¿Cuánto es demasiado?

Columbine
Foto: Twitter CBS News

Columbine, Colegio Americano en Monterrey, Torreón…

Sobadamente oímos de nuestros padres “esta generación no es como antes”. Ahora siendo padres, la hemos desenfundado por lo menos una vez. Pero…

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Yo si encuentro diferencias fundamentales. Tengo en mi memoria las primeras imágenes que vi en una película gringa, una preparatoria con detector de metales. Y pensé, es lo bueno de vivir en un país tercer mundista, no estamos tan locos, aquí las escuelas están seguras por lo menos de eso.

¡Craso error!, solo era cuestión de esperar.

Hace unas semanas viví una escena surrealista. Había evento en la escuela de mis hijos. Esta vez me tocó pasar por el detector de metales. Y sentí alivio, y unas capas más abajo, tristeza y angustia.

Alivio que la escuela toma medidas “drásticas”. Días después de Torreón, hubo en la escuela de mis hijos un Countdown, lanzado en una cuenta anónima de Instagram. Entre que eran peras o manzanas, la escuela fue evacuada y todas las autoridades e instituciones habidas y por haber participaron.

El relato de mi hija: Mira má, acá tenemos por protocolo ante un intruso en la escuela irnos al centro del salón, formar un círculo, todos viendo hacia afuera para protegernos las espaldas. Eso funciona cuando los salones tienen las ventanas hacia el patio y no al pasillo. Pero má, pensamos que nuestro salón tiene una ventanota hacia el pasillo, así que si hay alguien con una pistola, y todos estamos en el centro, nos dan bien fácil. Así que nos encerramos en el salón y nos sentamos todos abajo de la ventana mientras esperábamos a ver qué pasaba.

Coño y recoño. ¿Por qué un niño/joven, maestro, intendente, padre tendría que cuidarse las espaldas adentro de una escuela?

Han pasado 2 semanas, apenas estoy empezando a hablar del tema. Solo he podido rumiar. Nos valemos madres, los unos a los otros, entre alumnos, entre vecinos. Ya no sabemos nada del de enfrente. Y así, sin lazo que nos una, es muy fácil convertirse en objeto, me da igual si vives o mueres. Me da igual si te está llevando la chingada, estoy muy ocupado en lo mío.

Adiós a la comunidad.

Otro pensamiento recurrente es que debe haber un común denominador en todos estos niños. Más allá de lo evidente, que es un estado emocional complejo. Pero… intuyo que la mayoría de estos padres pertenecen a la Generación X. Esta generación que no fue tomada muy en cuenta en su casa, lo importante era cumplir, no ser feliz. Y que pasados los años, hemos decidido reivindicar a la humanidad, proponiéndoles a nuestros hijos la felicidad como meta de excelencia. La felicidad individual, no colectiva. Y en esos andares me parece que les hemos acolchonado el camino demasiado. A nuestros hijos les cuesta vivir, lidiar con el madrazo normal que con garantía te va a ofrecer la vida. Les cuesta dejar su aparato para mirar al de enfrente. Hemos tomado la depresión como forma de vida, y con eso, qué cosa más normal un adolescente deprimido, yep, that is Life.

Y en este pinche tren de la CDMX donde todo es borroso, se van los días y no sabes en qué, hemos dejado de depositar en la cuenta de la comunidad. El resultado está a la vista. ¡Reconozcámonos!

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