Lo que callamos las muchachas

Brassieres
Foto: Pablo Heimplatz on Unsplash

A mí siempre me ha gustado pisar dos mundos, embarrarme de contraste. Puedo ser extraordinariamente fresa y selectiva, pero disfrutar como enana un antro arrabalero.

Me gusta convivir con personalidades y visiones de mundo radicalmente opuestas. En veces me uno a un bando, en veces al otro, y también pasa que el corto circuito que me produce el contraste hace que me quede como el chinito, solo milando.

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En cuestiones de chichis estoy entre dos bandos. Por un lado tengo mujeres a mi alrededor que son gluten free, fit, chichi dura después de los 40 producto de una dosis de silición, que jamás se intimidan con ningún tipo de brassiere, blusa, traje de baño o situación que involucre desnudo. Y digo, confianza, nunca sobra.

Luego tengo a las libres, un poco hippiescas, que no importa el tamaño o condición de sus muchachonas, se rehúsan a entrar al modelo consumista, plástico, machista y las aceptan como sea que sean. Su actitud ante la vida es muy estoesloquehay y me gusta.

En ese tema, he estado como el chinito, solo recibiendo las descargas de mis cortos. A veces pienso ¿cuándo te van a interesar tritimil pesos tus chichis? Y es que siempre se me antepone algo que me parece más interesante, productivo, provocador de felicidad… hasta la siguiente vez que veo mi penosa realidad.

Luego tenemos los argumentos de vida. ¿Y si te mueres en la operación? Lindo cadáver con sus chichis bien puestas. Pero me contesto, ¿cuántas conoces que se han muerto? Hasta ahora ninguna de carne y hueso, todas las fallecidas son primas de la amiga de la vecina. Y en cambio ¿cuántas conoces que andan vivitas, coleando y firmes?

Y para rematar está la opinión masculina. Los hay quienes dicen preferir la sensación natural, que les da cosita tocar silicón. Y en la contraparte los que argumentan que aunque la sensación no es la mejor, la vista exótica sale ganona. 

Hombres, disculparán, pero aquí su opinión no es tan importante, porque creo que a estas maduras edades, en primer lugar una lo hace por una, y luego… por las demás mujeres. Y siendo completamente honestos, a la hora de la verdad, nunca nadie dijo ¡te me vas a la chingada con tus chichis de silicón, no puedo seguir, me matas la pasión! Y tampoco he sabido de nadie del club de las chichis de calcetín a quién se le haya negado algún cuerpecito argumentando desgano ante la aguadez.

A estas alturas del partido, tengo una relación de amor odio con los brassieres. Una de dos, o me pican, aprietan y sofocan pero ayudan a mi anatomía o me acarician y se sienten como pantuflas pero caen en lo que mi mamá diría no es ropa que debas traer, qué tal que un día acabas en la ambulancia con esas garras…

Hasta que tenga mi respuesta clara, seguiré navegando entre las dos aguas y disfrutando mi momento feliz del día, ese en que me quito el brassiere, y les digo ¡sean libres del yugo muchachas, mañana las volvemos a enjaular para enfrentar al mundo!

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