La muerte ridícula

Muerte
Foto: Edu Lauton on Unsplash

¿Cúal sería una buena manera de morir? Parece un lugar común decir que dormiditos y sin dolor. Nadie quiere sufrir, hacer extensivos los padecimientos propios a los seres queridos, incurrir en sinfín de gastos, sangrar los escasos ahorros que se podían dejar, generar lástima y dolor e ir perdiendo las funciones básicas, los controles elementales y la conciencia de lo que pasa. Todos queremos huir de ese escenario, pero por desgracia, con la edad, nos acercamos peligrosamente a que eso suceda y cada vez más se presenta a nuestro alrededor. 

Hay otras formas inevitables de la muerte que sorprenden a los demás. Sobretodo los accidentes de tráfico, el ser atropellado. Hay otros todavía más impactantes: un avionazo, estar en un lugar donde explota una bomba o cualquier atentado terrorista en tierras lejanas. Y claro, los accidentes de otra índole frutos de la temeridad mal medida de la edad: se mató en el parapente con un cerro, se estrelló en la moto en la carretera y cosas por el estilo. 

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Pero hay que replantearse la pregunta: de poder escoger una manera de no morir ¿cuál escogería uno? No está fácil. Desde hace algunos años me ronda esta preocupación y no atino a tener claridad. Sin embargo, hay algo que me atemoriza: tener una muerte ridícula. Que los demás digan: “no mames, cómo pudo ser”; ¿”te cae que así murió”? ;“mmmta qué mala suerte, y le fue a tocar a él que tanto cuidaba su sentido del ridículo”; “cómo crees que así murió. Qué pinche oso, tanto que le preocupaba el qué dirán”. 

Así que de pronto imagino algún tipo de muerte que deje esa dura impresión que puede ir de la incredulidad y el pasmo a la risa loca. El otro día me comentaron de alguien que se mató porque abrió muy fuerte una ventana y, literal, salió volando y se murió. Explicar eso es más complicado. Uno se pone a pensar qué tipo de ventana era, por cuáles de las ventanas de la casa u oficina cabe uno, cuáles se abren de golpe y termina decidiendo que no volverá a abrir ninguna pinche ventana que no esté en la planta baja. Este tipo de muertes siempre se prestan a la sospecha “¿Y no será que se aventó? Digo, quien se cae abriendo una ventana. Además, extrañaba mucho a su mamá, parece que no lo superó”. La gente habla, siempre habla.

Hace poco me enteré de otra persona que murió porque estaba brincando a su oficina, o de su oficina, porque no tenía llaves y entonces cayó y se murió. ¿Qué decir ante esto? Pues “mala suerte”, dicen quienes no quieren decir algo que los comprometa ante los parientes. Pero en realidad uno piensa qué tiene qué pasar para que uno intente saltar de la oficina ¿había malas condiciones laborales, debía la nómina? Otros preguntarán si era la posada de la oficina o si lo cacharon en la maroma y quería brincar y otros, que nunca faltan dirán: 

– Seguramente se mató. Creo que debía el crédito hipotecario.

– Algo así pasó, además creo que su esposa compró un karaoke y eso le desató una crisis. 

– Eso explica muchas cosas – sentenciará otro con cara compungida-.

Como esa idea brinca con las muertes de las que uno se va a enterando, he pensado en ciertas formas de morir que me parecen de lo mas desagradables. Por ejemplo:

 Morir en una peluquería. Un oso realmente notable. Lleno de pelos en la cara, con una sábana moteada encima y generando un desmadre a la clientela y al peluquero. Además de la afectación que puede llevarse el peluquero – “ahí matan mientras te cortan el pelo”, la gente habla, ya se sabe-, las amistades de uno empezarían: “y ese wey a qué iba a la peluquería”;  “pinche codo, no le alcanzaba para la estética…en una peluquería, un final trágico sin duda”; “siempre llamando la atención, queriendo figurar hasta en la peluquería, así fue toda su vida”. 

Haciendo deporte. Sería una muerte paradójica: filtrarse cuando una hace lo propio para estar en buena salud. Eso indicaría la constante contradicción que fue la vida de uno: la búsqueda de algo culminó en otra cosa completamente opuesta. Y ya se imaginarán los comentarios de los conocidos: “bueno, y este qué se sentía, ironman o qué chingados, le dije que a su edad casi cualquier actividad era extrema, qué necio”; “¿y a quién le quería demostrar que esta saludable? Siempre luchando contra su edad, no la aceptaba ¿qué iba a lograr con el ejercicio de esa manera? Pues morirse”; “aparte las pedas que se ponía, verdaderamente de cilindrero, de nevero de carrito, y además deporte pues no se puede, o una u otra”; ”Este ya está como el gobierno: hasta lo que hace bien, le sale mal”.

Morir aplastado. Desde las caricaturas en que veíamos a unpersonaje la que le caía un piano en la cabeza sabíamos que existía esa posibilidad. Ya mayor se da uno cuenta que la mala suerte tiene caminos recónditos e insospechados y que hay gente que se cae en una coladera y desaparece. Pero imaginar que pasas, por decir algo, al lado de una construcción y te cae un saco de cemento que te deja embarrado en la banqueta es una terrible posibilidad. Los comentarios serían demoledores: “pobre, qué mala suerte tenía, me cae”; “Sí, nunca dio una, todo le salía mal: la mujer lo dejó, los hijos votaron por el Peje, y le acababan de robar el coche por eso iba caminando”; “Pues la verdad lo único destacado de su vida fue su muerte, nadie se muere como se murió él”.

Es claro que no sabemos qué se dirá de nosotros y de nuestra muerte en nuestro sepelio y que quizá sea lo último que desearíamos presenciar antes de subir al reino de los cielos o bajar directamente a las profundidades del averno, apenados por nuestra ridícula forma de dejar este valle de lágrimas”. 

@juanizavala

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