Dormir, el gran reto

Insomnia
Foto: Twitter MME

De siempre me ha resultado muy complicado conciliar el sueño como mandan los cánones, los que indican que lo correcto es caer en los brazos de Morfeo entre 6 y 8 horas diarias. Desde niño dormía mucho menos del promedio recomendable, en sintonía con lo que ocurría con el resto de mi familia. Cuando despertaba para alistarme y asistir a mis clases de siete de la mañana en la Ibero, mi casa ya tenía rato de ser un hervidero de actividad, sin que varios de sus integrantes tuvieran realmente algún compromiso programado que los hubiera obligado a abandonar la cama tan temprano.

Ya siendo adulta, mi hermana mayor se convirtió en vecina de mis papás al ocupar una de las tres casas de un pequeño conjunto familiar situado en Coyoacán. Recuerdo que en una comida dominical que logró reunir a toda la familia original y ampliada, mi madre se armó de valor para hacerle un reclamo a su primogénita, sabiendo que conseguiría el apoyo del resto del clan. Con rostro adusto, le dijo que entre semana la escuchaba a diario levantarse a las tres y media de la mañana para lavar su coche, regar el jardín y barrer su indiviso de área común, a lo que nada tenía que objetar, pero que sí esperaba que no hiciera lo mismo los sábados y domingos, como ya lo estaba acostumbrando. Después de esto, con gran seriedad y firme voz remató: “ten consideración, por ser fin de semana déjanos dormir a tu padre y a mí…no seas así, siquiera en estos días levántate a las cinco”.

Con estos antecedentes familiares no era extraño que yo tuviera larguísimas temporadas – que se han prolongado por años – en que dormía en promedio tres horas y media. Frente a mis muchos críticos, me defendía trayendo a cuento un viejo anuncio de colchones en el que para que el público valorara la importancia de no escatimar esfuerzos y dinero para hacerse del mejor colchón posible, decía: “porque una tercera parte de su vida se la pasa usted dormido”. Si el promedio de vida era de 75 años, quería decir que 25 se les iban a las personas durmiendo, lo que bien pensado resulta aterrador. Con mi ritmo de sueño, yo solo habré destinado 10.8 años a dormir, si es que logro vivir 75, lo que a juzgar por mis permanentes ojeras y ojos rojos parece improbable.

Fastidiado por la presión marital y tratando de revertir una costumbre en la que utilizaba largas horas de la madrugada para leer, preparar mis clases, escribir, trabajar o para jugar esos videojuegos que para mis hijos solo estaban disponibles en fin de semana, me decidí hace unos años a buscar una solución definitiva en una Clínica del Sueño. Tras múltiples exámenes que implicaron pasar una noche en la institución hospitalaria, el veredicto arrojó que mi organismo descansaba suficientemente bien en tan poco tiempo de sueño, lo que a juzgar con lo descansado que realmente me levantaba parecía confirmar el dictamen. De cualquier modo, tratando de conseguir más horas dormido me recetaron una pequeña pastilla de Lexotán poco antes de acostarme, y al levantarme una cápsula de Motival, la que me ayudaría a quitarme la pachorra provocada por las ocho horas de sueño conseguidas merced al ansiolítico. La combinación de medicamentos resultó funesta, de lo que dan fe mis amigos al recordarme que en aquellos tiempos me asemejaba en modos de hablar y actuar a los que exhibe en cualquier entrevista o rueda de prensa Diego Armando Maradona. Obviamente di por cancelado el experimento, regresando casi con alegría a mis pocas horas de sueño.

El insomnio, como el “dormir poco”, están más que instalados en la sociedad moderna, a lo que no tengo duda ha contribuido de modo importante la llegada del celular y las redes sociales. Al no vivir mis hijos conmigo, me siento obligado a mantener encendido toda la noche ese aparatejo. En las dos veces que suelo despertarme antes de hacerlo en forma definitiva, le echo un ojo al whatsapp para revisar que no tenga algún mensaje de mis vástagos haciéndome saber de algún problema o urgencia que deban enfrentar. Veo en ese momento decenas de mensajes pendientes de leer en chats de mis amigos cercanos, los que corresponden a nutridas y multitudinarias participaciones en diálogos que se producen a las dos o tres de la mañana, los que suelen arrancar cuando alguno de ellos pregunta: ”¿hay alguien despierto?”.

Tal vez estemos cerca de que se rompa el paradigma de que es en la noche cuando debemos dormir, como se ha roto el que debemos necesariamente comer 3 veces al día, ahora que tanta gente hace dos o seis comidas. También la idea que hay que dormir esas ocho horas en una sola acostada, es factible que vaya perdiendo vigencia para dar paso a multitud de pequeñas siestas a lo largo del día, lo que será más fácil conseguir si se mantiene la tendencia de trabajar desde nuestra casa.

De ocurrir lo anterior, muchas cosas quedarán atrás, incluidas esas conversaciones entre amigos a través de las cuales cada uno platica qué hizo tras de que por una incapacidad generalizada para “mantener el sueño”, debiera levantarse a las tres de la mañana. Ya no habrá comentarios como los de “tomé mi libro y avancé muchísimo con esa novela que me tiene atrapado”, o “seguí viendo la serie con la que estoy picadísimo” o “me fui al gimnasio al que me acabo de cambiar porqué ese sí está abierto las 24 horas”. Tampoco tendrá ocasión de dar su explicación el más cínico de mis amigos, con cerca de 30 años de casado, quien alguna vez participó diciendo: “yo también me desperté a las tres de la mañana, y lo que hice fue vestirme e irme a mi casa”.

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