Parir

Nacimiento
Foto: Christian Bowen on Unsplash

En mi segundo parto, creo yo, era un poco más madura. Léase: “ya no estaba taaaaan aferrada a que tenía que parir haciéndolo psicoprofiláctico”. Me explico; dos años antes, con mi primer hijo me convertí en una radical fanática de este método. Fue un parto largo y difícil que si no hubiera sido por mi obstinación quizá hubiera terminado en cesárea.

Así que con la “basta sensatez” que mi primer bebé me brindó, decidí que no me iba a obsesionar tanto en esa segunda ocasión. Intentaría hacerlo psico, pero dejaría el fanatismo de lado. Estando ya en la sala de labor, con contracciones suficientemente fuertes (todavía no llegaban a las mentadas de madre, pero las groserías ya se atascaban en la punta de mi lengua), el doctor me revisó y dijo: “en tu caso, o sea tomando en cuenta tu experiencia de hace dos años, vas para unas tres o cuatro horas con esta intensidad de contracciones”. Apelando a mi recién adquirida madurez, decidí entonces que era buen momento para aceptar el famoso bloqueo y llevar lo que restara de la fiesta en paz. Tan pronto salió el ginecólogo de la habitación, se me rompió la fuente y en cuestión de minutos las contracciones y los dolores alcanzaron el nivel de ¡chinga-tu-madre-que-me- pongan-el-bloqueo-yaaaaa! El anestesiólogo insultado aún no acababa de sacarme la jeringa de la pinche epidural cuando grité “¡deseo de pujo!” (una madre experta sabe de lo que habla a esas alturas). El resto es historia, mi bebita casi no esperó ni a su papá, ni a la cámara de vídeo y por supuesto tampoco esperó a que hiciera efecto el bloqueo…

- Publicidad -

¿Analogía? Si por ahí de abril del 2020 me hubieran dicho que la pandemia iba a durar más de ocho meses hubiera pedido un bloqueo. Hubiera zafado: “yo a este jueguito no le entro”. Sabia naturaleza impredecible que no reveló nada de lo que seguiría a continuación. Sabia naturaleza que dio paso a las estaciones encuarentenados y sin tanta ceremonia pasamos de las camisetas y pants ligeros en abril y mayo a los suéteres y cobijas ya en noviembre, aún encerrados en casa.

¿Moraleja? Se las debo… no la sé y quizá no la hay. Justo por eso lo escribo, para tratar de entender qué sigue, a dónde nos va a llevar todo esto mientras el tiempo sigue pasando sin dar un solo día de tregua. ¿Cuánto tiempo más? Es ahora la pregunta. ¿Un año? ¿dos? ¿realmente quisiéramos saberlo? ¿cambiaría algo si lo supiéramos?… Repito: escribo porque no tengo la respuesta, pero algo me dice que es mejor así, lanzarnos sin anestesia ante el incierto futuro. Después de todo (y de cuatro hijos en total) sigo siendo una fanática aferrada al psicoprofiláctico, por lo menos en teoría.

Te puede interesar: En gerundio