Equivocación egocéntrica

Tenis diferentes
Foto: Raka Rachgo on Unsplash

Salgo de mi casa, corriendo para variar, llego a mi destino y de pronto me doy cuenta. Traigo puestos dos modelos de tenis diferentes; uno en cada pie. Reacción instantánea: sorpresa.

Microsegundos después: bochorno.

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Acciones inmediatas: reviso las miradas de la gente a mi alrededor.

Un minuto después: tomo la decisión de seguir con mis actividades “tratando” de no darle importancia al incidente. 

Camino despacio intentando descubrir quién me ve, mis ojos van de la cara de las personas a sus pies. Empiezo a ver zapatos, observo botas vaqueras, mocasines, tenis de todos los estilos y advierto que nunca me había fijado con este detalle en el calzado de la gente. ¡Todos traen el mismo modelo en ambos pies!

Un grupo de cuatro adolescentes que camina atrás de mi se ríe. Yo me avergüenzo ante la posibilidad de haber caído en sus feroces garras. Me invito a relajarme pensando que quizá su risa sea producto de un meme, del último tiktok o del pedazo de perejil que se le quedó atorado en el diente a una de las pubertas. Me tranquilizo a medias. 

De pronto viene una gran decisión que tomar y no puedo equivocarme: ¿escaleras eléctricas o elevador? Sopeso los pros y contras de cada una; en las escaleras cabe la probabilidad de ser vista por más tiempo en un desplazamiento que me pondría en riesgo ante mayor cantidad de gente. Sin embargo, en el elevador hay un alto porcentaje de posibilidades de que las pocas personas que ahí se encuentren me miren más detenida y directamente aunque la exposición de tiempo sea menor. Elijo la primera alternativa y tomo las escaleras eléctricas. Al final me congratulo por tan sabia decisión. 

Estoy por terminar mis actividades, el piso es ya un campo minado que necesito atravesar para llegar a mi trinchera-coche. Esquivo a los contrincantes por la derecha y luego por la izquierda. Logró tal emboscada que hasta el mejor estratega aplaudiría. Llego a mi coche, estoy a punto de abrir la puerta, casi invicta y de pronto recuerdo una frase que siempre repito a mis amigas cuando en plena explayación de inseguridad preguntan: “Dime la verdad ¿se me nota mucho la panza?…” Con un aire de autoridad que desconozco en mí, contesto: “No te preocupes, cada quien está sólo al pendiente de su propia panza”. 

Me subo al coche y claudicó al reafirmar que a nadie le importa un carajo el de a lado. (Ni siquiera si trae dos tenis distintos…)

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