Ingreso a la universidad

Ingreso a la Universidad
Imagen: Mariana

Ingresé a la Ibero a los 17 años. Mi primer semestre empezó en agosto, con lo cual debieron transcurrir tres meses más para que alcanzara la mayoría de edad. El campus universitario de esa institución jesuita situado a menos de un kilómetro de mi casa me había encantado de siempre, superado con creces solo por el de la madre de todas las universidades: la UNAM. De niño y adolescente solía recorrer la Ibero con otros amigos de mi calle, sobre todo cuando se celebraba el llamado “Día de la Comunidad”, donde los concursos y actividades culturales se presentaban en forma multiplicada. Entrábamos para admirar el concurso de murales, el que combinaba velocidad y habilidad en el manejo de automóviles, la final de un torneo relámpago de futbol universitario, y rematábamos en la noche con una especie de festival de la canción, donde los claroscuros de calidad artística se hacían más que evidentes al no existir eliminatorias. Tal vez desde entonces se me grabó la sabia frase de que “el arte es un llamado al que acuden muchos que no están llamados”.

Su campo de futbol durante un tiempo fue sede del equipo juvenil de americano Cherokees, coacheado por Manuel, hermano mayor de mi gran amigo y vecino Carlos, con quien mantengo una cercanísima relación que el paso del tiempo lo único que ha hecho es multiplicarla y solidificarla. Ambos nos convertimos en los aguadores de ese equipo tabaco y blanco, en el que años después habría de jugar de quarterback una sola temporada. Solo fue un año, pero increíblemente divertido y aportador de excelentes amigos. Por haber asistido al primer día de entrenamiento con el jersey de Namath, el afamado mariscal de los Jets de Nueva York, me gané ese apodo. Al año siguiente volví a mi equipo de siempre, recibiéndome Omar con un tono burlón de “uy, ¡qué bueno que ya regresó Namath!”. No estando estos equipos en la misma liga, desde entonces me sorprendió su capacidad de enterarse de todo lo que pasa en la vida de quienes somos sus cercanos. Algunos creen que es un pinche chismoso, pero yo prefiero pensar que su sorprendente número de amistades es el que le permite acceder a tanta información.

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Las primeras semanas en la universidad fueron un verdadero subibaja emocional. Aunque me visualicé en la antesala de futuro profesionista, serio y formal, la desmadrosa inercia de la prepa me ganaba en ocasiones, lo que no le pasaba a la mayoría de mis compañeros. No sé si porque algunos de ellos iban por su segunda licenciatura o habían dejado pasar muchos años para matricularse en la universidad, pero lo cierto es que varios me resultaban unos auténticos “ñores”. La existencia de estos alumnos facilitó esas novatadas en las que alguno se presentaba falsamente como titular de determinada materia. Tras una hosca bienvenida a los nuevos universitarios, se soltaban con reglas castrenses para su clase, la difusión de un sistema de evaluación complejo e injusto, y un primer trabajo para casa más difícil que un plan de reactivación económica nacional. No podía faltar un examen en ese primer día, con preguntas que igual mezclaban las “Tesis de Feurbach” con otros problemas de geometría algebraica.   

Fue hasta la segunda vez que me sacaron de clases por temas de indisciplina cuando me “cayó el veinte” de que debía asumir otra actitud, enterrando para siempre a ese trasnochado preparatoriano. A partir de entonces la informalidad la dejé solo para los descansos y en especial para los juegos de dominó en la cafetería, los que podían alcanzar altos niveles de intensidad, sobre todo si uno de la cuarteta era mi compadre Maines, quien llegó a soltar un derechazo combinado con un errático zurdazo a un contrincante, al calor de ese jueguito cuya invención se adjudica a los chinos…para no variar.      

El inicio de cada nuevo ciclo escolar tiene mucho de encanto, llevándose las palmas compartidamente los de prepa y universidad. Hoy mi única hija mujer comienza la carrera de Derecho en la Universidad de las Américas de Puebla. Me pidió que la despertara a las 7.15 para prepararse con anticipación. Al salir hacia la oficina y despedirme de ella con ademanes y dedito pulgar levantado, me devuelve el adiós arqueando las cejas y haciendo la señal de amor y paz. Al tiempo de experimentar un inmenso gusto por su arribo al nivel superior, me da tristeza que sus clases solo puedan ser en línea a través de una computadora. La verdad qué pinche, no solo por la pérdida de toda esa emoción y entusiasmo del primer día de clases en la universidad, sino por todo lo que hay detrás para que le esté tocando vivir algo así. Qué narrativas tan distintas tendrá comparativamente conmigo y con sus tres hermanos que ya terminaron su educación superior. Ojalá se acorte el tiempo para que pueda pisar las aulas de las UDLA y recorrer su precioso campus. Aunque tampoco ella sabe cuánto deba transcurrir para ese día, ya me está exigiendo que no esperemos para ir al centro comercial de su preferencia para renovar su guardarropa. Quiere mostrarse moderna y versátil frente al monitor… sin comentarios.

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