De resoluciones y otras cosas

Resoluciones
Foto: Andrea Davis on Unsplash
Lissette Sutton
Foto: Lissette Sutton

Me rehuso a jugar el juego de la perfección. He caído tantas veces en su trampa que empiezo a desarmar su numerito y a ver lo truculento de su engaño. No soy de las que hacen resoluciones de año nuevo oficiales y sin embargo tampoco me puedo escapar de éstas genuinamente.

Tengo la ventaja del “compromiso doble” que se convierte en un “no compromiso” al celebrar cada año, dos veces el año nuevo. Una por mi orientación religiosa y la otra por vivir en el mundo occidental. Ahí está lo paradójico del asunto: me medio comprometo con cada una de estas oportunidades de re iniciar, de re inventarme de re tomar mi vida y acabo no cumpliendo con ninguna. 

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Este año, como cualquier otro, me caché haciendo mis resoluciones clandestinas y el primero de enero me empezó a invadir un peso que apenas me dejaba respirar. No puedo nombrar muy concretamente los objetivos que me exijo alcanzar porque como mi compromiso es a medias, no acaba de cuajar. De lo que sí me di cuenta al llegar la noche, fue de lo que no quiero exigirme, no sólo porque el intento de controlar el futuro, es como sabemos, una falsa ilusión sino por lo que implican las expectativas fallidas, entonces decidí no entrarle al juego del perfeccionismo y por fin pude respirar. 

¿Qué es el juego del perfeccionismo? Es ese monstruo voraz que nos hace creer que “debemos” ser exitosos para ser felices, y aquí, llene usted los espacios en blanco de lo que representa el éxito en su vida. (Dinero, posición, placeres, y un  etcétera que se alarga hasta el infinito). O bien ¿qué hay del juego de ser los mejores padres? Un agotamiento constante que te lleva a una quimera y cuando la tocas ¡pum! se revienta como una burbuja de jabón porque nunca estuvo ahí, porque no existe tal estado.

Ni mencionar el Gran Juego De La Belleza Perfecta; ese que se escribe con mayúsculas y hoy más que nunca nos grita por cada agujero de una sociedad encadenada a Sus Reglas. Las reglas que hoy dicta el bolsillo de quien le convenga y que mañana cambiarán a otro bolsillo más poderoso causando que los simples mortales no dejemos de perseguir la zanahoria eternamente.

Otra cara de este espantoso juego es el del control. La prepotencia de pensar que “algo” está en nuestro poder, ya sea la salud, el amor, la estabilidad. Superioridad ficticia a la cual le puede caer un cubetazo de agua fría en el clímax de su banalidad.

No soy de las que pueden, “soltar” tan fácil y relajarse, ojalá y me creyera que de verdad puedo contra este fantasma. Sé que estoy muy lejos de cumplir -también- este propósito, y sin embargo, sólo traerlo a la conciencia me hace sentir de entrada, mucho más feliz.

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