Crónica del encierro. Día 15

Pulparindots
Foto: Twitter intestino ☭

El 12 de marzo decidí echar el cerrojo de mi casa. Llevo una quincena entre cuatro paredes. El 5 de febrero, día de la promulgación de la carta magna, mientras nuestro amo y señor Andrés Manuel I ofrecía una alocución al pueblo bueno de Querétaro, yo iba y venía de mi casa al Costco. Me aprovisioné de mercaderías varias y no perecederas ante los ojos atónitos de la gente me miraba como si yo estuviera loco. ¡Ja!

También extraje de la biblioteca de la universidad algunos volúmenes. 87 para ser exactos; la mayoría, novelas y relatos (72, para seguir en la exactitud). Sospecho que acabaré antes con los libros que con los víveres. Iluso de mí. El feliz encierro me obliga a leer y a comer unas mierdas envenenadas que se llaman pulparin-dots, unas canicas hechas de masa de pulparindo recubiertas con una confitura de azúcar y pintura amarilla. A este paso, para cuando termine marzo seré una bola de grasa amorfa y diabética.

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Por si no ha quedado claro, la soledad no es un tormento. Al contrario. Se trata de un remanso tibio donde la paz es lo único que no falta. Precisamente, salir a la calle en estos días me ha permitido confirmar –una vez más– que el infierno son los otros. En medio de un problema, la gente se vuelve más torpe de lo que ya es. Una de las ventajas de la misantropía es ésta: se sabe estar solo. 

Hoy vi por fin el famoso video de los vecinos del plutócrata poniente de la muy noble y muy leal ciudad de Méjico. Haciéndola de gambusino por la cinta de Moebius fecal que es el TL de tuiter, di con la grabación en medio de las más insólitas idioteces que nos ha obsequiado el apocalipsis vírico. En esta gran nación mejicana, la fase dos de la pandemia acaba apenas de declararse y la gente de Santa Fe ya salió en manada a cantar por sus ventanas, en un alarde mayúsculo de ridiculez y estulticia. Esa pobre gente que nunca se habla decide de pronto hermanarse con uno de los cánticos más cursi que jamás se hayan compuesto.

Admito que la elección de la melodía solidaria para salir del hartazgo del prolongado encierro es insuperable. La letra del cielito lindo refleja a la perfección nuestra incapacidad para afrontar ésta y cualquier otra crisis. La escueta composición de Quirino Mendoza retrata con perfección nuestra atrofiada psique y destaca tres anomalías del alma mejicana.

Primera: la soberbia afincada en el machismo heteropatriarcal. Este sentimiento de superioridad viril inhibe cualquier otro sentimiento que no sea festivo o violento. ¿«Canta y no llores»? ¿Esa es la recomendación? ¿Reprimir la tristeza? ¿Evadirse de la realidad? Nadie puede negar que López Obrador es lo más mejicano que hay.

Segunda: nuestra fascinación por la ilegalidad. La circunstancia que atravesamos exige respetar el estado de derecho que tenemos, por muy menguado que esté. Sin embargo, el par de ojitos negro bajan de la sierra ¡DE CONTRABANDO!

Y, tercera: el profundo egoísmo mejicano y su falta de solidaridad. El lunar que la doncella de la canción tiene junto a la boca no debe compartirse con nadie, porque le toca a Pancho Pistolas. ¡Válgame!

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