¡Esos apodos!

Ya en varias ocasiones he experimentado el largo y a veces tortuoso proceso que implica la selección del nombre para un hijo. En un mundo en el que avanza la equidad de género, esta selección implicará necesariamente el consenso de los padres, quienes seguro algo adelantan durante su última etapa de noviazgo, en la que dedicarán algunas horas a perfilar nombres de acuerdo con los hijos que tienen proyectado procrear una vez que lleguen al altar (bueno, cuando menos así era en mis tiempos). Tal vez la primera definición por aterrizar es la de cuántos nombres llevarán: ¿uno o dos?. Desde hace tiempo la gente práctica nos inclinamos por uno solo, contrastando con esos decimonónicos tan afectos a los nombres de telenovela o resultado de conjugar los de padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos. Ahí está el caso de uno de mis compadres, quien se llama José Manuel Marcelino Francisco, resultando paradójico que nadie lo identifique por alguno de ellos pues todos lo reconocen por su apodo: “Chatuco”. Como aquel futbolista expulsado que antes de irse a las regaderas buscará llevarse entre las patas a algún contrario, mi compadre condenó también a su hija dándole el sencillo nombre de Patricia Eugenia María Francisca Muñoz Díaz Infante, dejando inobjetable constancia de estar influido por las costumbres de hace un par de siglos, en el que alguien como Guadalupe Victoria se llamaba realmente José Miguel Ramón Auducto Fernández y Félix, o peor aún Miguel Hidalgo, registrado como Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor.

Para escoger el nombre se deberán cuidar varias cosas. Es muy importante que no sea el mismo de aquel novio o novia del que se sabe estuvo perdidamente enamorada la pareja; hay que tener un poquito de madre. Tampoco que coincida con el del compañero o pariente insufrible, ni que pueda ser objeto de burla al combinarse con los apellidos. De igual forma habrá que tomar en cuenta que el nombre no haya sido “tomado” antes para un sobrino cercano, que no se sume a una moda exagerada que convierta a nuestro hijo en el “Mateo” número veinte del salón, y mucho menos que sea copiado literalmente de otras latitudes, como los patéticos y ya tradicionales Kevin o Brian (sé que hay mujeres que hasta las 9.30 de la noche se llaman María Guadalupe, para el resto de la jornada cambiarlo por el de Geraldine, Chanel o Samantha).

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A veces parecerá una pérdida de tiempo el dedicado a la selección de los nombres, cuando en un país como el nuestro las probabilidades de llevar un apodo son altísimas. Habrá que tener en cuenta que muchas veces esos sobrenombres los conoce todo mundo, menos el rebautizado. Personalmente nada tengo contra los apodos, siempre que no sean el equivalente a una grosería o vulgaridad, y que para aquél que lo ha de llevar no le signifique una ofensa o una carga. Ahí está el caso de mi querido Eniac Martínez, quien reconociendo su gusto por la bebida y en especial por el vodka, aceptó sin reparos el sobrenombre de el “Kamarrado”, pero dejó en claro que no admitiría ese otro que jugueteaba con su apellido: “Martinis”.

No hay una regla para poner un apodo. Hay líneas creativas constantes que son las más fáciles y predecibles, como son aquellas que retoman alguna deformación del lenguaje en situación infantil, o las que son evidentes por una característica física. En el primer caso está mi hijo Rodrigo, llamado “Yeyo” porque de muy chiquito decía ese nombre queriendo decir el verdadero, mientras que en el segundo supuesto están mi amigo el “Mapache” con sus marcadas y profundas ojeras, Xico el “Cabezón”, o los tradicionales “Gordo Altamira”, “Gordo Cardona” y “Gordo Villegas”.

A ese amigo que la mitad de la semana la vivía en casa con su esposa y la otra mitad con la novia, merecidamente le decían el “Dos Prediales”. Aquél otro que se distingue por ser un tipo sumamente inseguro lo conocemos como “Ecatepec”, mientras que a otro le dicen “Domingo” por verdaderamente ser de hueva. Está también el “Té de Manzanilla”, porque no sirve para nada pero cae bien, y en línea con los nuevos tiempos está el “Sargazo”, del que se dice es útil para infinidad de cosas pero bien a bien nadie ha comprobado que sirva para una sola.

Creo que hay muy pocas personas que reúnan tantos apodos como yo, la mayoría obra del terrible grupo de los gorditos. Los tres a los que me he referido son los verdaderos amos en estos menesteres, haciendo que cobre vigencia ese viejo pensamiento que asegura que “no hay gordito que no sea simpático”….y éstos lo son, con el agregado de también ser ojetes. Mi apodo más simplón ha sido el de “Namath”, que corresponde a un famoso quarterback de los Jets de Nueva York de los 70´s. Cambié de equipo una sola vez en mi vida y por una única temporada, presentándome con un jersey de ese jugador al primer entrenamiento; les ahorré la molestia de aprenderse mi nombre, optando por asignarme el escrito en mi espalda. Tiempo después me bautizaron como la “Ampolla” por supuestamente joder todo el tiempo, luego el “Pastor”, pues afirmaban que los integrantes de uno de los grupos con los que me reunía a comer representaban lo más bajo en la escala social de valores, asumiendo que yo los quería enmendar pero también a costa de ellos conformar una nueva Iglesia. Por ser tan prolífico en eso de tener descendencia, y ahí están mis 5 hijos de prueba, me bautizaron como “Diógenes”, y durante alguna temporada me dijeron el “Canciller”, por mi proclividad diplomática a tratar de actuar como conciliador de oficio entre mis amigos, en las no pocas veces que con razones o sin ellas se han producido los infaltables desencuentros.

El que conservo desde hace buen número de años es el que me resulta más querido. La verdad que sin muchas razones ni argumentos, al autor del apodo le parezco de personalidad sarcástica y de negro humor. Según él, pongo frecuentemente en práctica esos atributos en el ánimo de generar burla personal o colectiva para los que considera mis víctimas. Bajo este razonamiento, me bautizó como el “Tsunami”, como apócope de “esTsunami..erda”. Me gusta.

Si bien ese apodo ha conseguido arrancar sonrisas a los amigos, no logró lo mismo entre mis hijos menores cuando lo conocieron, quienes por aquél entonces me profesaban el cariño y admiración propio de la infancia. Para alguna edición de las carreras de relevos a las que vamos en Estados Unidos, un par de semanas antes se organizó una comida que se aprovechó para hacer entrega de los uniformes, pants, maleta y resto del kit con utensilios necesarios e innecesarios para participar en la prueba. En el chaleco reflejante que me dieron para portarlo en los tramos a recorrer envueltos en la obscuridad, junto a la palabra “México” y el escudo de nuestro equipo se leía claramente el apodo de “Tsunami”, siendo ese el nombre que vocearon cuando me acerqué a recoger todo el arcón. Ya en el coche de regreso a la casa, mi hija preguntó: “Pá, ¿por qué te dicen Tsunami?”. Me disponía a estructurar una respuesta que no revelara tan crudamente el epíteto impuesto, cuando el menor de mis hijos se me adelantó para contestar: “por rápido”…….ufffff, si no hubiera ido manejando lo hubiera abrazado y llenado de besos, para después voltear hacia una cámara imaginaria y declarar: “¿cómo te quedó el ojo pinche gordito?, mejor te vas inventando otro apodo”.

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