De ritos y rutinas

Nada dura para siempre
Foto: Ambitious Creative Co. - Rick Barrett on Unsplash

Dicen que somos animales de costumbres. Dicen que a todo se habitúa uno menos a no comer, no beber y no dormir. Si analizamos nuestra esencia más primitiva, rectificamos que las necesidades básicas del ser humano, aquellas que representan la línea de la supervivencia: comer, beber, dormir, cubrirse y comunicarse; nos daremos cuenta que hoy más que nunca, eso que dicen es cierto.

Guardando las proporciones y la relatividad con el momento que estamos viviendo (y lo escribo en negritas y subrayado intencionalmente para que no se malinterprete) confieso que cada vez que me enfrento al estudio o contemplación de un evento histórico del pasado, llámesele guerras, revoluciones, hambrunas, holocausto; una voz interna se asoma desde un lugar muy oscuro y me cuestiona:“¿y tú, qué hubieras hecho en esas circunstancias?” Sin dudarlo, otra voz que habita todavía más adentro, le responde: “Yo, seguramente sería de las primeras en sucumbir, no aguantaría el horror. No tendría fuerzas para enfrentar una tragedia, así que si no me matan a la primera, probablemente me quitaría la vida antes de exponerme al sufrimiento por un periodo prolongado”.

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Y hoy, otra vez, guardando las proporciones y lo relativo a nuestro escenario, constato que aquí sigo, vivita y coleando, acostumbrada ya a esta nueva vida en la que las “necesidades básicas” se magnifican de tal manera que el alimento adquiere una importancia descomunal (consciente o inconscientemente). Mi refrigerador y despensa que en tiempos normales tienden más a lo gandhiano, hoy se encuentran rebosantes y listos para cumplirles cualquier capricho a mis hijos: helados, paletas, chocotorros y demás porquerías están a la espera de nutrir sus deseos y quizá sustituir con cantidades industriales de azúcar otros placeres que como adolescentes “deberían” de estar experimentando. 

En cuanto a la parte de dormir, ¡ni hablar! de por sí los hábitos y la higiene del sueño es un tema del cual siempre he cojeado…¡imagínense ahora! Las dos de la mañana han pasado a ser las nuevas diez de la noche y el desmadre que inicia por ahí de las doce es digno de cualquier fiesta en tiempos normales. 

Creo que todos podemos estar de acuerdo en que la necesidad primordial que tenemos de comunicarnos, ahora la hemos llevado al extremo. Saturados de chats, redes y sesiones por Zoom, estamos más conectados que nunca antes. El dios internet es lo que nos mantiene cuerdos (¿o desquiciados?) y nos aferramos a éste como si jaláramos de la última cuerda que nos contacta con El Mundo De Afuera.

Sí, definitivamente somos seres de costumbres y nos refugiamos en ellas, las adoramos y las llenamos de rituales para darle sentido a la vida. No digo que esto sea bueno. No digo que esto sea malo. Así es.

La pregunta que me martilla en esta nueva vida a la que ya me acostumbré es: ¿Y si se va la luz?…

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