Crónica de unos pies volando

Patinaje
Foto: Manfred Richter en Pixabay

Desde niña con ganas de patinar decente en hielo… Ya sabes, vueltecitas, equilibrios, monerías.

¡Finalmente me llega el día! Entro a clases.

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Un año después ya hago mis gracias.

Me voy a practicar, todo lindo, en mi mente de fondo oigo la música de Castillos de Hielo.

Soy una pro, mi pelo vuela, patino en un solo pie, hago giros, ¡nadie me para! ¡De aquí soy!

Súper envalentonada me pongo a practicar el último truco aprendido, desplantes en el hielo. ¡Cómo no!

Una vez, bien. Dos veces, guau. Y sigo y sigo cada vez mas confiada, cuando de repente, pierdo el equilibrio.

Una voz gritaba en mi cabeza ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡SALVA EL COXISSSSSSS!!!!!!!!!!!

Y lo salvé, solo me costó la muñeca izquierda.

Ya sabía que mi umbral del dolor es alto, me dolía un poco. Llegando a la casa apliqué todos los remediios de la abuela, que si el chocho de árnica, hielo, pomada de la abeja, eso sí con veneno de víbora.

Horas después el dolor subía, desinflamatorio pa adentro.

Mas dolor. Pido una venda. Me vendo. La mano morada me dice que la apreté mucho. Me la aflojo. Me duermo.

Me despierto 2 am ahora sí gritando de dolor. Me quito la venda… LA MANO CHUECA

Y yo tan avispada, por fin me doy cuenta de que esto es de hospital. Fast forward, cuatro horas después salgo enyesada.

¿Qué he aprendido en 24 horas?

Un frasco no se abre a gritos.

“Tengo manita, no tengo manita porque la tengo desconchabadita” puede presentar un alto grado de dificultad en algunas circunstancias.

El brassiere se puede poner por los pies.

Uno se talla la axila con la mano contraria.

Pero lo mejor, que en mi madre tengo a una cómplice que me arranca una carcajada a las 4 am y teniendo todo para decirme TE LO DIJE, tiene la sabiduría de ahorrármelo.

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