Crónica del encierro. Día 380.

Crónica del encierro. Día 380.
Foto: Twitter movie monster 👾

Yo sigo encerradito porque, no vaya a ser. No me ha dado el covit y estoy en plenitud. Ventajas de la misantropía. Hace un año y días, aquí mismo escribí que «Hay quien piensa que la sociedad logrará afrontar la pandemia y salir de ella con la cara en alto. Al ver, por ejemplo, a un adulto disfuncional rociar aceite en aerosol sobre un asador encendido estoy seguro de lo contrario. La misma certeza me provoca contemplar la avalancha de cocineros, terapeutas, músicos, instructores de gimnasio… todos pontificando desde la atalaya de yutub».

En esta gran nación, que es Méjico, llevábamos apenas unos cuantos días encerrados y el fervoroso optimismo propio de los seres irracionales ya había brotado en asquerosas expresiones como asomarse por la ventana del departamento a cantar el cielitolindo.

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Quizá usted no lo recuerde; pero por esos días de inquietud, las redes sociales se inundaron de un clip de la película Jojo Rabbit en la que dos escuincles aparecen en recargados en el alfeizar de una ventana a mitad de la noche y él le pregunta a ella por lo primero que hará cuando sea libre. «Bailar», responde la chamaca.

El empalagoso diálogo se esparció con más virulencia que el propio covit. El horror se nos venía encima como avalancha. A la cursilería ramplona de los analfabetas funcionales se agregaba la incompetencia de los burócratas. También aquí mismo escribí entonces «¿Nadie se da cuenta del desastre amplificado que se nos viene? Estamos en manos de una bola de necios incompetentes».

No hacía falta ser un iluminado nigromante para haberse percatado la que se nos venía. El asunto es que las redes digitales daban un pulso certero de que no contábamos con nada para salir bien librados de la debacle en ciernes.

De un lado, los civiles confirmaban ser sólo un hato de bestias ancladas a su celular, mediante el que ahora relataban la gran crónica de sus pequeñas vidas, un relato marcado por lo anodino: ridículos cánticos vecinales, letreritos con la consigna «volveremos a abrazarnos», pilas de loza en el fregadero, lecciones de cocina o calistenia entre cuatro paredes y un ruinoso etcétera, reflejo de sus respectivos vacíos personales.

Del otro lado, la burocracia incompetente y mezquina, ocupada en negar la realidad. «Es una gripita». «Se muere más gente de diarrea que de covit». «Hace calorcito y el calorcito mata al bichito». «Yo les voy a decir cuándo encerrarse; mientras, salgan, abrácense». La ideología que ha secuestrado a la función pública puso las pautas de la estrategia para afrontar un virus cuya enfermedad, según el gobierno federal, no era grave.

La melcocha y la torpeza juntas dilapidaron los tres meses de ventaja que Méjico tenía con respecto del avance del bichito inofensivo. La previsión no es lo nuestro. Eso sí, muy pronto agotamos los inventarios de papel de baño y laisoles. Conozco gente que murió enterrada en rollos de Pétalo.

Un año y días después, no llegaron las grandes lecciones de humanidad ni el dinero público para apoyar a los trabajadores ni empresarios. Tampoco llegó la tan mentada solidaridad mejicana ni nuestro insuperable ingenio ni el maravilloso sentido del humor a prueba de fuego que tanto nos distingue.

Lo que llegó fue la contemplación de gente muriendo en el piso o a la entrada de un hospital. La incertidumbre financiera de muchos. El miedo por el futuro cercano. La salida de dinero. La ausencia de inversión. La absoluta incapacidad para aplicar las vacunas que van llegando a cuentagotas. También llegó Félix Salgado Macedonio a la candidatura de Guerrero.

Como escribí hace un año y días, «Nos vamos a morir por impúdicos. No tarda en aparecer un virus que resista el cloralex y viaje por internet hasta filtrarse por esos cachivaches electrónicos. Un día, pronto, el teléfono nos va a escupir. La fiebre será insoportable. Una vergüenza letal».

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