Los jodo pero no los presto

Niños jugando
Foto: Alessandro De Bellis on Unsplash

En la calle cerrada en que viví mi niñez y adolescencia organizábamos todo tipo de juegos. Como es lógico por cosas de la edad, si de deportes se trataba las preferencias de práctica se marcaban por las temporadas de los profesionales o por sus eventos estelares, como podía ser un campeonato mundial de futbol. Muchos años estuvo pintada en un largo tramo de la calle un campo de americano con sus 100 yardas de 91.4 centímetros cada una, no faltando en la 50 el sofisticado dibujo de un casco, obra de la creatividad y aptitud de Teto (Héctor). El joven vecino con el paso de los años se convertiría en un buen arquitecto, aunque nunca consiguió ser el artista plástico que hubiera querido, dando con su intento vigencia y veracidad al pensamiento que dice que “el arte es un llamado al que acuden muchos que no están llamados”. Entre las obras más destacadas correspondientes a su etapa temprana, está el ya citado campo de americano, varias pistas que utilizábamos para jugar “carreterita” con coches de armar AMT o Revell Lodela, un círculo segmentado para jugar “stop” con sus interminables declaraciones de guerra, una pequeña cancha de futbol que se usaba también para la práctica del hockey en patines, y varios “aviones” siempre húmedos por las empapadas tejas de papel, los que no tuvieron el triste destino del Boeing arrumbado en California. Todas las obras de este amigo fueron ejecutadas con pinturas de aceite multicolores, en técnicas que no llegaron a conocer en la antigua Academia de San Carlos. En el espiro que jugábamos en el descabezado poste que alguna vez indicó el nombre de la calle, el diseñador local no tuvo ninguna injerencia.

Detrás de todos los deportes y juegos que practicábamos gracias a la rica infraestructura que teníamos sin ayuda de la Guevara y su CONADE, la competencia entre los rivales era un punto central. En forma individual o en equipos, conseguir el triunfo se convertía en lo único importante, por más que quienes paulatinamente iban adquiriendo madurez reconocían muchas más virtudes en estas justas. Este espíritu por triunfar a toda costa se acentuaba si los rivales no vivían en nuestra calle, y ya no se diga si los contrarios éramos mi hermano y yo. No obstante tener Carlos apenas 4 años más, en la niñez y adolescencia una diferencia de edades así resulta enorme. Con todo y esto nos situábamos cada uno casi siempre en equipos diferentes, siendo altísimas las posibilidades que provocáramos el fin del cotejo por el inicio de un pleito entre nosotros, el que muchas veces trascendía las mentadas a la misma madre para llegar a los puños y las patadas. Por obvias razones las más de las veces yo saqué la peor parte, lo que no palidece a algunos rutilantes triunfos de mi lado. Fue una constante que al margen de quién resultara triunfador de tales refriegas, ninguno acusaba al otro con nuestros padres, quien al preguntarnos el por qué de aquél moretón, raspón o descalabrada, recibían una respuesta poco creíble pero inamovible, con la cual tenían que conformarse. Otras veces sí supieron de los pormenores de nuestros desencuentros, como aquel que tuvo como escenario el antecomedor a la hora de la comida familiar, iniciado tras que mi hermano me aventara un pedazo de pan que cayó en mi sopa, manchándome al hacer ese “patito” que intenta uno al tirar ladeadamente piedras en una laguna o río; inmediatamente me levanté y trencé con mi hermano ante los inútiles llamados al orden de mi papá, a quien involuntariamente le tocaron algunos golpes de sus alebrestados hijos. La mesa se volteó con toda la comida que había sobre ella, incluida la infaltable jarra de agua de limón que al hacer resbaladizo el piso convirtió aquella riña en un auténtico concurso del Canal de las Estrellas, un domingo por la mañana. Qué pena en verdad.

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Pelearte de chico era más o menos común para los de mi generación. Hacerlo era una manera de combatir el bullying, conseguir que alguien corrigiera un comentario o una actitud inapropiada, o simplemente la manera de probarse a uno mismo y hacerse un sitio entre los otros de la escuela, el club o un grupo cualquiera. En este contexto, mis broncas de hermano no tenían nada personal o visceral, tanto, que en alguna que él emprendió contra un vecino mucho mayor yo me sumé sin chistar a ayudarlo y hacer el combate más equilibrado. En otros enfrentamientos me pidió simplemente que cuidara que nadie más se metiera, labor que cumplió también a cabalidad en las peleas que me correspondieron, las que como era común requerían de unas cuantas horas o como máximo de un par de días para volver a hacer a los rijosos los buenos compadres que había sido hasta entonces.

Es un derecho de corso del que gozo el pelear con cualquiera de mis hermanos; nadie más lo tiene. Por cuestiones de personalidad, género y edad, resulta fácil que con mi hermana mayor no me sienta cómodo y algo más, lo que en esta edad puede dar lugar a muecas, ojos en blanco y murmullos que apenas se parecen a los remedos de un reclamo o denostación en ciernes. Tras lo que haya acontecido, tal vez pueda compartir la anécodta con alguien, quien está obligado solo a escucharme y si acaso a apoyarme con un lenguaje corporal de aprobación o rechazo, según sea el episodio de mi plática. Me haya hecho lo que me haya hecho, o me haya dicho lo que me haya dicho, solo yo podré colgar a mi hermana el calificativo que me resulte apropiado. Solamente yo, sin que haya lugar a excepciones de ninguna clase.

Molestarme con mis amigos y externarlo frente a otra persona, cualquiera que sea la relación que tenga con ella, sigue exactamente la misma suerte. Solo deben escucharme, solidarizarse con mi causa, y no más. Si acaso y una vez que haya recobrado la verticalidad que pude haber perdido por el enfado, aceptaré un punto de vista que me ayude a darle perspectiva al acontecimiento, pero jamás un insulto o un mal trato verbal hacia el amigo, quien sería totalmente comprensible que me exigiera romper mi vínculo con quien osó traspasar límites, como ocurre en la simpática anécdota que narra el bolero “Perdónala”, de Les Luthiers.

En congruencia y sintonía con esta manera de pensar, guardaré sepulcral silencio cuando me corresponda ser quien pacientemente escuche las reales o aparentes tropelías que haya podido cometer el familiar, amigo o el o la “ex” de quien me haga la relatoría, a quien de este modo le reconozco la exclusividad de que goza para enfadarse y sentenciar a su cercano. Aún los desencuentros que hayamos podido tener con gente que no forma parte de nuestros primeros dos círculos más próximos, merecen discreción o mesura de nuestra parte, salvo que difundirlos pueda constituirse en una oportuna advertencia para otros. Siempre será mejor guardarnos nombres, lugares y fechas de los que no pagaron bien, y dejar que se alejen hasta el olvido con el ejercicio de secresía que propongo.

Resulta pues claro que nadie puede hablar mal de mi familia, de mis amigos, de las personas a las que amé, o de cualquier persona con la que tenga una historia por mínima que sea, en la cual haya merecido mi cariño o mi afecto, sin importar intensidades. Solo yo puedo criticarlos o hablar mal de ellos. Como bien decía mi simpática abuela paterna: “solo yo los jodo, y no los presto”.

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