La voz es el marcapasos del alma

La voz es el marcapasos del alma
Foto: bruce mars on Unsplash

“El resultado de la alquimia entre el cuerpo y
el pensamiento es la voz humana…
y está marcada por las cicatrices de la vida”
Jean Arbitol

Cantar a solas es algo así como recortarse del mundo. Es una expresión de vitalidad y alegría. Es como susurrar canciones al oído de alguien, pero dirigido a uno mismo. Muchas veces es un acto del que uno no se da cuenta. Es un curioso placer encontrar alguien que canta por lo bajito, como si lo hubiéramos captado infraganti, es la sensación de que el canto se le sale del cuerpo. Incluso escuchar a alguien cantar y seguir esa voz —no tanto por su belleza sino por la vitalidad que implica— es una escena recurrente en la literatura.

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Por supuesto, está el arte del canto, el cual requiere estudio y práctica, pero me refiero más a ese gesto espontáneo que emerge del pecho y sale para cantar a capela, seguir una canción o inventar algo que tararear, sin importar si se es afinado o no, porque uno canta primero para uno mismo y después con otros o para otros. Tampoco se requiere saber una letra completa, para eso está el lenguaje que inventa versos, frases que rimen o emitir sonidos inteligibles. Porque cantar es un puente entre uno mismo y el mundo. Es estar adentro y afuera al mismo tiempo.

En México nos gusta mucho cantar. Cantamos en fiestas, a veces traemos grupos o mariachis, improvisamos karaokes; de niños cantamos en el coche para que los trayectos de carretera se sintieran menos largos. En la primaria se aprenden canciones para que en los festivales escolares y de cierre de curso siempre participe una canción. Cantamos para pegarle a la piñata, cantamos en un estadio, cantamos para las posadas, cantamos en la base de un ángel, cantamos el himno. Se canta en los bares y se canta en las borracheras.

Las cosas siempre cambian, pero a partir de marzo hubo un cambio dramático en hábitos y costumbres, y uno de ellos —casi imperceptible— es cómo y cuándo cantamos.

En una encuesta se les preguntó si cantaban más o menos partir de la pandemia y las respuestas fueron: 25% canta igual, 26% canta más, 35% canta menos y 19% nunca canta.

Es un cambio tan sutil que para muchos pasó casi desapercibido, algunos no habían notado ni siquiera que habían dejado de cantar. Las razones pueden ser varias. Algunos perdieron los traslados en auto en los que muchos cantaban. Otros pararon porque lo hacían en los espacios en casa pero que ahora se encuentran ocupados por otros habitantes de la casa que toman clases o trabajan, por lo tanto, se perdió esa intimidad que exige cantar en solitario. Otros porque encuentran una tristeza profunda y la voz se quiebra al cantar. O simplemente la voz como expresión de la energía se fue. La energía está enfocada en la sobrevivencia, atenta en cómo cuidarse o cuidar a los propios.

Aunque también para otros el confinamiento permitió parar el mundo, un mundo vertiginoso y un estilo de vida voraz de actividades y ahí recuperar esos espacios para detenerse y cantar. El confinamiento nos cambió a todos, solo que la forma en que nos trocó es muy diferente.

Muchas veces en ese canto se producen lapsus muy reveladores. Por ejemplo, hay personas que siempre se equivocan de la misma manera en una canción cambiando un “te” por un “me”, como si se apropiaran de esa letra que solo creen dejar pasar. Los lapsus siempre cuentan algo, sobre todo para los que están atentos a ellos. Es interesante fijarse en cómo uno se equivoca.

El deseo que tengo para todos, en estos tiempos, es que cada uno encuentre el espacio la energía o el tiempo para cantar o algo que sea su equivalente. Ese lugar donde el cuerpo y una parte de la mente se unen. Un lugar donde no se piensa, y si se piensa es desde el cuerpo pero jamás de la mente. No dejemos que este año se robe esas ganas de cantar. Aunque sea bajito y para uno mismo. Porque cantar es parte de la llama interna. La voz es el marcapasos del alma.

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