El último mensaje de Clara

Rosa marchita
Foto: Sharon McCutcheon on Unsplash

Clara y yo trabajamos juntos en varias Dependencias y Entidades del Gobierno. Por largo tiempo ella fue la inseparable asistente de Pedro, mi amigo eterno y jefe durante muchos años, a quien ella quería de un modo inusual; decía que con su actitud no hacía más que demostrar el enorme agradecimiento que le tenía, tras que Pedro la rescatara profesionalmente de un fuerte desencuentro con el superior jerárquico de ambos. Más en broma que en serio yo la molestaba diciéndole que había sido la inspiración de la canción intitulada “Secretaria” que interpretaba el grupo Mocedades, uno de los favoritos de mi hermana mayor, sin ocultar que algunos de sus éxitos también los canté vigorosamente en esas reuniones con mis amigas y amigos preparatorianos, en estampas que hoy estarían fuera de lugar (los jóvenes de antes sí cantábamos, guitarras en manos, reunidos en una sala, en un jardín o alrededor de una fogata ….. de insistir hoy en el pasatiempo sería calificado como el gran “ñoñazo”).

Reíamos mucho cuando recordábamos una ocasión en la que al llegar a trabajar al Auditorio Nacional me recibió Clara con larga y solemne cara para anunciarme: “me acaban de informar que Luis Miguel se suicidó”. Mi reacción primero fue de una risa moderada para a los segundos cambiar a sonoras carcajadas y burlas hacia su injustificada credulidad para con los medios de la farándula. Cada vez que quería tomar la palabra solo conseguía que yo enfatizara mi mofa, a la que integraba nuevos y divertidos elementos, o cuando menos así me lo parecían. Pasaron minutos para que decayera esta dinámica y Clara pudiera finalmente precisar su mala nueva; “quien se suicidó fue Luis Miguel Moreno”…….¡¡upss!!, este Luis Miguel del que hablaba fue el Presidente de la Comisión Nacional de Valores, institución que representaba mi chamba inmediata anterior, funcionario adusto y dedicado quien nunca vio con simpatía al grupo al que yo pertenecía, lo que tampoco tradujo en tratos injustos. En los últimos días había vuelto a conversar con él, cuando como Secretario de Transporte del DDF hacía uso de nuestra sala de juntas, en la que con muchos funcionarios federales más acordaban el rumbo a seguir con la paraestatal de transporte Ruta 100. No querían que se supiera de sus encuentros y se congregaban en forma más que discreta en las instalaciones del centro de espectáculos, en horarios en los que prácticamente no había ya ningún trabajador. Para esos tiempos parecía estar más que confirmado el apoyo financiero que prestó el sindicato de la paraestatal al movimiento zapatista.

Arturo Alarcón (qepd), padre de mi tocayo comentarista deportivo y quien fuera Secretario Particular de Luis Miguel, me contó algunas semanas después sobre los pormenores de aquél día funesto, en el que las presiones profesionales y personales se desbordaron para el funcionario, haciendo que en su mismo escritorio burocrático jalara contra sí el gatillo de una escuadra.

Pasó el tiempo y Clara se reencontró con Pedro en la Secretaría de la Contraloría y más tarde en el CONACYT, de donde se jubiló. Dos o tres veces la visité en ese Consejo cuando yo gestionaba un registro para un nuevo museo de ciencias. A lo largo de más de quince años varias veces fue a comer a mi casa y yo a la suya, manteniendo con mis hijos y sus madres una relación particularmente cálida. Su voz de barítono, que llevaban al que hablaba por teléfono a confundirla invariablemente con un hombre, no correspondía con la dulzura de su carácter, por el cual era la primera en defender las causas de los más débiles, lo que no es cursilería narrativa sino verdad inobjetable. Jamás se casó, aunque tuvo sus “queveres” con parejas que rayaban en lo patético, que lo eran por el abuso que hacían a la solidaridad y paciencia de Clara para con los que quería…… eso sí, los que no le resultaran empáticos más valía que se le escondieran. Idolatraba a su único hermano y de modo más que especial a sus sobrinos, y era la enfermera, tutora y amiga de una tía mayor, con severos males de salud y del alma.

Como casi todas las mañanas, en la del pasado domingo dediqué unos minutos tras despertar a revisar mis redes sociales. En correspondencia con mi target, lo mío es el wahatsapp y el facebook, plataforma que ayuda a los desmemoriados a enterarnos de las fechas importantes de los familiares y amigos, entre las cuales los cumpleaños ocupan el gran papel. En algunos grupos soy quien lanza la primera felicitación, tras lo cual se desatan todos los parabienes. Pues bien, tras advertir este domingo que era cumpleaños de Clara, ni tardo ni perzoso le escribí un largo mensaje para los estándares del medio, en el que las palabras “cariño”, “entrañable amistad” y “gratos recuerdos” fueron las protagonistas del texto. Después revisé el muro de mi amiga, encontrando una lacónica felicitación previa, y después una crónica de mensajes sin respuesta de Clara y tarjetas electrónicas de buenos deseos, que bien ordenados e interpretados me revelaron el triste hecho que mi amiga murió hacia febrero pasado. Quedé impactado. Eliminé mi mensaje, el que podría ser el indiscutible ganador de un concurso de textos ridículos. ¿”Entrañable amistad”?, “¿cariño enorme?” ……¿y no sabía siquiera que había caído enferma?. Nuestros actos son los que confirman o desmienten lo que nuestra voz o escritura aseguran, separando las que deban sumarse a las frases sobadas de las que son testimonio de lo que afirmamos.

No es mentira que Clara y yo fuimos buenos amigos, y que como tales la quise mucho. Pero también es tristemente cierto que mi cariño no alcanzó para que me mantuviera cercano, atento e interesado por ella. Pretextos para que haya sido distinto hay muchos, pero no recurriré a ninguno; prefiero recibir en silencio y total aceptación este último mensaje de Clara, y actuar en consecuencia con los muchos que siguen por aquí.

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