Los últimos preparativos

Foto: Anete Lūsiņa on Unsplash
Lissette Sutton

Conocí a Mafalda a los 16 años e inmediatamente me enamoré de ella y de Quino. Adquirí casi todos los números de los libritos de tiras cómicas. Una de las historietas que recuerdo cada preludio de las vacaciones iba más o menos así: se encuentra Manolito parado en la entrada del departamento de Mafalda y ante ellos, en un solo cuadro, se ve a los padres de ésta yendo y viniendo en un frenesí de maletas, ropa, artículos de limpieza, y varios objetos más. Ante la mirada anonadada de manolito, Mafalda le explica: “Es que son los últimos preparativos de las vacaciones que nos tomamos para descansar de los últimos preparativos de las vacaciones que nos tomamos”. 

Mafalda
Foto: Twitter Pato 🇦🇷 💚

Y es que en esto, como en tantas otras cosas de la vida, Mafalda posee la puritita verdad. No importa que el destino sea Cuautla o las Islas Fiji, es irrelevante si el periodo vacacional es de un mes o de cuatro días, lo cierto es que este preludio siempre acaba siendo agotador. Entre la necesidad de cerrar ciclos, dejar todo en orden ¡ni dios los mande que algo quede pendiente! y el desgaste que impone la prevención “que no se me vaya olvidar el bloqueador, o una chamarra por si llueve, o un cambio extra por si cualquier cosa, las medicinas de los niños, un snack para el camino…” ¡Uf! la lista es infinita, quizá hablo sólo por mi y es parte de mi personalidad obsesiva, pero presiento que hasta a las almas más libres, en algún momento de la vida, sienten colarse este gusanito del previaje.

La ilusión de controlarlo todo ataca con más fuerza ante una situación que es por definición “incontrolable” como es un viaje. Los imprevistos serán el pan de cada día y lo sabemos, pero caemos en la falacia una y mil veces de que si nos preparamos bien quizá se reduzcan. 

Hay toda una lista de quehaceres que vas aplazando en tu rutina diaria y los vas dejando para las vacaciones, ese momento idílico en el cual supones que el tiempo te rendirá mucho más de lo normal. Y de pronto te encuentras unos días antes de tu viaje, ya viajando pero en un pinche trip psicodélico que te ganaste por la brillante idea de fumigar, barnizar y arreglar los cajones de tu closet el mismo día. Y por si la pachequez y el dolor de cabeza fueran poco, tienes que correr para dejar a tu puberto en casa de su amigo, plan al que accedes sin cuestionarte; sólo con tal de no verlo echado en el sillón de la tele con el iPhone en la mano y un hoyo en el respaldo de tu sillón pues el continuo peso de su cabeza y cuerpo en estado inerte ya han dejado una zanja espumosa en su trono.

Sí, son vacaciones… pero a ti te quedaron algunos trabajitos postergados por entregar y como ya no hay escuela ni horarios de dormir (¡Jajaja cómo si alguna vez se cumplieran!) pues ¿por qué no aprovechar la noche si de todas maneras el ruido y la fiesta continuarán hasta la madrugada? ¡Total! Al día siguiente te vas a estar arrastrando, pero ¡son vacaciones!… no te puedes quejar. 

Y sí, me quejo. Pero también reconozco que mi situación previaje ha mejorado considerablemente ahora que el menor de mis hijos tiene 14 años. Me veo a mi misma hace más de una década con una mezcla de lástima y agradecimiento. Pensar en la palabra “vacaciones” con cuatro hijos chicos me daba retortijones; si los planes eran quedarse en casa, pepenaba cursos de verano con la ansiedad de que no hubiera cupo para alguno que me carcomía las entrañas. Y en cambio si los planes eran salir de viaje, me ganaba una torticolis aguda entre el estrés de los preparativos y la empacada de pañales, cunas, cobijas, carriolas, biberones y una larga lista de etcéteras. 

Así que ahora, la neta, estoy del otro lado. Los preparativos hoy tienen una función más simbólica, tal vez primitiva, de pretender que puedo prever lo imprevisible y consciente o inconscientemente cumplen con su labor para poder, al fin, irme de vacaciones para descansar de los últimos preparativos de las vacaciones. (Y además gozarlas…)

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