Limpieza de recuerdos

Archivo
Foto: Даниил Некрасов en Pixabay

La necesidad de encontrar la factura de una camioneta me llevó a planear el pasado fin de semana su búsqueda, organizándolo de este modo para aprovechar que no tendría en esos dos días ningún compromiso social ni profesional, ni tampoco ningún hijo al cual disfrutar y atender. No conté con que tras “quitarle el tapón” a su madre, a mi hija me la despacharon de regreso a primera hora de ese domingo frío y húmedo, estando la “bendición” antes de las 9 de la mañana de nueva cuenta en casa, en una estampa que me hizo evocar al Hijo Pródigo, de Rembrandt.

Por diversos motivos había tenido que recurrir en los últimos meses con excesiva frecuencia a esa gran caja de plástico que compra uno como archivero, confirmando en cada visita que no podía pasar mucho tiempo más sin que le diera una buena arreglada. Teniendo todo dispuesto y al alcance, me enfrasqué en la tarea de ordenamiento con una concentración tibetana. La factura la encontré pronto, al lado de responsivas que corresponden a la compra-venta de casi todos los autos y motocicletas que han pasado por mis manos, incluidos algunos que formaron parte de mi patrimonio hace más de 30 años y que podría jurar que por su antigüedad hace tiempo alguien ya los transformó en anafres o comales. Ya ni me acuerdo cómo eran los diseños de ese Dart K, Topaz o Tracker a que se refieren los formatos para el pago de tenencias emitidas por el otrora Departamento del Distrito Federal que estaban bien acomodadas en su sección, esperando a que yo se los entregue a los “nuevos dueños”hasta tres décadas después, en el remoto caso que me tope con ellos y consiga recordar de quiénes se trata.

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Si bien desde hace tiempo estoy consciente que tengo perdidos mi título profesional y los de los estudios que hice después de la universidad, confirmé que en esa caja rebosante hay fotocopias suficientes de tales documentos, descubriendo que están bien acompañadas de las calificaciones originales relacionadas con tres grados de primaria, uno de secundaria y dos de preparatoria, las que estoy comenzando a dudar que alguien me las pida próximamente para algún trámite. Aún así las puse a la mano para reforzar mi calidad moral a la hora que deba reprender por alguna mala calificación a alguno de mis dos hijos que continúan como estudiantes (para cualquier duda sobre cuál de ellos podría caer en el supuesto, sugiero releer el primer párrafo). En un nivel diferente, mantuve el diploma que acredita mi salto en paracaídas y ni qué decir de mi curso de buceo.

También encontré el Reglamento de Socios del Club Asturiano, en el que estuve inscrito no más de cuatro años hacia finales de los 90’s con el único propósito que mis hijos mayores extendieran de la escuela al club la práctica del futbol. Únicamente en dos ocasiones hice realmente uso de las instalaciones, concentrándome en ocupar un buen lugar en las tribunas de los campos en los que mis hijos disputaban el triunfo de sus equipos lo mismo los sábados que los domingos. Mi hermana Lorena se dice sorprendida por la manera como he mutado de blanco a negro (yo prefiero reconocerme como “apiñonado”), en un proceso contrario al de Michael Jackson, pero un ejercicio que sume las horas en que he estado expuesto a los rayos del astro rey por más de diez años de ver los entrenamientos y juegos de los mayores, más otros siete de hacer lo mismo con los del menor y su futbol americano, ayudan a construir una línea de investigación. Junto al cambio de tez el sol ha hecho su parte en el remarcaje de mis líneas de expresión, lo que me coloca en posición de ser confundido con algún miembro del gabinete, lo que realmente no me importaría.

Total, que tras unas ocho horas de esforzado trabajo conseguí regresar a mi archivo a su época de oro. El piso quedó atestado de papeles inservibles por lo caducos e innecesarios que ya resultaban, en espera de su reciclaje. Antes de romperlos en varias partes y meterlos en un enorme bote, hice una última revisión para no cometer un error fatal por el cual me pudiera estar deshaciendo, por ejemplo, de la nota que ampara la compra que hice hace tres años en Liverpool de ese celular que no encuentro desde hace dos.

No tengo duda que ni los papeles que abandonaron la enorme caja ni los que se mantuvieron en ella hubieran sido del interés de Julian Assange y Wikileaks, ni hubieran rivalizado en espectacularidad con los “Panama Papers”. Sin embargo, revisarlos y reordenarlos derivó para mí en un gran estímulo para la recreación de momentos memorables de felicidad, unos idos y otros vigentes. Cada fólder contenía elementos que me ayudaron a reconstruir un pasaje relevante de mi existencia. En ese archivo jamás he agregado un papel que guarde relación con un momento triste y complicado de mi vida, o forme parte de una cotidianeidad en la que en ocasiones irremediablemente te topas con problemas. No obstante que jurídicamente muchos de esos papeles convendría tenerlos localizables, he preferido en su oportunidad tirarlos o dejar que se pierdan en los clósets o bodega de la casa. En el archivo del que he hablado, solo guardo papeles vinculados con algo positivo, del mismo modo que jamás conservo un mensaje o correo que tenga algún ingrediente que me lastime o hiera a los que quiero.

El próximo domingo tengo planeado acomodar mi ropa, lo que en realidad no debiera tener que hacer si mi querida Susana, quien tanto me ayuda diariamente en las labores propias del hogar, siguiera las indicaciones pegadas en las puertas, en donde se explica el orden de colores y tipos de tela de las distintas prendas. Siguiendo el mismo ejercicio que con mi archivo, estoy seguro que aun reconociendo su inutilidad actual conservaré gran parte de esos pantalones que me evocan la felicidad de que gozaba cuando era un figurín de cintura 29 o 30.

Solo hay que conservar lo bueno, lo que nos vincule con buenos episodios. Lo que vaya en otro sentido, desafortunadamente de alguna forma ha pasado a incorporarse en nosotros. Ni para qué guardar más pruebas.

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