Los cómplices

Los complices
Foto: Jerry Zhang on Unsplash

En la vida requerimos reflexiones que no siempre son agradables. Es un ejercicio humano para observar y observarse con la mayor honestidad posible. Éste es el caso actual, es nuestra responsabilidad hacerlo porque si no lo hacemos, nos podemos convertir en aquello de lo que estamos rehuyendo. Al no reflexionar, al negarnos a observarnos honestamente corremos el riesgo de convertirnos en cómplices. Esta complicidad oscura es un tema tan extenso que es imposible abarcarlo en este texto. No pretendo agotarlo, sino simplemente ponerlo en la mesa para generar discusión y poner a nuestro alcance una panorámica de eso que contribuye al caos, a la falta de orden.

La complicidad pareciera estar reservada como concepto jurídico, pensando en tribunales como la confirmación de la culpabilidad. Sin embargo, es una acción que se encuentra extendida en muchos campos, de la cual nunca hemos hablado lo suficientemente. Mi propuesta es nombrarla, denunciarla con la esperanza de que pronunciarla pueda comenzar a ponerle un límite en tanto que se hace consciente. Nombrar para dejar de encubrir.

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La palabra cómplice proviene de la raíz latina complex, complicis, puede ser algo que está enlazado pero que  también puede tener la calidad de tortuoso. Como prácticamente todas las palabras tiene una doble vertiente, puede ser utilizada desde un lugar amoroso, pero la palabra tiene una sombra muy grande. Casi siniestra. Ante una decisión que puede ser compleja, suele producirse la simplicidad del silencio, como si eso hiciese que las cosas no pasaran. Así, hablar de complicidad es indispensable porque los cómplices son la masa crítica que requiere lo malo para hacer daño.

Por ejemplo, en el caso de la violencia escolar el niño “bully” requiere de la complicidad de otros niños para obtener fuerza. Son aquellos testigos silenciosos que no defienden, que no denuncian, que observan atemorizados y renuncian a la empatía incluso animando a que arrecie la violencia a la víctima.

Un caso muy doloroso de la complicidad también consiste en entender y saber algo que daña a otros y no denunciarlo. Es el caso del abuso sexual, especialmente a menores; existen muchos casos en los que familiares saben o sospechan que puede existir un abusador dentro del núcleo; sin embargo, esta certeza les resulta tan dolorosa que optan por el silencio, como si ignorar los signos o las acusaciones de las víctimas evitara que fuese real. Porque pensar duele, bien dice el psicoanalista británico Wilfred Bion: pensar la verdad, lo que no nos gusta del entorno o de uno mismo duele. En este caso es aún más grave porque el depredador se crece ante el silencio cómplice.

En otras ocasiones se extravía para no hacer cumplir la ley, perdiendo expedientes o armándolos de manera deficiente para que sean improcedentes. Todos los que orquestan la mala administración son cómplices. A mayor cantidad de actos e infracciones pareciera que el silencio crece, una especie de mutismo endémico.

Sucede los mismo en los casos de abuso por parte de autoridades religiosas, en los centros de trabajo y, por supuesto, en la política. Éste último es un caso complejo porque la complicidad lleva a silenciar la propia voz de aquello que sería justicia. Cuando sabes que el líder o el partido en el que militas o en el que crees está cometiendo fechorías, pero prefieres obviarlas en pos de defender lo que consideras una causa mayor. Cuando en realidad se trata de complicidad con el poder y traición a los propios principios.

Así, entonces, el silencio valida, permite que el abuso físico, emocional, sexual, laboral, económico, social o desde cualquier posición de poder no sólo siga sino que se instale. Faculta que la iniquidad continúe, se incremente, peor aún: se arraigue y normalice.

En el fondo de la complicidad puede existir varias raíces, que en ocasiones también pueden entremezclarse:

  1. El miedo. En este caso, permitir que se siga llevando a cabo el abuso por el miedo de convertirse en la víctima del abuso o de alguna otra agresión.
  2. El interés. Cuando se toleran los actos abusivos o equivocados para poder conseguir un beneficio personal; por ejemplo, la sociopatía, que es la incapacidad de sentir empatía y sentimiento de culpa.
  3. La ignorancia. En la falta de un ejercicio razonado en una fe puesta en un líder que tiene toda la responsabilidad, si se equivoca es él/ella, pero no nosotros. Es una psicología de grupo de supuesto básico como la describe Bion. Aquí también existe una posición muy particular con la complicidad. El “no querer saber”, el buscar “esconderse” de la información para no tener que tomar una postura al respecto.

Las redes se han convertido en un lugar para evitar ser cómplices, por eso son interesantes, por eso se consultan, porque en ellas se puede medir el nivel de complicidad y/o denuncia.  Muchos usuarios pueden lamentarse en ocasiones del nivel de intensidad de las redes, lo que esto demuestra es lugar primordial de la catarsis, el foro social para la crítica, el señalamiento y, por supuesto, en el campo de batalla del encuentro entre posturas. Pero nunca serán el lugar del secreto.

Los sinónimos para cómplice incluyen colaborador, protector y encubridor. No hay que olvidarse que cada silencio que se convierte en complicidad nos acerca a estar implicados en el atropello… sobre todo, no permitamos que la complicidad se convierta en la forma de organizarnos como sociedad.

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