Orígenes de la inutilidad

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Foto: Steve Buissinne en Pixabay

Parece una perogrullada decir que todos venimos a este mundo con ciertas habilidades, aunque también es cierto afirmar que mucho está en cuáles y cómo las desarrollamos. Para ejemplo ahí están mis conocimientos de matemáticas, materia que padecí casi hasta las lágrimas en un par de grados de la secundaria, en gran medida por culpa del peor profesor que pude haber tenido. Ese fiel representante de las huestes de la Gordillo me hizo a muy temprana edad ambicionar encumbrarme en el poder político, tan solo para dar cauce a una venganza personal. Entre los 12 y 14 años de edad quería llegar a ser Presidente de la República para tener forma de mandarle cortar el agua y la luz a su vivienda, promover que lo corrieran de cuanto trabajo pudiera conseguir, y hasta negarle su registro en el Seguro Popular, antes de que se me adelantaran con su extinción. Hasta pensé crear una Secretaría de Estado que tuviera como único objetivo el complicarle la vida, en sintonía con lo que lograba con la mía cuando menos en la hora y media diaria en que lo tenía al frente de ese salón que dividía en tercios, en el primero de los cuales situaba a los alumnos con altos promedios en su asignatura, que era a los únicos a quienes se dirigía, confinando al resto en los otros dos, los que para él no teníamos nombre ni apellido; debíamos responder al apodo genérico de “cagadas” (era una escuela solo de hombres).

Con el paso de los años y la llegada de la madurez mi animadversión se disipó, al tiempo que con el ejemplo en sus actuaciones pude darme cuenta que nadie de los que logra detentar la Primera Magistratura del país ha utilizado ni utilizará jamás ese poder para satisfacer ánimos de revancha personal. Ellos no son así; no tienen cromosomas que les hagan tener más sentimientos que no sean los necesarios para sembrar bienestar y progreso entre sus conciudadanos.

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Ya en preparatoria conocí el otro lado de la moneda en cuanto a capacidades docentes en los siempre intimidantes temas de la física y las matemáticas. Tuve como maestro al Ing. Rosado, para el cual la enseñanza era un auténtico gusto y vocación, de lo que daba de algún modo constancia su holgada condición económica, de la que gozaba gracias al desempeño de su profesión como ingeniero. Lo que le pagaban como profesor no debió serle importante. Por él me convertí en un crack en esta área de conocimiento, dándome el gusto como nunca de ser quien les explicara a otros compañeros todas esas fórmulas inscritas en el famoso “Baldor”, las que de inicio les parecían tan misteriosas y enigmáticas cuales declaraciones patrimoniales de los afortunadamente extintos políticos del neoliberalismo.

Mi padre tuvo siempre una habilidad increíble para reparar cualquier cosa. Contaba con toda la lógica de cómo funcionaban motores y aparatos, punto de partida para conseguir que volvieran a marchar o incluso que tuvieran un mucho mejor desempeño con alguna modificación de su autoría. Pasara lo que pasara en la casa o a bordo de cualquier vehículo de motor, la familia podía estar sumamente tranquila sabiendo que Don Julián, en el que se inspiró la serie de MacGyver, pondría eficaz remedio.

No sé bien de quién fue la idea de regalarme de niño el libro “What shall I do”, en el que venían muchos instrumentos de diversión infantil para ser fabricados con mis propias manitas. Con buenas ilustraciones e instrucciones de fácil comprensión, elaboré la gran mayoría de los juguetes y pasatiempos que venían en el texto, declarándome más que listo para ayudar a mi papá en esas labores que desarrollaba.

Siendo muy chico, me pareció comprensible que la ayuda que me pedía mi progenitor no rebasara el detener una escalera, arrimar unas pinzas o barrer lo que había caído al piso tras que hiciera toda la instalación eléctrica de la casa que mandó construir atrás de la suya, al fondo del jardín. Sin embargo, los años fueron transcurriendo y mi ámbito de participación no se ampliaba al ritmo de mis tallas de ropa. Seguía y seguí por siempre siendo el que detenía el banquito, sostenía un cable, apretaba la punta de un fluxómetro, corría a contestar el teléfono para que mi papá no interrumpiera su actividad, o pedía en la cocina algo que calmara la sed de quien verdaderamente estaba haciendo el trabajo. No está de más decir que en incontables ocasiones y en distintos tonos pedí me diera oportunidad de yo hacer las cosas, lo que conseguía solo por algunos minutos antes de que me dijera o que iba muy lento, o que iba muy rápido, o que le diera de nueva cuenta la herramienta – que ya no soltaría – para volverme a mostrar la mejor forma de hacer la tarea. Visto a la distancia, ser ansioso y desesperado era lo que llevaba a mi papá a actuar así, y no una falta de confianza en su hijo. Algo también había de vanidad, pues gustaba del reconocimiento a todos esos increíbles y versátiles trabajos que llevaba a cabo en su tiempo libre, a cuya conclusión mostraba a mi madre y hermanos esperando el aplauso y la expresión de rendida admiración. En alguna ocasión que tras haber terminado de restaurar un mueble le hice notar un pequeñísimo detalle que le evitaría el 10 de calificación, se apresuró a contestarme: “tampoco es un piano…..así quedó bien”.

Las labores que no requerían de conocimiento y precisión sí me fueron permitidas: pasear todas las tardes al perro; cortar quincenalmente esa enredadera de “monedita” que tapizaba las paredes del patio; lavar coches y platos; pintar algún muro; aspirar la alberca de la casa de fin de semana; barrer la calle; y acompañar a mi mamá al supermercado, auxiliándola en la cargada de bolsas y acomodos en la despensa y el refrigerador. En fin, nada que mereciera gran ciencia. Entre los efectos que hasta hace no mucho tuvo toda esta historia personal, están los pasajes de vergüenza que debí pasar cuando alguien me pedía le prestara mi “caja de herramientas”, y lo que recibía de mi parte era un costurero grande, en donde había un martillo, un desarmador, 8 clavos, un par de tornillos y otro de tuercas que ni correspondencia tenían, así como 3 alambritos con los que se cierra el pan bimbo.

De cualquier modo algo aprendí de solo ver trabajar a mi papá, lo que logro comprobar después de los múltiples plantones o presupuestos exagerados que presenta un plomero o un electricista. En 7 de 10 ocasiones consigo librar el desperfecto, para lo cual increíblemente siempre me sobren piezas, lo que mitigo con una sobrecarga de “cinta de aislar”, en previsión de un corto circuito.

Total, que si se me etiqueta de inútil para algunos menesteres, lo soy como víctima de las circunstancias y de mis antecedentes familiares. Solo Dios sabe si no estaba llamado a ser el “Ciro Peraloca” del siglo XXI. En compensación, sé hacer muchísimas cosas que no son comunes entre los hombres de mi generación. Barro, plancho que ni en la tintorería, pego botones, subo dobladillos, lavo loza, tiendo camas y dicho con toda verdad, no cocino nada mal, trascendiendo los platos comunes para preparar sofisticadas pastas, paella, albóndigas, atunes sellados y una versión superada de los afamados “Tacos del Villamelón”. Unas por otras.

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