¡Obvio!… ¿no?

Mujeres desayuno
Foto: Kelsey Chance on Unsplash

El jueves en la mañana asistimos, mi esposo y yo, a una de las últimas juntas escolares de nuestros hijos. El más chico ya va a entrar a Preparatoria y empezamos a ver el fin de una etapa que en algún momento nos parecía eterna. La junta fue breve, salimos temprano y mi esposo me invitó a desayunar. Justo ese día yo no tenía trabajo y él iniciaba un poco más tarde. 

Para mi todo el acto empezó a adquirir un tinte algo festivo. No era una situación cotidiana, así que emocionada por el cambio de rutina llegamos al restaurante con la sensación de estar entrando más a La Provence de la France, que a un restaurante citadino. 

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No pudimos dejar de advertir una cierta tensión en el ambiente cuando notamos que todos los comensales eran mujeres. Había señoras mayores en grupos de tres o cuatro degustando algún omelete de claras y vegetales. Estaban varias jóvenes aún con sus mallones y top deportiva, tenis y cola de caballo que evidenciaban que acababan de llegar del gym. Se encontraban también mesas de mamás recién estrenadas en el maternaje a juzgar por las carriolas, cobijitas, pañaleras y todos los últimos gadgets que ya hubiera querido tener en esa etapa de mi vida.

Y entre todo este mar femenino estaba mi esposo. El único cliente del sexo opuesto, sólo los meseros eran sus aliados del momento, quienes sin embargo, sí tenían “razón”(¡obvio!… ¿no?) de estar ahí. La necesidad interna de “justificar” la presencia de mi pareja empezó a rondar dentro de mi cabeza: “es que venimos de una junta…”, “no crean, él es súper responsable, es más raya en lo workaholic…”  En esas estaba cuando nos tomaron la orden. Mi marido pidió un jugo de ying-no-sé-qué-mamada y un toast de salmón. Yo pedí fruta con yogurt, miel y granola para empezar y unos huevos fritos al sartén bañados en crema de frijol con julianas de tortilla frita y cebolla caramelizada. El mesero se fue, y empezamos a comentar lo extraño-obvio de la situación.

Unos momentos después llegó nuestra comida, en manos de un mesero diferente, éste, sin pensarlo; de la forma más natural puso en mi lugar el jugo ying-no-sé-qué-mamada y el toast de salmón. Y cuando estaba a punto de poner los huevos fritos al sartén con crema de frijol en el lugar de mi esposo, ambos soltamos una mirada cómplice y una risita nerviosa al decirle al mesero que la cosa era al revés. Sobra decir el momento medio bochornoso del joven al caer en la cuenta de que las calorías eran para mi y no para mi esposo. Y no lo culpo, porque ¡Obvio!… ¿no?, en esta cultura así debería ser. 

Mientras yo raspaba con un pedazo de pan la crema de frijol que quedaba en el sartén, en la mesa vecina a mi derecha (y aquí hago una pausa porque en mi defensa, tengo que aclarar que lejos de ser una chismosa entrometida, la moda restaurantera de separar las mesas entre sí, tan sólo unos 20 centímetros, no te deja otra opción más que escuchar la conversación de los comensales que tienes junto a ti). Oí entonces a mi vecina preguntarle a su amiga que si ella “también” estaba a dieta porque sólo había pedido un plato de fruta. “No para nada estoy a dieta, pero ¿qué otra cosa puedes desayunar, no?” fue la respuesta de la amiga. “¡Obvio!” cedió mi vecina con una cara que pretendía ocultar la sorpresa (¿y la vergüenza?).

Ya cuando estábamos en el postre, un pan francés tan delicioso que te puede transportar de inmediato a los mismísimos Champs Elysées, se sentó en nuestro flanco izquierdo una joven mamá que traía en sus brazos un bebé de cuatro meses. Para mi sorpresa (a estas alturas) pidió un chocolate caliente y una concha. Mientras se la comía sacó su delantal de lactancia (¡yo hubiera matado por uno de esos!) y se acomodó a su bebito al pecho para que él también desayunara. Pero la verdadera sorpresa fue cuando unos momentos después, terminó ella su concha y su chocolate, repitió al bebé, pagó y se fue. Honestamente yo pensaba que estaba esperando a que otra mamá joven con o sin bebé se le uniera. Porque ¡obvio!… ¿quién se atreve a desayunar sola con su bebé en este mundo lleno de etiquetas y pretensiones, no?…

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