Las cinco “pe’s”

Foto: Sven Mieke on Unsplash

Se llamaba Leonor, aunque en sintonía con su personalidad y ojos verdes mi abuelo le decía “Leona”. Jugando con el apellido Maldonado, ella inventó una apócope para llamarlo “Maldito”, queriendo aparentar con el supuesto diminutivo una intención cariñosa y no las ganas de joder que realmente había detrás. Mi abuela paterna era una mujer especialmente simpática. Ladilla como pocas personas he conocido y con un manejo magistral del sarcasmo. Lo que podamos tener de semejantes atributos sus descendientes se lo debemos a ella y a mi padre, quien “no comía piñas”.

Por cosas más del abuelo que de ella, la convivencia con las nietas fue mucho más frecuente e intensa que la que tuvieron con nosotros los hombres. Con ellas llegaron a viajar en varias ocasiones en el país y el extranjero, siendo común que se quedaran a dormir en su casa enclavada en la Anzures. Mi padre les construyó un pequeño bungalow en la casa de Cuernavaca, lo que dio ocasión para que nos reuniéramos frecuentemente con ellos los fines de semana…. bueno, cuando menos hasta que llegamos a la edad en la que solo íbamos a esa casa de descanso si lo hacíamos acompañados de amigos y con mayor probabilidad si mis padres no iban por alguna otra actividad o como mera variación a la rutina. Mi hermano Carlos no tenía que esperar a que mis papás anunciaran que no irían a la Ciudad de la Eterna Primavera para lanzarse con sus amigos a disfrutar de inmerecidos descansos, pues a escondidas se hizo de un duplicado de las llaves y se largaba entre semana con sus amigos preparatorianos; cuando menos así lo hizo hasta que el jardinero cometió una indiscreción y lo balconeó frente a mi papá, quien rápidamente montó el correspondiente operativo de decomiso.

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Sin que mediara un motivo especial, fui a visitar a mis abuelos un domingo en el que permanecieron en la Ciudad. Tenía cierta prisa por verlos para llegar a tiempo después a una comida concertada con amigos. Mi abuela apareció rápido en el jardín, pero Maldito tardó horrores en salir, en consistencia con el excesivo tiempo que regularmente tomaba para “arreglarse”, máxime si lo que le esperaba después era ir a misa y posteriormente al restaurante que seleccionara la Leona. Aun así lo esperé. Finalmente apareció radiante, con un traje gris obscuro con sutiles rayas blancas, y con ese reloj de cadena que tanto me llamaba la atención. Platiqué con ellos, los videograbé y luego los encaminé hacia la iglesia a la que acudían regularmente, a solo dos calles de distancia. Yo me enteré hasta la noche en que regresé a mi casa. Estando en misa, bien sentado y muy atento a las palabras del sacerdote, repentinamente mi abuelo emitió un apretado gemido de dolor para luego quedar muerto de manera fulminante sobre la banca.

Aunque la manera de morir de Maldito fue inmejorable, con todas las salvedades del término, la abuela nunca valoró en su justa dimensión ni la rapidez, ni el lugar, ni las circunstancias en que concluyó sus días su marido por más de 60 años, con quien auténticamente recorrió el mundo entero, pues viajar era lo que más gozaba ese par. Leona siguió con su tradicional sarcasmo y rapidez de mente, pero ahora acompañada de recurrentes momentos de tristeza. Más que entendible que esto ocurriera y se prolongara hasta que le tocó partir, no mucho tiempo después en que lo hizo su pareja de vida.

En su último tramo, incrementó sus visitas a esa misma iglesia. Seguramente, junto a la intención de expresar su religión había el propósito de visitar ese último sitio compartido con el abuelo. Teniendo en mente que yo había videograbado a Maldito una hora antes de su muerte, cada vez que la visitaba me pedía ver ese video, queriendo descubrir tal vez alguna señal que anticipara su partida. Con el pretexto de “¿para qué revivir esas últimas escenas?” jamás le mostré el video, lo que rápido me pareció una estupidez de mi parte, agravada porque como tantas cosas ya luego no supe ni dónde quedó ese cartucho Betacam.

En una ocasión que regresaba de misa, me topé con la abuela a la entrada de la casa. Tras preguntarle de dónde venía, en broma le dije que esperaba que realmente fuera de la iglesia de donde estuviera volviendo y no que algún galán la hubiera dejado en la esquina tras haberse ido toda la mañana con él a algún SPA. Sonrió ante mi comentario, tras lo cual tuvimos el siguiente diálogo: − Pero ¿cómo vas a pensar algo así Javo?− Qué se me hace abuela que ya agarraste tu segundo aire.− En verdad que vengo de la Iglesia, ¿qué no ves que ya tengo la edad de las cinco Pe’s?− Ah caray abuela, ¿y cuál es esa?− Pues en la que ya eres Pelona, Panzona, Pedorra, Pendeja y Piadosa.

Como era de esperarse solté la carcajada, en buena medida por no haber escuchado antes a la abuela decir groserías, como tampoco las escuché jamás de Maldito, quien entre muchas cosas se caracterizaba por ser sumamente propio. La risa también la provocó la gran verdad de sus palabras, pues sin duda esos cinco calificativos definen algunas características de los adultos en plenitud. 

Aunque mis amigos están igual que yo en un rango de edad que los coloca aún a cierta distancia de la vejez, muchos de ellos de tiempo atrás cumplen con todas las “pes” a la perfección. Basta leer sus mensajes en los chats; ¡¡se han vuelto de un piadosos!!. A veces no sé si hablo con los mismos amigos o con las compañeras de oración de mi madre en el Altillo, sede de la orden del Espíritu Santo. Lo que hay que aguantar de estos pelones, panzones y pendejos, que desde niños los recuerdo bien pedorros.

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