Perros humanos

Perrijo
Foto: Jacqueline deZanet from Pixabay

Karen KarakeCuando yo era niña no era tan común tener perro, o quizás sí, pero eran perros de casa. No se veía gente paseando por las calles o en los parques presumiendo el perro de moda. Sí, de moda. La primera vez que vi un Pug fue a mis dieciocho años y los Chihuahuas eran personajes de caricatura. Vestirlos o agarrarles el pelo con moños era impensable. De correas ni hablar: se usaban cadenas sujetadas a un collar de cuero sin ningún adorno ni color, quizás una placa o un cascabel (El Dr. Gunther Herman, terapeuta canino, afirmó que el uso de accesorios en los collares de las mascotas podía ser la causa primordial de problemas auditivos). ¿En qué momento comenzó la ridícula idea de humanizar a los animales?

En la Antigüedad, los perros y gatos eran animales domésticos. Ladraban si se acercaba un intruso y ayudaban a prevenir plagas como las ratas. Estaban al servicio del hombre. Fue en Inglaterra cuando tener mascotas era algo placentero y símbolo de distinción y de estatus social.

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El tema de las mascotas ha acaparado las conversaciones tanto en las redes sociales como en las comidas y cenas con amigos. Hace unos días me tocó sentarme en un avión junto a una señora que llevaba a su perro sobre sus piernas. Me es igual de molesto viajar junto a una mascota que se la pasa gimiendo que junto a un fumador, pero quejarme no habría sido políticamente correcto. Además de humanizados, ahora también tienen derechos, no me extrañaría que en un futuro no muy lejano incluso puedan votar.

Recientemente fui a una tienda para mascotas que parecía una tienda departamental con pasillos amplios atiborrados de todo tipo de accesorios para mascotas, desde perros hasta canarios. Pelotas de peluche, de plástico y algunas con hoyos para llenarlas de botanas o treats. Algunos premios eran de colores y de distintas figuras y texturas. Me peiné todo el lugar maravillada, con ganas de adoptar una mascota y salir todos los domingos al Parque del Reloj para lucir a mi Pedro o Carlota ( nombres como Rufus y Cuqui ya no son cool, son canes, sus nombres deben de reflejar su personalidad) y gozar de toda la admiración y sonrisas de todos los paseadores.

Yo no compro comida orgánica, quizás debería considerando toda la campaña anti fertilizantes con químicos y pesticidas, pero aplaudo al genio que se le ocurrió darle un giro a los alimentos para perro. Existe más variedad de croquetas que de cereales: hay light, sin gluten, sin granos, de alto rendimiento. Otras con sabor a salmón, a arroz con chícharo, cordero y hasta de pato y lenteja. Existe comida holística que aparentemente es “como un todo, en el que se engloba nutrición, calidad e ingredientes y la base es lo natural”. El Dr. Yael Rafael afirma que, según estudios clínicos, se ha comprobado que existe una relación entre la comida procesada y las enfermedades degenerativas.

Salí de la tienda impresionada, y con la inquietud de estar perdiéndome de vivir la experiencia canina, y sentí angustia sólo de considerarlo. ¿Compro uno o lo adopto? Adoptar es mejor, ya que hay tanto perro sin hogar que necesita cariño. ¿Escojo uno hipoalergénico o uno que sea sociable? ¿Uno que no babee o uno al que se le pueda dejar solo en casa sin padecer sentimientos de abandono? Son decisiones que no se deben tomar a la ligera, hay que estudiarlas y analizarlas.

No creo que todas las conductas de humanizar a las mascotas sean negativas; se establecen sentimientos y vínculos afectivos, son una parte importante en las familias y sobre todo son amigos incondicionales siempre y cuando no raye en lo absurdo. Pero cuando recibí la invitación a la fiesta de cumpleaños de Samanta, la French Poodle de mi vecina, descarté la idea de adoptar un perro. Rompí la invitación cuando por un momento consideré volver a la tienda y comprarle una pelota que combinaría bien con su collar rosado.

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