Hijos pelados

Groserías
Foto: Matthew Brodeur on Unsplash

Mientras vivimos en casa de mis padres mi hermano y yo tuvimos prohibido hacer uso de las groserías. Que ni se nos ocurriera decirlas, limitante que no abarcaba a nuestro amado progenitor en las muchas veces que lo llegábamos a desesperar, si es que antes él no había llegado solito a ese estado. Puestos nuestros pequeños pies en la calle nos dábamos vuelo en el uso de un pintoresco lenguaje compartido con todos los amigos de esa cerrada, excluido Carlitos Olivos cuya fuente de aprendizaje de majaderías se circunscribía a lo que alcanzaba a cachar en la primera serie de Batman, lo que explica que sus improperios más osados fueran “pelmazo”, “cáspita” y “recórcholis”. Todo un ñoñazo mi querido roomie. 

Yo tendría 10 años cuando una mañana sabatina en que estaba arriando maletas y víveres a la cajuela del auto de mi padre, en preparación al fin de semana que pasaríamos en la casa de Cuernavaca, pasó por la banqueta de enfrente uno de mis amigos más corrientes, quien se mofó equiparándome con un carga bultos sin voluntad. En el mismo tono bromista de su comentario, me solté con una ráfaga de vulgaridades con las que creí haber aniquilado al vecino, a juzgar por la cara de seriedad que puso combinada con una apertura exagerada de esos ojos que rápidamente fijó en el piso, al tiempo que apresuraba el paso regresando en media vuelta al punto de donde provenía. Satisfecho y orgulloso con mi aparente triunfo, y habiendo terminado de acomodar todo en la cajuela, bajé la tapa para encontrarme con el rostro desencajado de mi padre, furioso al atestiguar cómo todo el dinero invertido en mi educación se estaba yendo por la coladera. Reaccionamos en sintonía. Yo me eché a correr hasta alcanzar y rebasar al amigo por la derecha, y mi padre me persiguió no más de treinta metros, desistiendo ante lavertiginosa velocidad que puede producir el pánico. No regresé a la casa sino hasta que el jefe de familia envió a mi hermano al parque para convencerme que no me haría nada, promesa que caducaría pronto si seguía retardando la salida. En honor a la verdad no me nalgueó, aunque debí soplarme una avalancha de consejos a seguir por cualquier niño bien educado, los que cesaron solo hasta que estuvimos a 500 metros de tomar las “eses” que están en la carretera Federal pasando Tres Marías, para lo cual nuestro conductor requería de toda su concentración para llegar a los 130 kilómetros por hora ofrecidos a los pasajeros como una de sus “gracias”. Salvo mi hermano que retándolo lo animaba, todos montábamos en pánico escuchando el chillar de los neumáticos y bambaleándonos de un lado a otro de la cabina. 

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En línea con mis costumbres familiares, cuando tuve la increíble oportunidad de ser padre seguí las reglas que abrevé en casa (iba a usar otro término, pero temí que se pensara que sigo siendo un pelado), las que se potenciaron en virtud de las disciplinas castrenses que imponía su madre a nuestros hijos …. y a mí. Me di cuenta hasta dónde habíamos llevado las cosas cuando el mayor, participando por primera vez en la selección de futbol de la escuela a la edad de 7 años, se me acercó en el medio tiempo requiriendo de mis servicios de traductor. –“Oye Pa, ¿qué quiere decir ‘en chinga’”? ….. – “¿quién te dijo eso?” …. – “Mauricio, el entrenador. Le pregunté si en los centros me podía subir a rematar, y me dijo que sí, pero que me regresara a la defensa en chinga”. En el ejercicio de deducción a que lo invité dio rápido con la respuesta. Días después del incidente y seguramente incómodo por el retraso lingüístico que estaba mostrando respecto de sus compañeros, abiertamente nos pidió permiso para decir groserías, recibiendo nuestra autorización si cumplía con dos condiciones: 1) que no las utilizara para ofender, sino simplemente como meros auxiliares de comunicación, y 2) que no las dijera enfrente de adultos ni mujeres, cualquiera que fuera su edad.

De eso ha pasado ya mucho tiempo, el que ha sido testigo de una paulatina transformación en los usos y costumbres familiares, modificados también drásticamente en las formas de hablar en la radio y televisión, sin importar el horario. No se miden. Difícil imaginar que tres labregones que ya son profesionistas, dos de los cuales ya se han casado, cumplan a pie juntillas con las reglas impuestas en casa hace más de veinte años. No obstante, atienden rápidamente mis llamados a bajarle, máxime si están en presencia de su hermana, a quien sin pretenderlo la he escuchado platicar con sus amigas de un modo con el que podría impartir un curso de “guarradas y peladeces contemporáneos”. Quién la viera con esa carita. Hasta eructos se echa, invadiendo terrenos hace poco reservados a los hombres. 

Si bien con los primeros cuatro hijos he sorteado el tema con razonable control, con el más pequeño, bien instalado en sus 16, he llegado a pensar muchas veces que estamos a punto de descarrilar. ¡Pretende tratarme como si fuera su compadre! …. y lo peor es que hace que yo mismo incremente mi ritmo en el pronunciamiento de improperios cuando competimos en videojuegos, no porqué me vaya ganando en el Madden de Xbox, sino porqué se burla con un sarcasmo y desprecio que no sé de dónde sacó. Ya me di cuenta que es parte de su estrategia, al conseguir que me concentre más en cuidar mis expresiones que en la jugada a seleccionar.

Por si fuera poco, a sus palabras y mensajes, eso sí escritos siempre con una pulcra ortografía, ha sumado ahora unos majaderos stickers, teniendo un arsenal que le sirven para cualquier ocasión. Hasta cuando le hago saber que se está pasando y que debe parar, inserta en la conversación un emblema hipócrita con la leyenda “ya la regué …jajaja”. Cinicazo.

Cuando llego a pensar en poner un freno definitivo a su estilo de comunicación conmigo, son varias las ideas que me vienen a la cabeza. Una de ellas es el recuerdo de mi querida familia Ramos, en donde empezando por los papás (Canelos) y siguiendo por los hijos, las mentadas de madre han ido y venido con singular alegría, sin que en nada influya esta forma con lo amorosos, unidos y solidarios familiar y socialmente que han sido siempre. Pienso también que las peladeces que me comparte el benjamín corresponden a un entorno construido por ambos en el que identifica confianza y proximidad, el cual no querría yo perder jamás. Sé que no tiene duda de las implicaciones de que sea su papá y no su cuáchalas, lo que no le frena a tratarme temas o confiarme anécdotas que en honor a la verdad yo no siempre hice con el mío, no obstante lo extraordinario que fue. La manera como piensa y la forma como según me narra se ha conducido en sus “choco aventuras”, dan fe de los valores que quiero para él y que veo en sus hermanos. 

Así las cosas, debo concluir que pese a todos los cambios en la comunicación de los hijos y con ellos, subsisten, como sigo defendiéndolas, las dos condiciones establecidas hace más de dos décadas: sí a las groserías, pero no para ofender ni pronunciadas frente a gente mayor, ni mujeres… bajo su propio riesgo que alguna de las modernas damitas se las devuelva multiplicadas y en vanguardistas combinaciones. ¿A dónde vamos a parar?

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