¿Por qué el hombre jamás podrá llegar a la luna?

Viaje a la luna
Foto: Twitter wikihilos™

Nadie como mi finado y queridísimo amigo Carlos para coleccionar cuánta cosa, incluidas las enciclopedias. Hablo de una época en que el internet brillaba por su ausencia y que la consulta directa a fuentes de papel era la única manera de aprender o despejar dudas. Mi compadre nos pidió a algunos de sus compañeros de trabajo nos reuniéramos unos minutos a la hora de la comida, pues quería que conociéramos a un vendedor de enciclopedias que ya había conseguido encajarle un par de colecciones de arte e historia. El tipo lo había impresionado, queriendo que lo escucháramos y nos pusiéramos en posición de gozar como él de un ameno instrumento de acceso al conocimiento. La secretaria anunció la puntual llegada del Dr. Fonseca, a quien acompañó a la sala en la que nos congregamos 5 amigos. El encuentro con el vendedor no arrancó nada bien, cuando tras preguntarle en qué era doctor con absoluta sinceridad nos dijo que realmente “en nada”, explicándonos que dicho título era una forma adoptada en su empresa para referirse a empleados que, como él, exponían con cierto conocimiento (y mucho talento) el contenido de sus productos en visitas de casa en casa u oficina en oficina.

Brincado con algunas dificultades este inicial desencanto, comprobamos la increíble habilidad del Doctor, quien al tiempo que extendía sus enormes catálogos sobre la mesa iba haciendo un ameno recorrido por diferentes etapas cruciales en la historia de la humanidad. Yo estuve listo para comprarle cuando tras exaltar la objetividad analítica de cada tomo, puso de ejemplo el pasaje de la Guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfalia, el que hacía poco tiempo yo había tenido que revisar con cierto detenimiento por equis razones. El expositor no dejó de lado un rápido análisis sobre el nuevo orden político y económico resultante de los dos tratados firmados a mediados del siglo XVII, a la luz de las reflexiones de Hobbes en el Leviatán ….¡órale!. Como el compadre, fuimos convencidos del acierto de comprar algunas de las colecciones ofertadas y estuvimos listos para firmar los 12 pagarés de ley (como sabiamente dice el pensamiento popular, “no te fijes en el precio, fíjate en las facilidades de pago”). El primero en querer comprometerse fue uno que vivía en la Colonia Nápoles, lo que así dejó consignado el Dr. Fonseca en la orden de compra que comenzó a levantar. Mi compra la eché abajo cuando tras preguntarle su dirección exacta a este amigo, todos observamos claramente que repitiendo en voz alta el nombre de la calle el Doctor escribió: “Oclajoma 56, departamento 301”…….. Fuerte desilusión.

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La anécdota nos dio ocasión días después para conversar alrededor del tema “enciclopedias”, reconociendo todos haber estado acompañados en nuestra infancia por “El Nuevo Tesoro de la Juventud”. Nuevamente Carlos tomó un rol activo alrededor del asunto cuando nos dijo que su padre conservaba la que había sido la edición de su niñez, allá por los 30´s, la que como era previsible carecía del calificativo de “Nuevo” Tesoro. Quien haya consultado esta enciclopedia recordará que en cada tomo hay una sección denominada el “Libro de los Porqués”, en donde se explican en forma clara los detalles de infinidad de temas. Pues bien, en la edición del papá de mi amigo existía el apartado “¿Por qué el hombre jamás podrá llegar a la luna?”, en donde con pretendidas razones científicas se aseguraba que era imposible siquiera imaginar que el hombre pudiera algún día poner un pie en el satélite. La verdad no recuerdo los argumentos que en concreto se exponían, pero sin duda varios han de coincidir con los defendidos por esa gran masa de escépticos que aseguran que todo fue un montaje escenográfico con trasfondo político, en una época en que la Guerra Fría estaba a la temperatura más caliente, y en la que la carrera tecnológica y la conquista del espacio ocupaban gran parte de la atención de los Estados Unidos de América y la extinta Unión Soviética.

Desde luego yo soy de los que no tienen duda que Neil Armstrong y Edwin Aldrin efectivamente pisaron la superficie lunar un 20 de julio de 1969 a las 8.56 pm, tiempo de México, no distrayéndome si lo mismo pasó con los otros 10 norteamericanos que se dice también lo han hecho, como parte de las 6 misiones de la NASA que culminaron con el alunizaje de una nave y brincoteo de algunos de sus tripulantes por una superficie que sabemos tan dispareja como cualquier avenida de nuestra querida Ciudad de México. Y que conste que mi certeza no proviene de haber ido de muy niño con mis padres a una Feria en el viejo Auditorio Nacional, en donde una de las principales atracciones la constituía la exhibición de una piedra lunar protegida por un gran capelo de cristal al que no podías acercarte a menos de metro y medio. El mineral mostrado no dejaba de generarte cierta duda que no fuera realmente a provenir de una ladera de rocas volcánicas de Ciudad Universitaria, en un escepticismo parecido al que te producen los llaveros o pequeños frascos de vidrio que te regalan conteniendo arena y piedrecillas traídas de “Tierra Santa”, que bien podrían ser originarias del camellón más cercano al domicilio de quien te hace el obsequio. En 1994 la NASA entregó en préstamo a la UNAM dos rocas lunares, una de las cuales pesa 185 gramos y la otra 24, adjudicándoseles una edad cercana a los 4 mil millones de años (más o menos el mismo tiempo en que en México comenzó a haber imprentas y universidades, según informan por ahí). Quiénes se animen a ir a ver las piedras a Universum, seguro experimentarán dudas similares a las que yo viví en aquel paseo familiar cuando tenía alrededor de 10 años de edad.

Las enciclopedias de pastas duras y papel brillante prácticamente han entrado en proceso de extinción. Ya es difícil verlas incluso en libreros domésticos, salvo en el caso de Roberto Palazuelos, a quien recordamos hace poco retratado en el que dijo es el sitio preferido de su casa, como es su biblioteca, conformada por 9 de los 12 tomos de una enciclopedia sobre el “Mundo Salvaje”, 6 ejemplares de la revista “Muy Interesante”, 4 de “Algarabía” y el compendio de “Citas Citables” del Reader´s Digest. Tampoco hay ya vendedores como el Dr. Fonseca. El último con el que me topé era un tipo que pretendía venderme un sistema de “Hipnopedia”, por el cual podías aprender idiomas mientras dormías, merced a una pequeña grabadora que colocabas en la cabecera de tu cama, la que reproducía clases magistrales de prácticamente cualquier idioma. Como Fonseca con su “Oclajoma”, este vendedor perdió mi interés cuando al preguntarle cuántos idiomas hablaba merced a tan maravilloso sistema cuya venta promovía, debió reconocer que solo hablaba el español, y eso con las muchas faltas y errores que eran fácilmente detectables.

No cabe duda; mientras las enciclopedias desaparecen, los incrédulos se multiplican.

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