Lo que el Uber se llevó

Taxi
Foto: Twitter Juan carlos

Profesor Doval

 

 

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo
a la vida? ¿Qué es lo que hace un taxista
construyendo una herida?
Ricardo Arjona

 

En 1995 conocí a un cazador de talento artístico; una especie de visor musical. Este señor me contó que trabajó durante años codo a codo con Raúl Velasco y que con él descubrió a genios de la escena como Sergio Fachelli, Óscar Athié o Amanda Miguel. También me contó la infinita cercanía que guardaba con el señor Velasco, quien le confiaba secretos pudendos y consultaba decisiones de relevancia. Este rey Midas del showbiz era el taxista que en esos días neoliberales me llevaba en un vocho a Lomas Verdes.

En otra oportunidad, me topé con un empresario de la industria metalúrgica, a quien un socio –no diré nombres– le hizo una tropelía indecible en plena crisis del 82. Desde esa trastada estaba atado al volante del Tsuru que ahora me conducía a la Portales, donde había quedado de verme con unos cuates para comer pancita. Este industrial minero venido a menos me contó que su socio maldito no sólo le robó su parte de la compañía, sino que además le birló a su mujer con todo e hijos. «Menos mal», pensé mientras le estiré la mano con un billete de 20 pesos.

Hoy extinto, el taxista químicamente puro aglutinaba en su cabeza historias e histerias. Su fantasía no conocía límites y la prolongada soledad del auto lo hacía dueño de una locuacidad rayana en la tortura.

Lamentablemente, el sucedáneo carece de esa mente voraz que lo mismo sabía de arte sacro que de fontanería. El chofer de uber suele ser un milleniañ estúpido –valga la redundancia– que lleva en la calle dos meses y depende del teléfono hasta para ir al baño. Me aterra poner mi vida en manos de un atarantado que con trabajos sabe hablar y que todo nos pregunta: que si sigue las indicaciones del teléfono, que si está bien el aire, que si la música, que si tu rechingada madre.

A diferencia de estos homínidos prelingüísticos, un taxista lo sabía todo. Por ejemplo, de la política. Por supuesto, era una sabiduría empírica, aprendida en la trinchera de la grilla. El taxista protagonizó un sinfín de batallas decisivas en la vida pública de esta gran nación. Un día conocí a un ex asesor de José Córdoba Montoya, quien había sido interlocutor en no sé cuántos encuentros clandestinos con burócratas rusos y a quien «Chema» –como él le decía– le pidió refugiarse en el anonimato a cambio de una jugosa mesada que le seguía cayendo en una cuenta secreta. «Yo le hago al taxi porque no puedo estar en la casa sin hacer nada, joven. Pero, no tengo necesidad».

Sin embargo, la ciencia del taxista que más apantallaba al usuario era la geográfica. El taxista era un cartógrafo de esos de astrolabio, imponente ante la hostil vastedad del DF. Cada vocho y Tsuru era capitaneado por un Magallanes chilango, que con su amplísima visión delimitaba la inmensidad del mar de asfalto.

Al abordar el taxi uno estaba emprendiendo una travesía digna de ser narrada por Melville. A partir de ese momento, con las velas izadas, no importarían los monstruos por venir. Ahab nos llevaría a buen puerto y nosotros seríamos el Ismael que contaría la historia. Si uno sugería una ruta, el navegante de alquiler respondía amablemente: «No, joven; ¿cómo que por eje central? Orita están bacheando. Se ve que no va mucho por ahí, ¿verdad?». Si uno osaba recomendar una vía alterna, zanjaba: «Uy, joven; esa calle cambió de sentido hace como dos meses». Y, si la insistencia era atrevida, el taxista soltaba: «A ver, joven, con todo respeto, no sea pendejo».

A diferencia de esta panda de limítrofes racionales que son los escuincles de uber, el taxista extinto era también psicoanalista. Durante los prologados trayectos de Perisur a Polanco, los amos del volante se convertían en maestros del diván. Un día, a penas le indiqué a dónde íbamos, el chofer carraspeó y me pregunto: «¿todo bien, joven?». Una mujer acababa de romperme el corazón. Lo eludí con un balbuceo. Él insistió. «Va a pasar, joven. Mire, si me lo permite, lo más importante es hablar; si quiere, platicamos. Total, tráfico, hay». Y me solté como hilo de media.

@ProfesorDoval

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