La epidemia de la optimización no descansa ni en tiempos de confinamiento

La epidemia de la optimización no descansa ni en tiempos de confinamiento
Foto: Twitter TweetALS

• La defensa de la distracción es un arma de resistencia pasiva frente a la sobreproducción en la economía de la atención.

Desde mediados de marzo aproximadamente, un porcentaje de la ciudadanía mexicana -al menos de la Ciudad de México- decidió confinarse en casa para hacer frente al riesgo de contagio de Covid-19. Esto vino acompañado de una avalancha de noticias, recomendaciones y posts sobre cómo ser “más eficientes en casa y sacarle todo el provecho posible al “encierro”. A poco más de 90 días, esta dinámica no ha cambiado.

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El sector poblacional de clase media y media alta en edad productiva que puede permitirse el lujo de no salir, no solo ha tenido que aprender a encajar la lógica de la producción del home office y/o el home schooling de sus hijos, sino a compaginar éstos con toda una serie de actividades de moda con el fin de no sentirse desconectados y desorientados. Aquéllos que no se ven obligados a ir a trabajar a una oficina, a quienes están en su casa 24/7, prácticamente no se han permitido el descanso y han desfogado su ansiedad y su desasosiego rindiéndose a una lista interminable de actividades que se ofrecen en las redes. Ha surgido así, de manera imparable, una explosión de directos de Instagram y Facebook Lives para “optimizar el rendimiento” y “ser mejores personas”: a las 08:00 clase de Sersana Method; a las 09:00 clase de yoga con Renata; a las 10:00 meditación orientada con Jay Shetty;  a las 15:00 herramientas para sanar tu alma con  Juan Lucas Martín; a las 16.00 horas baile urbano con Bailana; a las 17.00, tutoriales de maquillaje con Hildelisa; a las 20.00, cata de jamón Serrano con La Castellana; a las 20:30, clase de mindfullness; a las 21:00 drinks con lo amigos en Zoom o House Party. Y la lista sigue. Estas actividades se complementan y se entrelazan con mensajes virales en grupos que animan a visitar los diez mejores museos del mundo; cadenas de WhatsApp que invitan a leer todas las revistas en PDF, a meditar en grupo, a conectarnos a conciertos en directo o reflexionar sobre teorías del origen de la pandemia. Esto sin contar las innumerables infografías y videos sobre las últimas cifras de infectados en México y el mundo y los mejores tips sobre cómo desinfectar tu casa y las compras. Llevamos poco más de 90 días confinados y ni con la alerta de paralización del coronavirus parece que la sociedad quede exenta de la otra epidemia que ha invadido nuestra experiencia vital: la de la optimización y “ultraeficiencia” personal.

¿Por qué en nuestras redes sociales nos sentimos tentados de postear sin control nuestro eficiente multitasking diario en casa? ¿Por qué chateamos una enorme cantidad de veces que hemos hecho yoga, workouts o estrategias de Marie Kondo para poner orden en casa? Tal como diría la autora Irmgard Emmelhainz en su libro “La tiranía del sentido común”, el neoliberalismo implica vivir bajo la lógica de maximización del todo para el beneficio propio: desde el capital humano, hasta el tiempo personal, las capacidades intelectuales, las relaciones sociales y familiares. Todas nuestras acciones están enfocadas en generar plusvalía. Y esta tendencia no ha parado en el confinamiento. Varios especialistas, blogueros, asesores, ociosos, han aprovechado esta “reclusión” para transmitir en vivo y dar consejos de todo tipo, unos con cierto valor, y otros bastante huecos.Pareciera que si no consumimos y no llenamos nuestra agenda a tope con estas mil actividades, no encajamos, no valemos, no pertenecemos, no somos.

Desde hace ya algunos años, cuando las redes cobraron mayor protagonismo, hemos interiorizado y asumido que debemos vender nuestra reputación y crédito personal como un valor añadido tanto en el trabajo, como en las redes sociales o en nuestra propia vida. Queremos ser, y parecer, una inversión segura. Cuanto más produzcamos, más valiosos, más atractivos nos sentimos ante el sistema. Aunque éste, ahora mismo, se haya parado de golpe de manera presencial. Aunque aquella certeza cuantificable de que ‘el tiempo es dinero’ haya mutado transitoriamente y se haya quedado, en parte, en suspenso.

Esta necesidad de sobreocuparse, de estar siempre aprendiendo algo, tiene raíces sociológicas, pero también, pudieran encontrar incluso raíces de índole psicológico. De acuerdo a Jenny Odell, autora del ensayo “How to do nothing: Resisting the attention economy”  (Melville, 2019), «Nada es más duro que no hacer nada. En un mundo en el que nuestro valor está determinado por nuestra productividad, muchos de nosotros vemos cada uno de nuestros minutos capturados, optimizados o apropiados como bien financiero por las tecnologías que usamos diariamente». Odell es profesora en Stanford y escribió su libro tras comprobar cómo hasta sus propios alumnos habían interiorizado la ansiedad de sobreproducción y autoexplotación vital como sinónimo de autorrealización personal. Cabe resaltar que Odell, para poder escribir este ensayo, se basó en el comportamiento de sus alumnos universitarios. Incluso, sus alumnos le presentaron “El síndrome del pato en la sociedad de la miseria” el viral texto de un estudiante, Tiger Sun, en el que narraba las consecuencias del «síndrome del pato de Stanford» –por encima de la superficie el pato parecerá plácido y tranquilo, pero por debajo mueve sus patas frenéticamente–. En el texto se narraba como una compañera se pasó dos días seguidos estudiando sin parar con fiebre, extenuada, porque todos en el centro han asumido que «llegar a cuidar nuestra propia salud está vista como un placer culpable» y porque, según relató Sun en el texto, «subliminalmente equiparamos el estar quemados con ser buenos estudiantes». 

Retomo este ensayo porque en efecto, la lógica del texto se mantiene a estos tiempos de confinamiento, donde la premisa de ocupar al máximo el shock de esta contingencia y aislamiento impuesto parecería un argumento de peso para realizar múltiples tareas de eficiencia para que así, -y esto es una apreciación a título personal-, engañemos a nuestra mente, creamos que las cosas están bien y al mismo tiempo, nos sintamos seres humanos de provecho.

Ante todo este panorama, vale la pena reflexionar qué tan factible es sobresaturarse de actividades; o todo lo contrario, poner un alto en el camino, recurriendo a la instrospección y el análisis interno. Quizá incluso abrazar el tedio y la distracción. Retomando nuevamente a Jenny Odell, vale la pena reflexionar ante preguntas como, ¿productividad que produzca qué? ¿éxito, en qué manera, de qué tipo y para quién? Resulta fundamental comprender las respuestas ante estas preguntas, valorar en dónde estamos parados o qué es lo que realmente queremos obtener al comprometernos a decenas de actividades diarias. Y es que quizá habría que asumir cierta responsabilidad como sociedad, pues es muy probable que en cierta medida la sobreoferta de actividades que nos bombardean todos los días a través de las redes sociales, sean consecuencia de una necesidad que el mercado captó, en donde fueron los mismos individuos los que demandaban esta sobresaturación

Considero que es importante que las personas encontremos ciertos espacios de soledad y silencio para que podamos encontrar algo que decir; pero más importante, encontrarnos a nosotros mismos en estos tiempos que son difíciles para todos. Vale la pena no tener que decir nada, no siempre tener que pertenecer, tener el derecho a no decir nada. La nada no es un lujo o una pérdida de tiempo, es un espacio necesario para que el pensamiento adquiera sentido. He visto demasiada energía, intensidad y, sobre todo, ansiedad en muchas personas cercanas a mi que en este periodo de incertidumbre han estado a punto de colapsar por no administrarse bien, y en eso mucho tiene que ver la importancia de no generar espacios para simplemente, no hacer nada y darse un respiro.

El antropólogo Albert Piette nos recuerda que «a diferencia de los chimpancés, el hecho de ser humano implica habitar un modo de presencia-ausencia, practicar la atención desapegada, dejando que lo menor y lo mayor coexistan». Para el ser humano, la capacidad de poder gestionar la ausencia de forma consciente, no cuantificar nuestra propia experiencia y no reducirlo todo a resultados medibles es una de las habilidades que más deberíamos aprovechar, sobre todo en esta época en donde no hay certidumbre prácticamente en ningún sector.

Sin embargo, como todo en la vida, lo importante es encontrar el equilibrio, pues si bien ya he abordado las consecuencias de la sobreactividad, tampoco es recomendable simplemente no hacer nada y dejar de hacer las cosas por completo. Jenny Odell señala que «no se trata de parar para volver a ser igual de productivos, frescos y listos para quemarse de nuevo en el sistema, como en esos programas detox empresariales. Se trata de parar para reflexionar sobre cómo nos afecta la economía de la atención». Básicamente, Odell propone alejarnos de la reacción ansiosa de los ciclos de noticias y practicar la empatía y la reflexión. Por último, pensar en comunidad. «Debemos proteger nuestros espacios y nuestro tiempo para una actividad que no esté instrumentalizada o comercializada y aferrarnos en el pensamiento, el mantenimiento, el cuidado y la sociabilidad».

Esta epidemia nos está dejando grandes enseñanzas como sociedad. Todas aquellas estructuras que en algún momento consideramos inquebrantables, han ido cayendo, una a una. El estatus quo se pone en entredicho todo el tiempo. Por tanto, la necesidad de tomar cierta distancia, reflexionar sobre las nuevas tendencias; y, sobre todo, valorar, tomar todo en perspectiva, evitando caer en la trampa de querer sentirnos completos, satisfechos y realizados todo el tiempo. La búsqueda de la perfección es una tarea muy difícil para el ser humano y también muy cruel. Hay que reconocernos imperfectos y seguir aprendiendo en cada paso. De eso se va construyendo -y deconstruyendo- la vida.

@jostrespalacios

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