La risa en vacaciones: la saga de la degradación

La risa en vacaciones
Foto: Twitter Juan Carlos Martínez

Profesor Doval

Debemos admitir que en esta gran nación, que es Méjico, no sabemos contar historias. Al mismo tiempo, también carecemos de sentido del humor. Ello encuentra su causa, como todas nuestras desgracias, en el mestizaje. Ofrezco dos ejemplos de ello: 1) las novelas de Carlos Fuentes y 2) los albures.

Un caso más concreto de nuestra incapacidad para la narración y nuestra tendencia a la solemnidad es La risa en vacaciones, la famosa franquicia de ocho entregas que en 2020 cumple 30 años de haberse estrenado. En 1990, la estancia en cartelera de la primera parte de la mítica serie se prolongó durante casi cuatro meses. En ese año, también ese estrenaron La tarea, de Jaime Humberto Hermosillo, y Sólo con tu pareja, de Alfonso Cuarón, cuya recaudación en taquilla fue irrisoria comparada con lo que se embolsaron los productores del clásico protagonizado por Pablo, Pedro y Paco.

La saga de las vacaciones condicionó a mi generación. Quienes la vimos una y otra vez en Televisa no podemos dejar de pensar en Acapulco apenas escuchar la primera estrofa del Pasito tuntún. «Si bailas de aquí pallá» es sinónimo de ridículo y humillación fingidos.

Quizá en ello radique el golpe de gracia de la serie: la impostura de la sorpresa. Los programas de candid camera eran ya una tradición en la televisión de Estados Unidos cuando la videocámara irrumpió en una sociedad acostumbrada al chiste fácil y poco sofisticado. Entre 1980 y 1990, los televidentes empezaron a protagonizar esos programas de bromas a desconocidos y alimentaban de contenido la parrilla de varias cadenas. Todo ahí era verdad: el engaño era legítimo, las caídas eran dolorosas, el miedo era real.

Lo que hizo Cardona Júnior fue copiar el exitoso formato gringo y adaptarlo a la pupila y a la psiqué mejicanas. Así, llevó a la pantalla bromas absurdas, cuya sorpresa era evidentemente artificial. Todos los involucrados sabían que una cámara de cine los filmaba. Incluso, había guiones más o menos improvisados. Los cameos de la furtiva lente serían la secuencia más memorable. Con cara de pícaro, el camarógrafo mira al espectador y genera una complicidad incomprensible.

Además, el cineasta eligió para su reparto de horror a tres señores en clara decadencia, que se prestaron al patíbulo actoral en la saga más rentable de Televicine.

El ciego que golpea con su bastón a los turistas, el viandante trajeado de lentes oscuros que persigue gente en los parques del DF, un espía en baños públicos, escenas dantescas salpicadas con la supuesta planeación de las secuencias.

Por supuesto, la degradación no estaría completa sin el siempre injustificado desfile de mujeres semidesnudas, a las que en las últimas entregas de la saga se sumaron estrellas del burlesque nacional en el ocaso: Lina Santos, Imperio Vargas y Patricia Álvarez. A la pléyade del horror, también en las postrimerías de la franquicia, se agregaron Maribel Fernández la Pelangocha y Tachito, el patiño japonés descubierto por Jorge Ortiz de Pinedo.

El criterio argumental recayó siempre en la arbitrariedad. Verbi gratia, un cocodrilo que ruge y atemoriza a los vacacionistas y personal de un hotel en Acapulco (7) o una combi que se llena de humo a mitad de la calle (8). A pesar de ello, La risa en vacaciones es susceptible de leerse como un documental.

La serie retrata la idiosincrasia mejicana, ambientada en espacios irrepetibles, en medio de una candidez simulada. Por ejemplo, cuando Pablo finge ser un minusválido en silla de ruedas que pide a los incautos que lo suban hasta la entrada del mausoleo a Obregón en la Bombilla. Esa escena de la segunda entrega es memorable porque resume la identidad nacional. El actor ruega a los paseantes que lo ayuden, estos acceden y empiezan a subir al histrión con la silla a cuestas por la escalinata. Pero toda la secuencia es mentira. Hay dos cortes para que entre en acción un doble, porque los samaritanos no pueden cargar al presunto lisiado, quien se despeña escaleras abajo. La espontaneidad calculada es el signo de Méjico y La risa en vacaciones atinó a describirla.

Además, retrató fielmente nuestra necesidad de imponernos al prójimo y hacerle ver quién es su padre. Como apunta en su Fenomenología del relajo: «El individuo que chotea a otro se erige a sí mismo en valor; en el fondo existe en él una voluntad de mostrar su superioridad frente al otro, en un juego de ingenio que es esencial esa forma de acción de burla».

Por si fuera poco, la franquicia ha sido la más rentable en la historia fílmica mejicana. Quizá valga la pena dedicarle unas horas de sus vacaciones. Vaya y atrévase a mirarse al espejo.

@ProfesorDoval

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