a cualquier niño de esa edad, lo que esperaba con mayor ansia era el recreo largo, en los que me juntaba con los muchos otros que acudían al plantel de mi equipo de futbol americano “Pumitas”, quienes retábamos en tocho a los de “Gamos”, equipo representativo de la escuela ya en la liga de a deveras, origen y extensión de una increíble rivalidad entre ambas organizaciones a la que mucho colaboró con los piques que provocaba el papá de Jorge y Ciro Gómez Leyva, magníficos jugadores contrarios. Las 13.20 horas marcaban el fin de las clases y el tiempo para movernos unos metros a Plaza Universidad, escenario de nuestros “ligues” con las de la Mexicana Americana o el Miguel Ángel, lo que en ocasiones equivalía a solo verlas pasar varias veces por esos largos pasillos que flanqueaban al gigantesco cine “Dorado 70”, inaugurado con la película “Patton”, antes de partir a toda prisa en el transporte público para comer en casa.

Sentados a la mesa, maliciosamente mi hermano me dejaba iniciar la conversación, en la que me daba vuelo narrando las aventuras y travesuras escolares del día. El maldito permitía que me explayara, pidiéndome incluso precisiones y detalles sobre todo eso que había originado mi risa en la escuela. Acto seguido, se enderezaba en la silla e iniciaba la narración de sus anécdotas del día en el Colegio Franco Español, las que hacían palidecer a las mías. Es cierto que jamás tomé en cuenta al momento de comparar vivencias los alcances de un muchacho de secundaria y los de uno de prepa, pero el caso es que mi hermano sembró en mi cabeza la ambición de vivir todo aquello que contaba ocurría en ese Colegio ubicado en Miguel Ángel de Quevedo. Donde estuvo esta escuela con alberca, auditorio, escarpados muros de roca volcánica y el mejor campo de futbol que podía existir en la ciudad, hoy está la plaza comercial contigua a la de Oasis, que hace esquina con Cerro del Hombre. Jóvenes ajenos al plantel llegaron a conocerlo bien, pues ahí se podía prestar el Servicio Militar Nacional bajo las órdenes de un oficial de rango conocido como “Hitler”. 

El cambio en mis expectativas de matriculación provocó el enfrentamiento con mi padre, quien insistía en que cursara la prepa en el CUM, continuidad del Instituto México. Tras amagues del jefe de familia con los que amenazó mandarme a un internado, conseguí doblegarlo con el infalible argumento de “¿y por qué mi hermano sí?”. El resultado fue que ingresé al Franco justo el año en que se hizo mixto.

En mi primer día de clases llegué a pensar que era real cierta fama que tenía de escuela huevona, cuando con lo que primero me topé fue con un pizarrón en el que en pretendido francés estaba escrita la frase “Vive la Hueve”. Definitivamente no era una institución castrense, pero nada más lejos de poderla calificar como una escuela “barco”. No tuve ya más clases de religión, pero la materia de Ética y sobre todo las formas de los profesores suplieron de inmejorable modo la transmisión de valores en los que creo firmemente. Conté con grandes maestros y extraordinarios compañeros en lo académico, pero sobre todo en esa amistad que se ancla en una etapa de tanta trascendencia. Cuando llegó el momento de presentar el examen de admisión en la Ibero, lo pasé con la mano en esa cintura que terminaría por desaparecer.

Soy amante de la historia y la literatura por la benéfica influencia de los titulares de estas materias, a quienes llegué a querer de todo corazón. Especialmente a Tito, quien impartía el curso de Historia Universal, el que nos invitaba al esfuerzo en el estudio desde el contagio de la alegría y el reconocimiento, ampliando la convivencia en divertidas reuniones en su departamento, donde corrían el oporto y muchas risas. Mis padres también lo estimaron mucho, llegando a compartir incluso una noche de Navidad que resultó memorable.

En el Franco encontré el gusto por las matemáticas, las que fueron mi “coco” en la secundaria. Se lo debo a un extraordinario y firme maestro que practicaba la docencia por el puro gusto y la vocación. Fiel a los tiempos, también debí memorizar montones de temas, gracias a lo cual sigo repitiendo sin tropezar la tabla de los elementos químicos y la mayoría de los nombres de los hongos, pues como un castigo el profesor de Biología así me lo exigió; gracias a esto, puedo pedir en el puesto una quesadilla de Ustilago Maydis en lugar de decir que la quiero de Huitlacoche, o también rezar el Padre Nuestro en latín …..todo un arsenal de datos inútiles, ni mayor ni menor que el suministrado en cualquiera de las mejores escuelas de entonces. Ni Google, ni celular, ni Wilkipedia, ni nada. Puro razonamiento, memoria y las infaltables monografías con las que hacíamos trabajos en máquina de escribir y hojas amartilladas.

Lo que vivimos en prepa casi en forma inevitable nos lleva a lugares comunes con cualquier otro que haya cursado el grado entre los 15 y los 17 años …. o más, para no excluir a algunas compañeras, las que a veces por las buenas y otras por las malas me fueron enseñando los protocolos y formas en el trato hacia las mujeres, las que solo había visto sentadas a mi lado en un aula cuando estuve en el kínder. Ellas y el paso del tiempo han hecho que reconstruya absurdas posturas, como aquella por la que desestimaba la posibilidad de construir una verdadera amistad entre un hombre y una mujer.

Época de mucho deporte que se trasladaba al patio en cada descanso; hormonas desbocadas; fumadas como chacuaco de cigarros Baronet y Commander, seguidas de pastillas de menta antes de entrar a la casa; inicio en la degustación de cervezas que aceleraban nuestro sueño; pintas en el Ajusco para jugar tenis en la cabaña de Solache; escapadas en el coche que me regalaron en segundo para hacer picnics al lado de la carretera libre a Cuernavaca; y adopción de reales y supuestas posturas contestatarias.

Las amistades y relaciones después se multiplican, y los caminos se bifurcan en aras de prepararse para un futuro profesional. La combinación nos aleja de esos amigos que juntos encontraban algún reflejo en “Los Cachunes” de la televisión, tan fresas como uno. Pasaron décadas para que volviéramos a reunirnos, lo que ocurrió hace un par de fines de semana, dando el primer gran recuerdo de este 2020 que apenas arranca y que tan nerviosos nos tiene. En un reencuentro cargado de las mejores vibras, dimos muestras de ser parte de una generación que se conserva en buena forma física, modestias aparte, reflejo natural de un buen estado emocional. Una reunión en la que no hubo agenda ni en la que se abrieron espacios para la presunción y la vanidad; solo simpáticos recuerdos e interés por saber qué es del otro, y no qué tiene … igual que en la prepa. 

Con la sensatez que viene con los años, nadie prometió una reunión por mes, ni porqué en la inevitabilidad de la vida cada día seremos menos (sí, “seremos”). Nos encontraremos en diez meses, con independencia de esas reuniones que hemos empezado a tener algunos inmediatamente después dela relocalización de los que más empatía teníamos, como es lógico que ocurra. Pasados los años, confirmo que resultó maravilloso que mi hermano me presumiera su preparatoria, tanto como el que mi padre me haya seleccionado la secundaria.

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