Primer sueldo

Clases
Foto: Alex Simpson on Unsplash

En absoluto me quejo, al contrario. Como muchos amigos que como yo estaban acabando la preparatoria, el dinero que recibía de mis padres estaba muy recortado. Prácticamente la mitad de la semana mis progenitores la pasaban en la casa de Cuernavaca disfrutando las gracias de esa bebé que era mi hermana menor, las que conforme fueron pasando los años a nadie le resultaron ya tan simpáticas. 

Lo que me daban a la semana me alcanzaba justo para cubrir los costos de alimentación que debía pagar cuando tampoco estaba en casa la querida Chabela, quien ayudó en los cuidados de nuestro hogar durante más de una década, así como los correspondientes al llenado del tanque de gasolina de mi auto, el que de acuerdo con las medidas de racionalidad y disciplina presupuestal impuestas por el jefe de familia debía alcanzarme para 6 días, incluidos traslados diarios a la escuela y a entrenar a CU. Imposible olvidar en esto del tema de los combustibles el pragmatismo de Montalvo, ese amigo de la prepa, cuando el precio del litro de gasolina Nova pasó de $2.80 a $4.20. Mientras todos nos quejábamos de lo que nos estaba costando conseguir en casa el ajuste al alza de nuestros discretos ingresos, Montalvo con suma tranquilidad dijo: “a mi me vale madre el aumento, yo le sigo echando 100 pesos a mi coche”. 

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Con el panorama planteado, no disponía de mucho dinero para salir con mis amigos y ya no se diga cuando lo hacía con la novia o pretendida. El caso es que llegó ese sábado programado para salir por la noche con Ofelia, la simpática y guapa novia a la que conocí porqué su hermano participaba en una de las categorías de los más chiquitos del equipo de futbol americano en el que jugué toda la vida. Cumpliendo con uno de sus encargos y para evitar prisas más tarde, a nombre de mi padre fui muy temprano a cobrar la renta de aquel local que alquilaba en una bien situada esquina, el que combinaba la prestación de servicios mecánicos, de cambio de aceite y lubricación, así como de lavado de autos. Encontré al arrendatario muy atareado pues le habían fallado trabajadores y comenzaba a formarse una larga fila entre quienes esperaban por el embellecimiento de su auto. Era la oportunidad de oro para hacerme de un dinero extra que me permitiera algo de más categoría para ese sábado. Dejé la chamarra en mi coche y me agregué como uno más de los lavadores. Dejé rechinando de limpios cerca de veinte vehículos entre las 9 de la mañana y las 5 de la tarde en que exhausto me fui a casa. Entre el sueldo base del día, propinas y lo que desde antes tenía dispuesto para gastar, reuní algo respetable. Quise prepararme algo de comer, pues tampoco se trataba de comenzar a despilfarrar lo amasado parándome en un restaurante. Terminé cogiendo del refrigerador con las yemas de los dedos unas rebanadas de queso y jamón, pues las ampollas que ya habían brotado me arrancaron un grito de dolor cuando tomé un sartén. Todavía disponía de tiempo para descansar un rato, arreglarme y llegar puntual a mi cita, la que se pactó para las 8.30 pm. Me acosté plácidamente en mi cama para tiempo después despertar descansado, aunque con cierta congoja al ver que el reloj marcaba las 7.50, lo que en mi cabecita me dejaba muy poco margen para estar a tiempo por Ofelia. La congoja se transformó en pavor cuando me di cuenta por una luminosidad que no correspondía a la hora que yo suponía, que sí eran las 7.50 horas, ¡¡pero de la mañana del día siguiente!! Maldito cansancio. Con duras penas conseguí el perdón por el involuntario plantón, pero un equívoco más justo el día de mi cumpleaños puso fin a la relación. Sobre el punto solo diré que gran parte del dinero que mi padre me daba por ser mi cumpleaños, se me fue en pagar esa serenata que le llevé a la ofendida, sin conseguir ablandar su corazón.

Con las complicaciones de tener que ir algunos días a la universidad por la mañana y por la tarde, me di a la tarea de conseguir algún ingreso adicional a los de la dieta paterna. Lo encontré impartiendo clases para tercero de preparatoria en la Universidad Motolinía, la que para entonces era un colegio solo para señoritas. A mis alumnas de esos dos salones les llevaba apenas un par de años de edad, lo que complicó terriblemente ejercer mi apostolado pedagógico, el que se fue facilitando conforme fui adquiriendo tablas y conté con el apoyo de dos de ellas, que casualmente eran novias de mis amigos el Bóiler y Toño. Eran líderes indiscutibles de sus grupos. Fue una buena experiencia, la que sin duda se convirtió en el mejor curso intensivo que pude tomar para hablar en público. Quienes hoy tratan de conseguir que las agrupaciones campesinas plantadas en San Lázaro permitan la libre entrada y salida de los diputados, la tienen regalada. Comparado con las duras que hay que pasar frente a 40 muchachas adolescentes de última etapa, tomar un megáfono para convencer a los de Antorcha Campesina ha de ser cosa de niños.

Finalmente llegó el momento de tener un trabajo más serio y formal. Faltándome un semestre para terminar la universidad entré a trabajar a una Secretaría de Estado por invitación de quien muchos años después convertí en mi tercer compadre. Conmigo entraron otros cinco compañeros de la licenciatura, lo que trasladó el ejercicio de nuestra amistad al centro de trabajo. Mientras que hoy en día cualquier dependencia de medio pelo se tarda cuando más un mes en pagarte por primera vez, por aquellos ayeres seis meses eran lo mínimo. Había que ir a Palacio Nacional periódicamente para “ver si ya aparecías” en las pantallas de la extinta Secretaría de Programación y Presupuesto, lo que de ocurrir marcaba la cuenta regresiva para cobrar dentro de los tres meses siguientes a tan afortunada aparición, más celebrada que la ocurrida a Juan Diego en el Tepeyac.

A punto de cumplirse el séptimo mes salió mi pago. Para mí era un madral de lana, con la cual me apresuré a hacer tres cosas: 1) abrir una cuenta bancaria; 2) liquidar las muy pocas deudas que había adquirido; y 3) lanzarme a una plaza comercial fifí a comprar regalos para mis papás, quienes ni esperaban ni pretendían un gesto así de mi parte. Ese vestido y el par de trajes sastres que le compré a mi mamá, así como los pijamas y los dos juegos de pants que le obsequié a mi papá, son los mejores recuerdos que tengo de lo hecho con ese primer sueldo. Tonterías que en absoluto necesitaban, pero que se constituyeron en una manera de expresarles la importancia que tenían en mi vida y agradecerles por llevarme con su apoyo a una situación de autonomía y productividad económica. No sé qué pasa, pero creo que emocionalmente los papás de antes conectaban mucho mejor con los hijos…ve tú a saber.

Epílogo: Con ese primer sueldo también compré bobadas que muy rápido descubrió mi novia en turno, lo que merecidamente provocó que me botara. Siendo integralmente mucho más madura que yo, me había aconsejado abrir una cuenta de inversión intocable, lo que yo había secundado con aparente convicción y entusiasmo. Ni hablar, le quedé bien mal.

Imposible terminar este texto sin recomendar el capítulo 50 de “Nuestros Años Maravillosos”, intitulado “El costo de la vida”. Es obligado; más que al caso. Dura 22 minutos y se encuentra en YouTube.

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