¿Por qué no abren el paraguas? y otros misterios pluviales

Lluvia
Foto: Twitter Gabriela Warkentin

Profesor Doval

Ha empezado a llover en la muy noble y muy leal ciudad de Méjico y Clodia no podría ser más feliz. Esa misma lluvia que para Amado Nervo era como una flor que se deshoja y, para Borges, el recuerdo de su padre, para Clodia fue, literalmente, agua de mayo. Lo que ella –doctora en física y exsecretaria de medio ambiente del DF– no hizo, lo resolvió la lluvia, que volvió a templar la sed del abrasado suelo chilango y a limpiar su cielo.

La lluvia en el DF sigue encarnada en la piedra y es un dios al que se le implora benevolencia. Para nosotros, el agua que cae del cielo no es un fenómeno meteorológico sino un misterio.

Debo hacer un paréntesis: los chilangos en particular y los mejicanos en general somos incapaces de comprender la naturaleza y las leyes que la rigen. Por ejemplo, la muy noble y muy leal está sobre un lecho lacustre, al pie de volcanes. Grave error quizá en el mundo civilizado, no aquí. La misma causa hay tras el segundo caso: entubar ríos y matarlos.

Pero, volvamos a la lluvia, que lo mismo limpia el aire que provoca miedo y repulsión. La lluvia en la antes región más transparente es desgracia y bendición. Prueba de ello son las rutinarias cuadrillas de la CFE, ahora dirigidas por el comodoro Bartlett, que en cada inicio de abril salen a podar el arbolado citadino en previsión a que el viento pluvial interrumpa el suministro eléctrico. ¿Por qué la lluvia nos arrebata la luz? Misterio.

La lluvia chilanga tiene alta potestad para crear baches ex nihilo. Cada temporada, el asfalto queda atiborrado de cráteres que ayer no estaban y, ahí, quedan ahora las llantas y amortiguadores de los coches sin distinguir entre chairos ni fifís. ¿Por qué brotaron como hongos? Misterio.

El mayor desastre provocado por la lluvia –aquel cobijado con el eufemismo «encharcamiento»– también es un misterio. ¿De cuánta agua hablamos cuando hablamos de un encharcamiento? ¿Se puede cruzar en coche? ¿Qué monstruos marinos se ocultan bajo su manto acuífero? No lo sabemos. Y de tal ignorancia dan cuenta el caos vehicular en callecitas y avenidotas. Automóviles flotando, choques estúpidos y embotellamientos por doquier.

Otro misterio son los chaparrones en el subsuelo chilango: ¿cómo hace la lluvia para descender a los túneles del metro y convertir en cascadas las escaleras que nos llevan hasta los andenes? En los temporales, las estaciones quedan convertidas en peceras, el agua cae del techo como si fuese cielo abierto. ¿Por qué?

El velo que envuelve a estos desastres mayúsculos también cubre a lo cotidiano. Por ejemplo, si la nalgona que da el pronóstico del clima en la tele acaba de decir que se prevén lluvias para hoy, ¿por qué los peatones chilangos no salimos con paraguas y gabán? Hacia las seis de la tarde, cuando empieza a llover, corredera de gente que, mientras aprieta los ojos y hace una sonrisita de resignación, cubre sus cabezas con un fólder como sucedáneo. Gente menos atlética se guarece bajo las cornisas de los edificios o en el umbral de los oxxos. Todo el ambiente huele a mierda con teatrical. La pregunta no es ociosa: ¿por qué no salimos de casa ataviados con paraguas en temporada de lluvias? Misterio.

Un misterio más se posa sobre quien, extrañamente, sí trae paraguas. ¿Cuál es la carga pluvial mínima para abrirlo? Pienso en tanto transeúnte bajo un chipichipi y empuñando su paraguas cerrado. La tenue lluvia aumenta; pero, el paraguas sigue sin abrirse. Nuevo misterio.

Mención aparte merece la convicción chilanga de que toda lluvia es invernal, aunque caiga en junio. Con el metrobús abarrotado, los pasajeros ataviados con chamarras y suéteres de lana han cerrado a cal y canto las ventanas del largo vehículo convertido ahora en un sauna pestilente. ¿A qué obedece esta preferencia por la sudoración y la asfixia? Misterio.

Como sea, el verdadero misterio es por qué una licenciada en física y doctora en ingeniería ambiental por el Lawrence Berkeley Laboratory, quien, además, es miembro del grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés), fue tan inepta ante uno de los episodios más terribles en cuanto a contaminación del aire en la muy noble y muy leal ciudad de Méjico del que se tenga memoria. ¿Por qué Clodia se amparó a las dádivas de Tláloc? Misterio.

@ProfesorDoval

Te puede interesar: Ustedes los ricos y nosotros los pobres en la 4T