Lenguaje generacional

Emojis
Foto: Gordon Johnson en Pixabay

El lenguaje que utilizamos refleja mucho de lo que somos, de la edad que tenemos, del grupo social al que pertenecemos, de la actividad profesional que desarrollamos y hasta de lo que quisiéramos ser o aparentar, pero no somos. El lenguaje está íntimamente relacionado con cada generación; la dibuja, la caracteriza, la describe en cuanto a sus valores y prioridades.

El pragmatismo de los Millennials (Generación “Y”) se refleja en innumerables abreviaciones, inventados apócopes, aféresis y síncopas, así como por los límites de extensión que impone la urbanidad y buenos modales que rigen entre los pertenecientes a este grupo. Un texto de más de tres renglones está condenado a no ser leído por dicha generación y mucho menos por la que le precede, que son los Centennials o de la “Z”, cuyo nacimiento se ubica entre finales de los 90´s y mediados de la década de 2000. Toparse con un texto con tantos caracteres, les arrancará esa expresión que pido prestada a Manuel y que tanta gracia me hace: “eso no lo lee ni un reo”.

La tecnología se alía con todos ellos, proporcionándoles signos e imágenes que al incluirlos en sus relampagueantes narrativas les ayudan a sintetizar emociones, sentencias y posturas que de otra manera hubieran requerido de muchas letras y de mucho tiempo. Una escritura que se asemeja a la ideográfica de las culturas orientales se mezcla con la que usan los hijos de mi entrañable Generación Baby Boomer (nacidos entre 1946 y 1965) o de la Generación “X”, nacidos entre las postrimerías de los 60´s y principios de los 80´s.

En buena parte por el lenguaje no es fácil infiltrarse en una generación distinta a la propia, como sí lo sería en esa convencional clasificación generacional que literariamente hiciera Javier Marías, explicada en las aulas de la Ibero por el extraordinario Paco Prieto. En un arranque de preocupación e interés en mi imagen, el menor de mis hijos me hizo privadas observaciones a fin de que tuviera un mejor desempeño en ese chat familiar intergeneracional, que mezcla hermanos, hijos, sobrinos y nueras. Entre las varias recomendaciones que recuerdo destaca aquella de: “Pá, no pongas caritas con risas, eso es muy gey”. Obviamente, a partir de entonces recurro a la onomatopeya “jajajaja” y me muestro como un experto en comunicación Centennial ante mis amigos, a quienes les hago la misma observación, sin que muestren ninguna intención por hacerme caso…. al fin que mandar carretadas de imágenes de mujeres con poca o ninguna ropa no demanda de grandes textos, ni para los que las mandan, ni para los que las reciben, quienes si tienen ánimo solo pondrán unas manitas aplaudiendo (le preguntaré a Juli si eso es correcto, o deben poner “clap, clap, clap”).

Los límites de extensión que impone un reporte laboral o una colaboración como esta serán atendidos con facilidad o no según nuestra generación. Pedirme que no me exceda de dos cuartillas, mentalmente comienza a angustiarme pues sé que tendré que meter mucha tijera tras que haya expresado todos los datos o ideas que pretendo. ¿Y cómo podría ser distinto cuando soy de los que saluda por nombre en el WhatsApp, reviso que esté bien redactado el mensaje, que exista eufonía en su lectura, que no contenga ninguna pifia ortográfica o tipográfica, y solo después de 5 minutos de minuciosas revisiones le pongo “enviar” a esa comunicación que lo único que dice realmente es que confirmo mi asistencia a la comida del día siguiente?

El mismo agobio pero en sentido contrario experimentarían mis hijos (excepción del abogado) si les pidiera un ensayo alrededor del Werther de Goethe, quienes sudarían para utilizar más de media página, lo que en absoluto equivale a decir que carecen de ideas. Solo pasa que son de una generación extremadamente lacónica al momento de expresarse, sobre todo en forma escrita. Así son ellos, pues (insértese aquí una imagen de muñequita colocada de frente, con la cabeza inclinada y los brazos y palmas extendidos).

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