El Grito

El Grito
Imagen: Mariana

Retomando la increíble experiencia que vivimos en las fiestas decembrinas de 2019, para las del 2020 arreglé lo necesario para pasar el fin de año con mis 5 hijos en Monterrey. Repetir la sede era obligado por ser donde vive Santi, quien justo el último día del año me hizo abuelo del hermoso Mariano, sexto bisnieto de Jeannette.

Para reducir riesgos de contagio, pero también para tener ocasión de satisfacer un viejo interés por conocer “Real de Catorce”, el viaje lo hice en auto acompañado por los dos menores, quienes mantienen una increíble capacidad para dormir por interminables horas sin importar ruido, temperatura y sinuosidades del recorrido. Impensable que siguiendo así algún día los contraten como copilotos en alguna edición del París – Dakar.

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La verdad que este par se portó increíble. Mostraron interés y hasta gusto por conocer ese pueblo ni tan mágico, y aparentar que les pareció espectacular el recorrido de tres horas a caballo que hicimos por la serranía donde está enclavado el destino, del que mucho me habló mi gran amigo Eniac. Tengo la sospecha que su interés pudo tener que ver con una experiencia chamánica alrededor del peyote, la que solo Dios sabrá si llegó a concretar.  A veces, muy de mañana y cuando ya peinaba algunas canas, echaba tremendos ojos que parecían confirmar un ocasional contacto con el cactus. Ve tú a saber.

No soy de dolores de cabeza. Jamás. Ni en las resacas juveniles más atroces padecí de semejante malestar. De ahí que me resulte complicado entender al benjamín de la familia cuando con los ojos a medio abrir me anuncia que está empezándole una migraña, la que espero no sea lo único que le herede su querida madre. Casi llegando al potosino Municipio me comenzó una neuralgia leve en la sien derecha, de la que nada dije; los hombres siempre hemos de callar. Las horas la fueron agravando, encontrando un paliativo naturista al llegar a Monterrey el día 30, donde empezamos la búsqueda de laboratorios de pruebas Covid que comprensiblemente exigía Santi para poder siquiera platicar acerca del incipiente alumbramiento del chamaco.  Todos negativos según anuncio el mero 31, y de ahí a casa de Sylvia, madre de las tres bendiciones mayores y cuaderna de doble raya de los dos más chicos. Tras comprobar que el paso de largos años le ha dado por fin un mejor toque a su cocina, rematada con los riquísimos postres que hace mi hijo Adrián, dieron inicio los juegos de mesa, en los que poco importa el nombre o reglas del pasatiempo…lo que verdaderamente importa es ganar, y si es con trampas, mejor aún. Ni mi nuera Ana Pau, jurisconsulta y defensora del estricto cumplimiento de la ley, como lo es también su esposo, mi hijo mayor, se abstuvo de soltarse el pelo para intentar chapuzas que no merecerían el perdón del mismísimo “Santo” Jesús Malverde.

En espera del aviso para conocer y cargar a Mariano (ya no es como antes en que cualquier día y hora te colabas hasta los cuneros), nos lanzamos el primer día del año a velar armas en el “recalentado”, del que nada me tocó. Siempre con la pinche neuralgia me vino a los pocos minutos una parálisis facial, la que después de 15 días me tiene con la boca chueca, la frente caída y el párpado derecho paralizado, impedido para cerrar el ojo. Tal vez se me esté generando un área de oportunidad que me lleve a tomar chambas de velador o guardia de seguridad en “la” Walmart. Con mis dos trabajos, sigue sin alcanzar.

Mi buen oído pudo escuchar que un médico de la familia política indicaba llevarme de volada al hospital, pues podía ser un indicio de un derrame cerebral, lo que me hacía sentido sabiendo mi proclividad a regarla seguido y gacho. El primogénito se puso al volante, y con una especial interpretación a la expresión “de volada”, me hizo un tour maravilloso de casi una hora por Monterrey y municipios conurbados hasta dar con el hospital indicado; eso sí, a exceso de velocidad y teniendo de fondo la angelical voz que seleccionaron para la aplicación de Waze. La verdad, pobrecito. Recordar su cara de angustia me sigue conmoviendo; juro que yo iba con toda esa templanza de la que hay que hacer arrestos cuando hay problemas, de la que tanto nos hablaban en el IPADE.

Ya en el destino correcto, el urgenciólogo me tranquilizó desechando un infarto o derrame; ignoro si sean la misma vaina. A partir de ahí tuve y he tenido llamadas y consultas médicas posmodernas a través de zoom con varios neurólogos. Por celular y whatsapp las tengo todo el tiempo con mi amigo Julio, neumólogo, que sin él saberlo y mucho menos aceptarlo está convertido por decreto en el médico de la familia. Tengo que llamarlo pronto porque como que se me está enterrando una uña en pie masculino diestro.

A veces me desespera no poder masticar o beber bien; no corresponder a la excelente dicción que me es reconocida; o volver a la neuralgia cuando mi ojo se sobrexpone al viento. Por lo demás estoy de poca madre. Puedo acudir a la oficina, nadie me prohibió un vinillo o whiskcaho ocasional, y me prescribieron trotar, aprovechando la caminadora que me trajo Santa Claus. Ya ando en los 8 kilómetros diarios corriendo; nada de andares de viejito. Además, y aquí sí tiene cabida la expresión sin caer en atrofias de sensibilidad, que el tapabocas me ha caído “como anillo al dedo”. Y hay más. Ahora comprendo a varios amigos a los que Dios no les dio aquello que conmigo fue más que generoso. Sí cala estar feíto y chueco…. la verdad.  Omar, Adolfo, Xico, Ernesto, Pepe…..perdón por el bullying que he podido hacerles.

Mi chinita acupunturista me dice que estas cosas pasan por aspectos multifactoriales. Que si un virus, que si el sobre estrés, que si el clima. Seguro así es. Yo lo que pienso es que seguimos cargando amigos que han fallecido, de los que no pudimos despedirnos; familiares sin abrazar; proyectos cancelados; cercanos y no tanto cuyas cuentas bancarias ya no dan para sufragar sus necesidades; hijos apandados domiciliariamente, a los que diario nos encargamos de llenar de miedo…de ese mismo que nosotros tenemos; guerrilleros de recámara o sala que han tomado las redes para expresarse a sus anchas con insultos y descalificaciones, siempre creyendo equilibrar al subir alguna imagen de un gatito o una planta, pero jamás de alguien con quien medianamente se pueda deducir guardan un vínculo amoroso en cualquier acepción; cortados por la misma tijera, son realmente patéticos y tan prescindibles en mi vida. Ya no más de ser el paladín de lo políticamente correcto. Me cagan.

En mi desbocada imaginación, creo que traía cargando una enorme angustia desde hacía muchos meses. Llegar a Monterrey y ver bien a los míos, con el fresco recuerdo de todos a quienes amo y de los muchísimos amigos que adoro y que por ello me aferro a frecuentarlos, me hicieron bajar un poco los brazos, descansar, y en esa especie de “error” darle entrada al Quasimodo que vivirá conmigo algunas semanas. Más que bienvenido. Nadie mejor que él para recordarme que no nos podemos vencer y que en el mantenimiento de la lucha diaria tenemos garantizada nuestra salud física y emocional.

Todos tenemos en mente las cuatro pinturas de Edvard Munch, que se vinculan con el tema intitulado El Grito (Skrik). Una figura que simboliza a un hombre sobrecargado de angustia y desesperación existencial, gritando como básico desfogue. Yo supe de la imagen hace veinticinco años en que inauguramos el Theatron del Auditorio Nacional, y Philippe Stark escogió una de las imágenes para fungir como anfitriona a la mezcla de emociones que se adelantaba se experimentarían en su interior; tampoco era para tanto. Grité y he gritado suficiente… tiempo de cambiar, pero no de claudicar. Ayer cerré este ciclo que solo termina regresando a mi rostro de siempre. Lo hice yendo a visitar a mi madre a Cuernavaca, donde entre cuidada y custodiada aguarda mejores tiempos para a sus 87 años volver a la calle, a la plaza, a sus clases en el Altillo, a pastorear a sus perros y gatos, a tequilear conmigo en el jardín y llorar con Charles Aznavour. Mientras esperaba en emergencias, mi madre era el único amor al que llevaba tiempo de no poder abrazar. Me angustió que no lo fuera a poder hacer, y me preocupó que ella no fuera a estar para llevarme ese Sidral Mundet y tambache de cómics que todos juntos eran la mejor cura contra los males de salud y de amor.

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