No asumas

Gimnasio
Foto: Twitter Erika Zaba

Karen Karake

Una señora que conocí en una reunión me preguntó: ¿a qué gimnasio vas? No supe qué contestar y, sin pensarlo mentí, voy al Sport City. No hizo las preguntas clásicas como: ¿estás casada, tienes hijos o en qué trabajas? ¿Por qué asumió que hago ejercicio o más bien, por qué me dio pena admitir que no lo hago. No voy al gimnasio, no levanto pesas, ni voy a clases de spinning, no cuento calorías ni sé usar los elásticos para desarrollar la masa muscular. ¿Estoy mal?

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Después de este encuentro, durante una semana estuve dándole vueltas en mi cabeza y decido inscribirme en uno. Desempolvé mis pants holgados y raídos que esconden el celeste y rosado de mis Nikes viejos, de los que al caer resuenan como ladrillos. No son aerodinámicos, ni se ajustan, como calcetines a mis pies.

Llego al gimnasio desorientada sin saber qué máquina usar y me trepo en la caminadora, total es la máquina más noble, sin tanta ciencia ni complicación, es cosa de apretar un solo botón. Junto a mí hay un señor de unos setenta años trotando. Empiezo el calentamiento muy despacio, es mi primer día y no me quiero exceder ni mucho menos lastimarme las rodillas. Me pongo audífonos y busco el playlist: “Canciones para Entrenar¨. La segunda canción es Eye of the tiger, aumento la velocidad y comienzo el recorrido ¡Soy Rocky Balboa!

Mi energía disminuye a los cinco minutos, pues según lo que programé, (sin querer) la máquina se eleva y estoy en modo montaña. No llego al nivel tres y ya estoy sudando.

Disimuladamente me limpio el sudor de la nuca, la cara y de no ser por la gente a mi alrededor limpiaría mis axilas también. El señor junto a mí ahora corre, tengo veinte años menos ¡y él corre! Respiro hondo con la boca cerrada para evitar el dolor de caballo. Cambio el modo montaña por el manual, ya no estoy inclinada y recupero el aliento. Siento que llevo horas y veo que tan solo he quemado ciento veinte calorías. Estoy segura de que la máquina está alterada, pero suena Jump y me siento mejor.

¿Cuántas calorías tendrán los huevos revueltos con queso que me comí en la mañana? Estoy caminando a lo estúpido, veo el reloj y restan veinte minutos para que termine el martirio. Me alegro de que falta poco, pero también sufro. Repito en mi mente, “hazlo por tu bienestar, por tu salud mental”, pero ¿no existen pastillas para eso? Casualmente la última canción del entrenamiento es The final countdown y gradualmente disminuyo la velocidad, me siento bien. Me seco con la toalla empapada y me bajo de la caminadora orgullosa. El señor que tenía al lado ahora está levantando pesas, bien por él, con razón se conserva así de joven. ¿Qué importa si no me veo joven a mis setenta? Me miro en uno de los espejos esperando ver un ligero cambio, ridícula idea pues ¿en cuarenta minutos qué se puede esperar?

A decir verdad, no me siento tan orgullosa, ni feliz, ni más enérgica. Estoy colorada, me aprieta el brasier y tengo los pies hinchados. El elástico de mis pants se ajusta a mi panza dándole forma de salchichón.

Hacer ejercicio implicaría lavarme el pelo diario, despertarme más temprano, y crear nuevos playlists de música. Tendría que comprar leggings coloridos con formas geométricas transparentes y camisetas sin mangas para usar encima de un sports bra.

Quizás comprar el Fit bit, aumentar los pasos que doy durante el día, y comer barras nutritivas antes de ir al gimnasio. La energía, la serotonina, prevenir una depresión…¿no provoca el mismo efecto comer chocolate, comida picante o escuchar música? Así que la próxima vez que alguien me pregunte: ¿a qué gimnasio vas? les responderé: a ninguno ¡no me gusta hacer ejercicio!

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