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PlayStation
Foto: Facebook PlayStation

Un día eres la fuente de diversión más espectacular del universo, y al siguiente tu hijo se muere de la hueva jugando a los cochecitos contigo. En ese momento no queda de otra más que aceptarlo: de pronto nuestros hijos crecen y se aburren con nosotros.

Cuando era pequeño, mi hijo solía aprovechar cada minuto que estaba yo en casa para arrastrarme al piso y poner un muñeco en mi mano para luchar contra el suyo. Otras veces pasábamos un largo rato armando legos, mientras yo miraba hacia la puerta cada dos minutos para ver si su mamá aparecía y cambiábamos papeles. En ocasiones, el dolor de rodillas me ganaba y nos poníamos mejor a dibujar en su mesita.

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Cuando su mamá y yo nos separamos, aquello de los relevos australianos se acabó. Sí, pasaba con él menos días de la semana, pero el tiempo que estaba conmigo era al cien por ciento. Sin duda, los hijos únicos demandan mucha atención. Los primeros meses había pocos juguetes en mi nuevo departamento, pero también muebles, así que jugábamos fútbol en el salón. Las paredes tenían pintura especial y dibujábamos en ellas a nuestras anchas.

Luego, por conducto del bendito/maldito Santaclós, llegaron el iPad y la consola. Sin darme cuenta, poco a poco fuimos dejando atrás los muñecos, los carritos y los rompecabezas. Ahora, los días que está en casa de su mamá, paso frente a su habitación llena de juguetes que acumulan polvo porque no se han movido de ahí en semanas. Y es cuando reparo en que hace mucho que el chamaco dejó de buscarme para jugar con ellos. Hoy, la tableta y el PlayStation ejercen una especie de control mental sobre mi hijo. Su mejor amigo es el control de la consola.

Pero reconozcámoslo, ¿quién no ha se ha echado un coyotito reparador mientras el heredero juega carreras con Mario Bros o decapita alienígenas chichonas? ¿Quién no ha dado gracias a Steve Jobs por haber inventado el iPad? Seamos honestos, si las vendieran, tendríamos una estampita con su foto en la bolsa o la cartera. Sin embargo, también es cierto que estos aparatejos nos alejan de nuestros hijos. Nos convertimos en la obsoleta versión 1.0 del software de la diversión.

Entonces uno tiene dos opciones: o se vuelve experto en videojuegos y aprende a fingir que le apasionan, o se va al cuarto de los juguetes olvidados. Pero cuando las mayores glorias que uno ha visto en el terreno de los videojuegos se dieron en un Atari 2600, el escenario no es muy prometedor. Hoy me he convertido en una presencia siniestra para mi hijo, un fantasma en la casa que se dedica a atormentar al chamaco y a querer arrebatarlo de su paraíso gammer. Literalmente me tengo que interponer entre él y la consola.

El héroe que hace tan solo dos o tres era vitoreado al llegar a casa, se convierte en el aguafiestas, en el dictador que solo se aparece para decirle “¿Cómo te fue en la escuela? ¿Ya hiciste la tarea?”, o “Apaga eso y métete a bañar”. Y casi puedo ver que cada que el pequeño zombi mata un enemigo en la pantalla, en su mirada está mi cara. Ahí es cuando me detengo, respiro y muestro mi lado más empático.

¿Vamos a jugar al parque? No quiero salir. ¿Quieres armar naves con los lego? Me da un poco de flojera. ¿Dibujamos unos robots? Solo si es en el iPad. ¿Puedo jugar videojuegos contigo? Es que te tengo que explicar todo de nuevo cada vez. ¿Te puedo ver jugar? Es que te la pasas diciéndome todo el tiempo qué hacer. ¡Qué la chingada! Y encima, “a ver si te traes una botanita, ¿no?”.

No hay duda que en estos tiempos, competir por la atención de nuestros hijos con los aparatos electrónicos de la casa es cada vez más difícil. Más cuando uno llega a “cierta edad” y más aún cuando se es papá soltero.

@El PapaSolteroMX

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