Por favor paren al mundo, nos queremos bajar

Quédate en casa
Foto: Twitter Tablón Cultural

Día me vale madres qué número de la segunda semana de la cuarentena: me despierto con la alarma; hay que ser disciplinado, dicen (en mi otra vida, en la de antes de este encierro nunca lo fui) pero en esta nueva vida lo han recomendado tanto que por algo será. Me baño, la rutina es lo más importante para no dejar entrar a los demonios de la depresión y si ya en la de malas logran entrar, mejor será que no te agarren en pijama. Salgo de bañarme y llega una de las decisiones más “importantes” del día: ¿pants grises oscuros o grises claros?…

Me lavo las manos normalito pues ya estaba limpia.

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Desayuno. Esta acción cae en el lado positivo de la balanza de la cuarentena y es que es como si ahora el cerebro se hubiera dividido en dos hemisferios que en lugar de ser el izquierdo y el derecho semejaran el cajón de lo bueno que ha traído esta pandemia y el cajón de lo negativo que estamos viviendo debido a este mal chiste apocalíptico. Cada acción ahora es maniquea y se cataloga dentro de un lado o del otro. El desayuno en mi caso, se inserta en el lado romántico pues por fin estoy desayunando en mi casa (hábito que no tengo desde la primaria), generalmente mi desayuno es –siempre frío- y me lo como de prisa desde un topper en mi oficina.

Me lavo las manos quirúrgicamente.

Sigue mi día. Saludo al alumno (hijo menor) que se ha instalado en la sala, le dedico una sonrisa de lejos al alumno (hijo mediano) que se ha agandallado el estudio y continúo el recorrido viendo de lejos a los alumnos (hijos grandes), apoltronados en sus respectivas habitaciones. A estas horas del día no quiero llamarles hijos –todavía no- faltan muchas horas del día para lidiar con ese sustantivo fraternal. Por eso, al pasar junto a ellos me limito a brindarles una cordial sonrisa, “lo cortés no quita lo valiente”, pienso, mientras susurro un apenas audible “buenos días”. Y ahora sí, llega el momento de conectarme con mis verdaderos alumnos, los que SÍ me necesitan. Lucho con la tecnología que nunca ha sido mi fuerte. Me conecto a Zoom. Reviso trabajos. Dejo tareas. Extraño callarlos. Contesto dudas. Añoro los pasillos de la escuela. Agradezco el internet. Me duele no ver a mis colegas.

Me lavo las manos primero con gel antibacterial y luego con jabón.

¡Uta madre! Son las tres de la tarde y no he hecho ejercicio (a decir verdad no lo he hecho los últimos 15 años) pero en esta nueva vida, dicen, que es muy necesario para mantener la salud mental: a la chingada, me digo, el orden de los factores no altera el producto. Me conecto a Youtube ¿hoy toca yoga o gym virtual?…

Me lavo las manos hasta los codos por 20 segundos.

A las cuatro comemos, como si fuéramos una familia normal en tiempos anormales: cada uno de mis vástagos libera sus tensiones como puede: ¡no toques la jarra! ¡Lávate las manos! Ya me las lavé mil veces. Pues lávatelas otra vez. Ya oyeron la última noticia que… ¡quedamos que NO se hablaría de eso en la mesa! Silencio total. ¿Alguien quiere postre…? 

Me lavo las manos ligeramente pero con jabón de trastes.

La tarde es dispersa, nebulosa, intento hablarle a toda mi lista de viejitos para que no se sientan solos. A veces me da la impresión que lo recuerdan más cuando les llamo. Tarareo la canción “por favor paren al mundo, nos queremos bajar, nuestro mundo es diferente nos debemos amaaaaaar” ¿de quién era? La googoleo: de Ciclón. ¡Juraba que era de Miguel Rios!. Recuerdo que hace años, cuando mis hijos eran chicos había escrito un texto titulado “crónica de una gripa anunciada” en la que deseaba con toda el alma una semana de gripa para poder recluirme del mundo (y de ellos).

Me lavo las manos con gel antibacterial y jabón juntos.

Trabajo otro rato. ¿Y el tiempo libre? No he podido ni prender la tele, me da una especie de culpa no hacerlo (se supone que es el momento de ver todas las series inconclusas). Mejor leer. Tampoco lo logro antes de las once pm.

Se acerca la noche… un día menos. Un día más. 

Me lavo las manos y la cara a conciencia.

Nota: Querido lector, favor de agregarle unas 25 entradas de: “reviso mi celular para encontrar cada vez más de 59 Whatsapp, 12 mails, y 24 notificaciones” Y otras cuantas lavadas de manos…

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