Esforzándonos en confiar

Confianza
Foto: Bernard Hermant on Unsplash

Mi principal actividad profesional está relacionada con una institución gubernamental de procuración de justicia. Para ingresar y permanecer en ella debes someterte periódicamente a “exámenes de control de confianza”, los que constan de pruebas toxicológicas, psicométricas, sociales y patrimoniales, así como de una entrevista con el uso del polígrafo en la que te presionan para que no intentes controlar el ritmo y aplomo en tus respuestas. Las personas que señalas como susceptibles de recomendarte en los formatos que envías con anticipación, serán buscadas e interrogadas, que no te quepa duda. También es probable que alguien acuda a los lugares donde te desenvuelves socialmente para indagar sobre ti, tus familiares y amigos. Tendrás que explicar con lujo de detalle cuáles son tus ingresos y los gastos que tienes, soportables con recibos, estados de cuenta y declaraciones fiscales y patrimoniales. Mejor que no ocultes alguna inversión, tarjeta de crédito o deuda, pues antes que te presentes en esos dos días que duran los exámenes ellos ya te habrán investigado. 

La semana pasada me reuní con representantes de un despacho que trabaja en una propuesta de capacitación en línea, con la que se busca abonar al programa de profesionalización del personal. Llegado el momento de analizar las alternativas para realizar en cada curso la evaluación de los participantes, quien lidera al grupo consultor manifestó su preocupación con que el sistema no permitiera que los capacitados hicieran trampa al contestar los exámenes. ¿Te cae?… ¿y entonces los controles de confianza a que todos nos sometemos?…¿no son válidos si se trata de responder una test de evaluación?…. ¿somos confiables para trabajar en la institución, más no para contestar un examen pedorro de manera honrada? Resulta incongruente, pero por extraño que parezca comprendo al consultor, quien de seguro piensa que no hay que confiar mucho en esos exámenes de control de confianza. Qué locura.

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Teniendo el gusto de leer el muy recomendable libro de David Pastor Vico, “Filosofía para Desconfiados”, pude saber que de acuerdo con una encuesta a nivel internacionalen la que la pregunta central es “¿confía usted en los demás?”, en México solo un 14% reconoce hacerlo. Estados Unidos y España andan sobre el 40% y países escandinavos por encima del 80%. Con un dato así no resulta lógico queluego digan que somos de los países en donde los habitantes declaran ser de los más felices del universo. Es muy difícil vivir tranquilo y con alegría cuando no se cree que el otro hará lo que tiene que hacer o se espera que haga, que es así como se define la confianza. Dudamos que el maestro educará bien a los hijos; que el médico nos recetará correctamente; que la compra en internet nos será entregada; que la policía nos protegerá; que los gobernantes nos conducirán hacia el bienestar; que nos despacharán realmente un litro de gasolina; o que los amigos de los hijos son buenas compañías.

Personalmente me esfuerzo en confiar, pero una y otra vez pareciera que la realidad me dice que me estaré equivocando si lo hago. Apenas hace unos días invitaba a mis compañeros de prepa a creer en los informes y recomendaciones del Subsecretario de Salud en torno a todo lo que ocurre con el Covid19, argumentando a su favor el conocimiento que tiene del tema, su experiencia, su claridad de expresión, así como su seria personalidad. Hacer esta invitación me valió ser etiquetado como cándido o ingenuo, lo que de paso me mostró la actitud refractaria de muchos a cualquier pronunciamiento gubernamental, lo que ha sido común en México con independencia de quiénes y de qué color sean los que estén en el poder. 

Iba convenciendo a esos literalmente viejos amigos, cuando el santo especialista en infectología sale con la pendejada aquella de que la fuerza del Presidente no era de contagio, sino moral. En lo que cuento no es importante si tengo afinidad o no con AMLO; de eso no trata esto.  El punto es que alguien realmente inteligente y confiable no puede tirar lo construido a su alrededor en un tema de vital importancia para la población, por el mero propósito de tener una zalamería con el jefe. Como bien dicen las abuelas, la confianza se pierde fácilmente y recuperarla es un camino sumamente empinado. Ahora me ocurre que cuando escucho al Subsecretario pienso si lo que dice es verdad o es algo que se le instruyó o le conviene decir. Me perdió y no será fácil que me recupere.

Y así estamos en este nuestro querido país, en donde se producen perversidades como las suscitadas con los medios de comunicación, quienes “hacen como que nos informan, y nosotros hacemos como que les creemos”. En un contexto así, las redes sociales se han constituido en la puntilla de la desconfianza, cuando se sueltan inverosímiles mensajes, fotos truqueadas, datos retocados y mil cosas más que refuerzan ese ambiente que nos hace desconfiar de casi todo. Pasmoso lo que dice Pastor Vico en su libro respecto al uso del internet en México, por parte de aproximadamente sesenta millones de personas, de las cuales apenas un raquítico 2% tiene capacidad para hacer las búsquedas adecuadas, discriminando lo fake de lo verdadero. Y para muestra tanta basura que nos envían nuestros propios amigos, quienes por edad y estudios es increíble que den por buenos informes, declaraciones o supuestas noticias que no soportan la más simple prueba de veracidad y razonabilidad. 

No sé si la combinación es factible desde una perspectiva psicológica, pero me considero un desconfiado profesional con un altísimo grado de optimismo. Esto equivale a decir que según se encuentra nuestra sociedad específica, me resulta muy difícil confiar en el otro, pero que esto lo advierto fácilmente reversible si nos lo proponemos. No soy fatalista y mucho menos un determinista. Pienso que el primer paso para lograrlo es que uno mismo sea realmente confiable para los demás. 

A la vuelta está un primer ejercicio a realizar como parte del programa de actividades en el confinamiento a que estaremos sometidos. ¿Y si vamos averiguando quiénes son nuestros vecinos, esos mismos que comparten un pedazo de nuestra calle desde hace un titipuchal de años? ¿Cómo se llaman?, ¿a qué se dedican?, ¿qué hacen o qué estudian sus hijos? Conocer permite confiar. 

Un ejercicio más será saber delegar a quienes viven bajo nuestro mismo techo, borrando para siempre esa pinche expresión que a veces me receto de “si quieres que algo esté bien hecho, hazlo tú mismo”. Rematemos las actividades a desarrollar con un buen cribado de nuestros “amigos” de redes, y hagámosles un llamado cuando se excedan con pronunciamientos incendiarios en contra de lo oficial o de la oposición, no importa, y doblemente cuando desde cualquier trinchera aporten falsedades en sus muros o mensajes. Nos vemos mil veces mejor llamando la atención que callando.

Será el sereno o mi publicitado optimismo, pero veo que mucho podemos obtener de lo que nos está tocando vivir, dentro de lo cual volver a confiar será algo de lo más destacado. Especialmente nuestros hijos merecen vivir parecido a como lo hicimos nosotros a su edad, y no como lo hacen ahora en que los hemos llenado de temores, catastrofismos y suspicacias.

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