De a 45 por 5

Individualidad
Foto: Ismail Hamzah on Unsplash

El lugar de residencia de mis suegros, lejos de la Ciudad de México, mucho influyó a que su hija recurrentemente fuera a visitarlos un fin de semana cada mes y medio en promedio, y diez o más días cuando había vacaciones de las llamadas “largas”. De esta forma, a mis escasos 23 años, que esa tierna edad tenía cuando me casé por primera vez, fui generando la costumbre de disponer periódicamente de un espacio y un tiempo para mí solo, pues los hijos todavía tardaron algunos años en aparecer. Lo que en un inicio me resultó un tanto desconcertante, le fui encontrando un gusto que con el paso de los años se convirtió en una imperiosa necesidad para el funcionamiento de la relación. En mi segundo intento matrimonial se produjo una mecánica similar, aunque fueron mucho menos frecuentes esas visitas filiales. Mientras unos suegros vivían a las orillas del Golfo de México, los otros lo hacían a las del Pacífico.

Cuando siendo muy joven me acerqué a la obra de Juan García Ponce, sin duda uno de los textos que más me atrapó del yucateco fue su cuento de “El Gato”, cargado de un erotismo fino y sutil. Con mi corta edad, la primera curiosidad que despertó la narración fue imaginar la construcción de una relación madura teniendo cada uno de los integrantes su propio domicilio, convirtiéndose el del protagonista masculino, referido en la historia simplemente como “D”, en el punto de encuentro y convivencia para ciertos días de la semana. Quedaba sobre entendido que los restantes cada uno se concentraba en sus actividades, sin que algo así significara que cada semana la relación terminaba para iniciar de nueva cuenta a la siguiente. Había un continuo comprometido y esperado.

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El caso es que sin proponérmelo me habitué a estar solo de tiempo en tiempo y a ordenar y utilizar las horas de esos días conforme a mis propios planes y deseos. Había veces en que algo hacía posponer esa visita de la esposa a su familia, viaje que si se alargaba de más podía desestabilizar mi tranquilidad y nervios, lo que siempre era mejor que recibir a la madre por periodos extremadamente largos, a la luz de lo que se establece como “normal” en ese “Manual sobre la Buena Conducta de los Suegros”, el que aún no se escribe y para el cual espero disponer de tiempo para llenar el vacío editorial. En mi mente nada de cierto tenía esa vetusta poesía de Manuel Acuña declamada en la primaria, la que simboliza una dependencia emocional desbocada: “Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo, los dos unidos siempre y amándonos los dos; tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho, los dos una sola alma, los dos un solo pecho, y en medio de nosotros mi madre como un Dios”. ¡No por favor!. Evidentemente no hubo intención de hacer un daño, pero lo hubo. En todo caso fue una culpa compartida a partir de una permisividad fincada en la contención de mis gustos y deseos.

Pero bueno, desde hace mucho que tengo con quienes estuve casado una relación enmarcable en el modelo de una buena amistad, la que no se complica a partir de sus muchas virtudes y del reconocimiento al importante papel que siguen jugando en mi vida. Esto no me exime de en ocasiones desear ahorcarlas…. nuevamente. Pidiendo licencia a Nietzsche para adaptar aquella frase que se le atribuye de “no es la falta de amor sino la falta de amistad lo que hace desgraciados a los matrimonios”, diré “que la falta de amistad hace desgraciados a los divorciados…. y a sus hijos”. 

Las parejas que han resuelto no tener descendencia y aun las que sí la desean, debieran idear un sistema por el cual cada uno disponga periódicamente de tiempo y espacio para estar solos por algunos días. Ello, sin contar con los tiempos en que no solo es válido sino necesario para ambas partes poder invertir horas con los amigos y la familia, en sesiones en las que no es necesario hacerlo acompañado de la pareja. 

Los tiempos de hoy están caracterizados por un marcado pragmatismo, gracias al cual puede uno prescindir de destinar tiempo a escoger y comprar un regalo, contra el depósito de un dinero en una cuenta bancaria o la entrega de una tarjeta canjeable en el almacén preferido. En un contexto semejante, ¿por qué habría de ser un drama el que libremente se acordaran tiempos y espacios de soledad individual entre la pareja? No es posible ni conveniente establecer reglas en relaciones que de suyo son complejas, pues no es lo mismo lo que vive un joven matrimonio durante sus primeros dos años de casados, que lo que experimentan los adultos contemporáneos, y más. Ello, sin considerar a quienes de motu propio no quisieran despegarse un solo momento, lo que siempre admiraré pues es lo que vi en casa, cuando menos del lado de mi padre (a Jeannette sí la descubría de pronto haciendo muecas de cansancio o intentando huir, como en aquellas caricaturas del zorrillo Pepe Le Pew y la gatita que accidentalmente pintaba una raya blanca en su lomo).

Siendo así, lo siguiente sería solo una sugerencia o punto de partida en los nuevos contratos matrimoniales o pactos verbales entre quienes se aman y desean hacer vida en pareja. De modo semejante a como ocurre con los trabajadores de las plataformas petroleras, los pilotos aviadores y cualquier otra profesión de alto riesgo, propongo que por cada 45 días de convivencia continua, se tengan 5 días de aislamiento y soledad. Tratándose de mayores, la combinación puede establecerse semanalmente en una proporción de 5 a 2. Al gusto de los interesados, los plazos se pueden mover o acumular. Que las costumbres no nos omnubilen. Mantener sana la mente es una condición fundamental para mantener sana a la pareja, y en esta búsqueda el tomar tiempo, aire y distancia resulta fundamental.

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