Manteniendo el buen humor

Mañanas
Foto: Qusai Akoud on Unsplash

Estudiar con lasallistas, maristas y jesuitas me marcó, sin contar con la gran influencia que he tenido de mi madre (activista de las huestes del Espíritu Santo). Con orgullo profeso la religión católica, gozando de una Fe que diariamente me hace dedicar unos minutos a agradecer y una que otra vez a pedir alguna que otra cosilla por ahí, casi nunca para mí sino para los que amo, empezando por mis hijos.  Voy a misa con gusto y convicción, y no para dar validez a aquel pensamiento popular que dice que “el que peca y reza, empata”. 

Con este preámbulo es totalmente entendible la más positiva de mis actitudes al despertar, intentando por todos los medios posibles alargar el momento en que deba tener el primer disgusto del día. Si para hacer un videoclip para las canciones de “Beatiful day” o “Morning has broken” de U2 y Cat Stevens requieren de material, autorizo me graben cualquier mañana abriendo mis ojitos rebosando de optimismo y buena vibra…. si quieren claroscuros muévanseunos metros a la recámara de mi hija, donde reconocerán con facilidad a Linda Blair en la película de “El Exorcista”; pobre, los amaneceres no son lo suyo, por más que sea yo quien se los anuncie con besos, caricias y una retahíla de cursilerías de las que solo somos capaces los padres.

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Mantener este espíritu por largas horas es todo un reto. Para lograrlo lo primero que habré de pasar por alto es la pegada de sábanas de Susana, a quien el Catálogo de Puestos de la casa le ha asignado preparar el primer café del día y el desayuno. Verla aparecer tarde con los pelos parados como una Troll ayuda no solo a evitar el enojo sino a provocar una sonrisa, sobre todo si insiste en convencerme que lleva despierta varias horas. La siguiente prueba está a la vuelta. Se trata de mi vecina haciendo un reclamo alrededor de mis perros, con un tono exagerado y fuera de lugar si hemos de considerar los comportamientos que ella misma tiene, contrarios a cualquier reglamento condominal, como es mantener un ambiente libre de ruidos estridentes. Ella no cumple cuando antes de las 7 de la mañana se hace acompañar de las noticias en la radio, en decibeles que ya se quisieran para la alerta sísmica. 

Justamente la radio y las noticias son una prueba más, y no por las razones que anticipan. Tras haber sacado de la cochera el auto, espero pacientemente a que mi hija lo aborde para llevarla a la escuela. Me ayuda a no impacientarme el escuchar las noticias en la voz de la Warkentin y Risco, quien me resulta particularmente simpático. Con el tiempo justo para llegar, sube al auto la hija, quien sin preguntar si está bien en que haga algo semejante cambia la estación o se conecta a través de bluetooth para que escuchemos sus playlists. Respiro hondo; cuento hasta diez y salgo airoso del nuevo reto. Estoy a punto de sucumbir cuando la música que se reproduce es reguetón, pues la letra de las canciones es insufrible y los tonos y modismos caribeños son inmamables. Más ejercicios de oxigenación, que no interrumpo al comprobar que los intentos de plática que emprendo no tienen eco. Podría afirmar que mi pasajera se muestra más sociable con un chofer de uber, lo que por segundos me hace considerar que se transporte por este medio, pero mis temores por la inseguridad en general hacen que descarte la idea rápidamente. El silencio se rompe finalmente cuando llegamos al colegio. Las palabras que escoge no son las mejores, pero algo es algo: “….gracias….te veo aquí a las 2 de la tarde”. Si necesita dinero, las posibilidades de que se incremente la dulzura en su tono están prácticamente aseguradas: “Daddy, me das para un café y una dona, es que dejé mi cartera”. Si lo que requiere es un permiso para ir a alguna comida o para invitar a alguien, puede llegar al extremo de la melosidad. 

Dejar bien y a tiempo a la mini señora de la casa me carga de energía. Al estar acostumbrado al tráfico de la ciudad, y al poner de mi parte con el mejor y más prudente estilo al conducir, consigo que esta variable no juegue mayor cosa en mi estado de ánimo, sobre todo si mi siguiente parada es la oficina, la que se encuentra relativamente cerca de la preparatoria. Saber que hay cerca de 7 millones de vehículos circulando en la Ciudad de México y su zona conurbada me dan perspectiva y entendimiento para no enfadarme por los congestionamientos. Sin embargo, el aglomeramiento que provocan los autos que se estacionan en doble fila o en un carril destinado a circular sí ponen en riesgo nuevamente el equilibrio que deseo conservar para con él mantenerme de buen humor. Toparme diariamente con esa camioneta que en pleno Insurgentes Sur está parada en uno de los dos carriles disponibles (el otro es para el Metrobús), con la cajuela abierta y en el piso un anafre prendiéndose para lo que supongo será más tarde la estufa con la que preparen las viandas que abatirán el hambre de los Godínez de la zona, está a punto de descomponerme. El riesgo aumenta cuando pienso en cómo pueden hacer algo semejante, sin que les caiga el fuerte peso de la ley, representado por esos patrulleros panzones que a diario nos cuidan. La evidente respuesta me pone a punto de perder en ese concurso que inventé y en el que solo yo participo. Salgo avante.

Con el tanque de la paciencia por debajo de un cuarto, entro a mi oficina, casi siempre el primero. Nos encontramos solos la señora de la limpieza y yo, quien es realmente encantadora. Con discreción toca a mi puerta antes de entrar y decir, “buenos días mi niño, ¿quiere que le traiga su café?”. Agradezco efusivamente su gesto y me dejo consentir en esos primeros minutos de la mañana laboral, tratando de contrastar con la Regan del Exorcista sobre la cual Lulú no sabe nada. Sube el combustible de la paciencia. Más de una hora después aparece el subordinado protegido y pendejo, quien sin pena aparente sobre su retardo saluda obsequiosamente. Inconscientemente le digo, “¿cómo estás?”. Error. Me hace una lista exhaustiva de sus males de salud, en la que combina enfermedades exóticas y algunas más que la OMS tenía como erradicadas desde los 60´s. Tipo patético y enfadoso.

Muchas cosas pasarán el resto de la mañana que me mantendrán en ese sube y baja emocional. Casi un hecho que para la hora de la comida ya habré perdido mi propósito, mientras que mi hija ha conseguido convertirse en Miss Congeniality. Para la noche en que me encuentre con ella en el gimnasio, ya seré un auténtico Hulk y ella estará encarnando a la mismísima Reina de la Primavera. Algo debo hacer pronto para no arrancar el día en puntos radicalmente opuestos. Se lo digo y me lo digo a cada momento: estar de buen humor o enojado, es una decisión personal. Yo elijo estar siempre de buenas, pero también siempre encuentro boicoteadores a esta decisión, a lo que no poco suman ciertos mensajes de WhatsApp de una que otra “remitenta”, en donde sin duda la más letal es Susana cuando un lunes muy temprano me avisa: “señor, no iré hoy, amanecí con un poco de dolor de próstata y algo de criptorquidia” …además de incumplida, mala para mentir la señora.

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