Día de dominó

Dominó
Foto: Alexas_Fotos from Pixabay

Sumido como estaba en un arrebato sentimental por el reencuentro con mis seres queridos, apenas unas semanas después de haber regresado de estudiar en la Escuela Diplomática de España me di a la tarea de conformar un grupo de dominó con mis amigos más cercanos de la Ibero, egresados todos de la licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública. Fue así que comenzamos a reunirnos rotatoriamente en casa de alguno todos los jueves, día que podía cambiarse a miércoles si se avisaba con oportunidad y se conseguía la unanimidad obligada para realizar el ajuste. Aunque sabido es que cuatro son los que participan en una justa de este tipo, cinco o seis éramos los que integrábamos el grupo en previsión de que hasta dos pudieran faltar a la convocatoria, lo que no era remoto tomando en cuenta que la cita era en un día laborable y que algunos de los ya casados mostraban consideraciones excesivas hacia sus consortes, las que eventualmente podían obstaculizar su participación en el juego (interrumpo un momento la escritura para controlar una inesperada hemorragia bucal).

Cada semana nos reuníamos a las nueve de la noche en el día acordado, para despedirnos a más tardar a la una de la madrugada. En alguna época en la que alguno enfrentó serias complicaciones en su matrimonio, la salida podía alargarse hasta las tres, pues terminado el juego dedicábamos un tiempo a platicar sobre nuestros conflictos sentimentales, instituyendo la gustada sección “cositas del corazón”, la que con el rápido paso del tiempo debió incrustarse a lo largo del juego para evitar semejante desvelada. Quien fungía como anfitrión tenía que hacerla de recepcionista, barman y mesero. Nadie más que el hostess se levantaba de la mesa para servir los tragos, la cena y recoger los platos, lo que llevaba a cabo entre los estentóreos gritos de los invitados que le exigían un rápido y eficiente servicio; quien se pasaba de la raya la pagaría con creces cuando el juego fuera en su cancha. Como es natural, las sedes de algunos se volvieron preferidas respecto a las de otros en razón del menú que se preparaba. Los tamales norteños o el chilpachole de casa de Jorge encabezaban las preferencias, aunque nada mal estaban los tacos que ordenaba el “French” a un establecimiento cercano a la sede que pedía en préstamo a González.

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Según las reglas adoptadas por consenso, los dos jugadores que menos puntos sumaban aportaban a la caja una cantidad prácticamente simbólica, que fue indizada solo en las temporadas 8, 14 y 22. No se trataba pues de ganar y llevarse una “polla”, sino de no ser alguno de los dos más pendejos de la noche, responsables de pagar la tarifa convenida. Con el dinero acumulado a lo largo de un año se cubría gran parte de la cuenta del restaurante de moda al que acudíamos a comer en celebración del fin de la temporada …..y a jugar. Debo aclarar que quien faltaba al “día del dominó” debía pagar la cuota de los perdedores, no admitiéndose ninguna justificación. Si el ausente no había llegado por cuidar al hijo enfermo, inmediatamente alguien decía “¿y qué, él es pediatra o qué chingados?”, pero lo mismo ocurrió cuando habiendo muerto la madre del Viquillo, lo que era motivo más que suficiente para justificar la ausencia, no faltó quien dijera “¿y él da los santos sacramentos o qué pedo?”. La verdad es que no éramos tan insensibles; esa noche, después de la ronda de dominó, todos nos enfilamos hacia Gayosso para acompañar al amigo…..y cobrarle su cuota.

En todos estos años solo una vez hemos dejado de jugar habiendo estado todos reunidos en la sede en turno. Ese día fue el 23 de marzo de 1994, el mismo cuando ocurrió el fatídico asesinato de Luis Donaldo Colosio. Escuchadas avanzada la tarde, incompletas y confusas noticias sobre el atentado, en una sintonía de pensamientos todos llegamos más temprano a la casa de Manolo para instalarnos frente al televisor y seguir la noticia. Nadie se atrevió a gastar una broma o caer en la tentación de hacer un chiste. Ese día cada uno se sirvió sus whiskys o sus cubas, y cada uno tomó lo que estaba dispuesto en la cocina para ser servido como cena. Sin que mediaran temas alrededor del deporte, la política o las mujeres, ese día nos quedamos hasta muy avanzada la madrugada con muy poco que decir. El mero hecho de estar junto a los eternos amigos mitigaba el miedo, coraje y tristeza que sentíamos, igualito a como ocurre hoy en día.

A 25 años del magnicidio, no es poca cosa poder decir que el grupo se mantiene activo, conformado casi por los mismos ex alumnos fundadores. Solo desde hace casi 3 años la gran ausencia es la de mi querido compadre Carlos Mainero, a quien en cada reunión le volvemos a dar cristiana sepultura gracias a las incontables noticias que genera un país tan revuelto y un mundo tan convulso. Y es que comentar los últimos acontecimientos menos afortunados casi siempre irá acompañado de un “si estuviera Carlos, se volvería a morir”. Ahora nos vemos a las ocho y para las once y media el anfitrión ya “levantó el tiradero” él solito (en respeto a la tradición), y como siempre y con cierta dosis de razón, Jorge lanzará una recriminación a los dos más pendejos de la noche, tratando de entender cómo después de tantos años nomás no han aprendido de tan singular juego, propiciador como pocos de un gran espacio para convivir y joder, que para cualquier varón cincuentón son la misma cosa.

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