Hay que decirlo

Hay que decirlo
Foto: Mariana


La imaginación de mi padre era muy fértil, la que caía en blandito en la increíble credulidad de sus hijos. Al preguntarle cómo es que se le había formado esa cicatriz que tenía en la pierna, sin pena ni remordimiento nos contestaba que una esquirla de metralla se la había provocado en la Guerra de Corea en la que había tenido que participar, como única manera de librarse de la prisión en Estados Unidos por una ocasión en la que para sostener una pelea profesional de box había tenido que cruzar al otro lado sin tener visa ni pasaporte, cayéndole encima las autoridades gringas.  Si de justificar una pequeña herida en el dedo se trataba, nos contestaría que había tenido que meter en control a uno de los cocodrilos que formaban parte del zoológico privado de un buen amigo suyo, no pudiendo librarse de la tarascada que le soltó otro de esos reptiles en un aparente intento por defender al de su especie.

Creer sus historias nos llevó en ocasiones a tener problemas al repetirlas entre nuestros pequeños amigos, y a veces hasta por reclamarlas. Así fue una vez en que enfrenté a mi propia abuela, su madre, para reprocharle cómo había sido posible que un domingo dejara encerrado a mi padre y sus tres hermanos en el coche, con las ventanas apenas un poco bajadas para evitar la asfixia de esos niños, mientras ella y el abuelo se metían a la Plaza de Toros a ver la corrida de la tarde, sin perderse ninguno de los seis toros y un par más que regalaron. La historia me la había narrado mi padre con la intención de establecer un contraste y minimizar mi reclamo porque había pasado a recogerme treinta minutos después de la hora convenida. Al ser el palo de donde salió mi progenitora astilla, mi abuela no solo no desmintió ese maltrato infantil sino que lo enriqueció con más ruindades cometidas principalmente, según ella, por mi pobre abuelo, quien no podía encarnar mejor aquella expresión de que era “un auténtico pan de Dios”. Ni a cual irle de mentirosos entre la madre y el hijo.

- Publicidad -

La edad que fuimos cumpliendo y cierta falta de memoria de mi padre al volver a narrar sus aventuras, nos fueron revelando la falta de veracidad. Así, de un día a otro ya no fue la Guerra de Corea sino la de Vietnam el escenario donde sufrió la herida, y el cocodrilo vengador cedió su paso a una enfurecida hiena al descubrir a ese hombre acariciando a su cachorro. Cada vez que le hicimos ver sus inconsistencias estallaba en un ataque de risa, al igual que las veces en que ya de plano le cortábamos una narración que apuntaba a recrear una historia difícil aún de imaginar para cualquiera de los hermanos Grimm. 

En una parte de mi primaria y la secundaria de mi hermano, mi padre fue quien invariablemente nos llevó por las mañanas a la escuela, escuchando en el trayecto en la radio esas competencias de popularidad que organizaba el conductor de la estación entre los Beatles y los Monkees, o entre los Beatles y los Creedence Crealwater Revival, las que hace unos días trajo al presente mi querido amigo el Escualo. Recuerdo que para acompañar las canciones que más nos gustaban, sin importar de cuál de los contendientes fuera, mi padre tomaba del brazo a quien ocupara el lugar de copiloto para, cual si se tratara de una batuta, llevar con esa extremidad que debíamos poner “flojita” el ritmo de la canción, la que nos apresurábamos a retirar de su control si ya estábamos cerca del colegio por temor a la burla de los compañeros que pudieran presenciar la escena. Tontos de nosotros.

Mi padre fue sumamente cariñoso y cálido, dándonos una y mil veces muestras del gran amor que nos tenía. Juegos, bromas, abrazos, insistencia en que lo acompañáramos en muchas de sus actividades, apoyos interminables…. muchísimas expresiones de su amor. Le faltó sin embargo verbalizar todo ese sentimiento, pues no sé si sea por el paso de los años desde mi nacimiento y su defunción, pero no recuerdo un episodio en el que me haya dicho “te amo”. Hacía patente lo que sentía por mi, pero no me lo decía. Creo que igual debió ocurrir con mis hermanos, a quienes desde ahorita les digo que cualquier pronunciamiento en contrario no se los voy a creer, pues sé que lo dirán solo por joder. Como si no los conociera.

Alguna vez le compartí a mi madre mi extrañeza por esa ausencia de la palabra paterna, llamándome la atención su respuesta: “sí caray, pobre, demuestra más que bien sus sentimientos pero le cuesta muchísimo expresarlos verbalmente”. Como remate de su explicación y tratando de abonar a una tranquilidad que jamás perdí, trajo a colación ese dicho que a la vez es título de una comedia de Lope de Vega: “obras son amores y no buenas razones”, lo que a todas luces significa que el amor verdadero se manifiesta con hechos y no con palabras. No sobra decir que las palabras que no encontraba mi padre han sido de siempre sobre compensadas con una inagotable riqueza expresiva de mi mamá. 

Con una luz ámbar de advertencia con lo que me tocó vivir, he sido enfático y repetitivo al decirle a los que amo y a quienes he amado el sentimiento que provocan y hacen crecer. No es raro que en mensajes triviales con amigos, nos despidamos con un “te quiero pendejo”. Mis hijos son mis destinatarios por excelencia, percatándome que a los varones les cuesta repetir las mismas palabras, dejándolo en un lacónico “yo también Pa”. Mi hija es igual de ridícula que yo, con lo cual a la menor provocación me receta el “te amo Gordito”.

Igual de importante es que con  hechos dejemos constancia de nuestro amor como el que lo verbalicemos. Se necesita de ambas; ni cuál más, ni cuál menos que la otra. En el confinamiento en el que nos encontramos, y sin la posibilidad de tocarnos, ser divertidos, jugarnos bromas o consentirnos, convirtamos en costumbre el poner en blanco y negro nuestros sentimientos o externarlos en esa llamada que hagamos. Más que nunca nos viene bien saberlo. Nos da calma y nos inyecta de energía y de esperanza.

Te puede interesar: Secuelas que sirvan