Después de la tormenta

Separación
Foto: Eric Ward on Unsplash

Hay casos en que terminar una relación sentimental es la fórmula ideal para recuperar la paz y la tranquilidad casi en forma inmediata. Sin embargo, lo habitual es que dar por concluido un vínculo amoroso trae consigo un gran sufrimiento, el que se multiplica a la enésima potencia si estamos ante un matrimonio en el que hubo hijos. En un inicio se ve fácil el trayecto a transitar para disolver la relación, pero muy pronto la cruda realidad se encargará de ir mostrando lo sinuoso del camino, en el que los protagonistas con toda seguridad sacarán a relucir lo peor en un estéril propósito por ganar quien sabe qué. La verdad es que todos pierden.  

La cultura occidental en que vivimos consigue imbuirnos la creencia de que un divorcio resuelve mágicamente todo. A través de este proceso que combina una gran variedad de aspectos legales y emocionales, suponemos que podremos dar vuelta a la última hoja del libro para disponernos a inaugurar una nueva forma de vida, caracterizada por la ecuanimidad, la calma y el sosiego, en donde los protagonistas encuentran nuevas parejas que conviven de maravilla con los hijos de unos y otros, y en donde aquellos que fueron esposos logran una armoniosa amistad en melodramas que nos pintan a la vieja esposa dándole recetas culinarias que fascinan al antiguo y nuevo marido. Solo una creencia tan simple y bobalicona ayuda a explicar esa estadística que pone prácticamente uno a uno los matrimonios que se conservan y los que recurren al divorcio. La mayoría de las películas y series nos animan a pensar que es así, aunque hay memorables excepciones que nos muestran dramas que pueden parecer exagerados, pero que en la vida real se apegan más a lo que puede llegar a ocurrir. Como botón ahí están las cintas de Kramer vs Kramer o la Guerra de los Rose, en donde la Ley de Edward Aloysius Murphy formulada en 1949 se materializa para enseñarnos que si algo puede salir mal, saldrá mal.

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Will Smith me cae de maravilla por muchas razones. Muy pronto supe perdonarlo por haber participado en la nembutalera serie de “El Príncipe del Rap”, a lo que mucho ayudó su posterior asertividad en la selección de trabajos y el que hable un estupendo español. Las palmas en la simpatía que me provoca en realidad se originaron en una entrevista, en la que le preguntaron cómo había conseguido que su matrimonio se mantuviera fuerte, estable y amoroso, no obstante un contexto tan disipado, frívolo y caótico como el hollywoodense. Su respuesta motiva mucho a la reflexión; fue más o menos así: “en este mi segundo matrimonio, acordé con mi esposa borrar de nuestro diccionario personal las palabras ´divorcio’ y ‘separación’. A partir de esto, sabemos que no obstante la complejidad del problema que estemos enfrentando tenemos que saberlo resolver, sacando a flote y fortalecida nuestra relación. No hay de otra”. Me parece un gran consejo, el que oportunamente se lo he compartido a mis dos hijos que ya se han casado, y se los volveré a decir cuantas veces se encuentren en los linderos de un conflicto o de plano estén sumidos en él. Obviamente hay excepciones y es más que claro que ante un pronunciamiento así de psicología positiva, habrá mil circunstancias que lo hagan inaplicable.

Puede parecer broma, pero con mis dos matrimonios y mis dos rompimientos declaro mi abierta simpatía por las relaciones sólidas, largas y consolidadas, se desarrollen o no en el marco de un matrimonio con todas las de la ley o se desenvuelvan en un entorno normado por la lealtad y compromiso con que cada uno se suma al binomio. Ni aún “de joven” me parecieron ejemplos a emular quienes iban acumulando parejas, ya sea en forma concurrente o esperando a que terminaran con una para empezar con otra. Admiro a mis muchos amigos que ya han rebasado los 25 años de casados, no afanados en revertir una estadística sino porqué con sus múltiples variantes y concesiones se mantienen en la firme creencia de que su relación habrá de encontrar el camino para refrescarse, para reinventarse, para adaptarse y aprovechar lo mejor de cada etapa y cada momento. A ellos son a los que quiero que volteen a ver mis hijos en lo tocante a la construcción de la relación de pareja.

Mis rompimientos fueron muy duros. Como muchos otros, dije cosas y escuché otras que jamás debieron pronunciarse. Tomé ventajas y fui chamaqueado como parte consustancial a esas luchas intestinas que protagonizan frecuentemente quienes rompen. Busqué infligir dolor y me lo provocaron, a los límites de las lágrimas y la desesperanza. Los que alguna vez fueron los aliados más convencidos, amanecieron como los antagonistas indiscutibles. 

El tiempo pasa y cura todo, si es que uno pone sobre la mesa los medicamentos básicos. Los atributos negativos de las otras no han desaparecido, tan presentes como esos rasgos de carácter que cargo y que pueden llegar a desquiciar. Ahí están, ahí siguen. No obstante, desde hace mucho que ya no están en primer plano. Lo que ahora selecciono ver y recordar, es aquello que me hizo enamorar y apostar por otro futuro al resultante. Lo que ahora decido, es por intentar una versión sui generis de amistad y buenos recuerdos compartidos, que tanta tranquilidad les imprime a mis cinco hijos y a mí en primer lugar. Después de una tormenta de la que llegué a pensar no salir nunca, hoy encuentro la calma que me aportó el bajar los brazos y dejar de pelear con quienes no puedo tener mejor elemento de cohesión y motivación que nuestra descendencia. En las pasadas fiestas decembrinas, tuve una cena de Navidad anticipada con uno de esos amores, y con el de otro tiempo compartí en su casa el pan, la sal y el vino justamente el día 24. Memorables ambas reuniones, pues en los dos casos estuvieron mis hijos. Todo se acomoda y armoniza, si pones tu parte para que ocurra…y yo querré seguirla poniendo por siempre. Gracias Sylvia, gracias Carla. Gracias por tanto.

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