Qué grande se ve

Dominó
Foto: Wolfgang Eckert en Pixabay

Aproximadamente pasando los treinta años comienzan a manifestarse ciertas obsesiones con la edad y su relación con el aspecto físico. En absoluto es un tema privativo de las mujeres, aunque podría afirmarse que por ser un poco más vanidosas que los hombres sean ellas quienes enfaticen sus preocupaciones por el tema. Basta ver a cualquier mujer pasar frente a un ventanal o espejo de gran tamaño para atestiguar la revisión que hacen de que todo esté lo mejor acomodado posible, procedimiento que remata con un enfoque a su espalda baja que infructuosamente pretende ser discreto. Algo así es impensable en los hombres, empezando porqué no es en esa región donde se acumula nuestra grasa; lo normal, será que parezcamos figuras de barro a las que sentaron estando aún frescas.

El envejecimiento es parte natural de cualquier ser vivo, pero la manera como ocurre sí guarda relación con múltiples factores. Que si el color de la piel, que si la alimentación, que si la genética, que si el ejercicio, que si el debido descanso, que si las cremas auxiliares para retardar los efectos…tantas cosas. Lo cierto es que al final del día y por todas estas razones, y muchas más que se ubican en la gaveta de los grandes misterios, hay personas que envejecen más lentamente respecto de lo que pasa en promedio con la gente de su edad, y otras que lo hacen de manera mucho más acelerada. 

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Sin duda tengo más amigos que se ubican en el segundo grupo, habiendo sus casos destacados. “El Tío”, por ejemplo, a quien cada vez que hemos ido a una funeraria a despedir a un amigo o a uno de sus familiares cercanos, no falta quien le recomiende que ya que está en un establecimiento de ese tipo debiera aprovechar para hacerse las pruebas del maquillaje que le gustaría le aplicaran para esa ocasión que parece inminente, y el mismo a quien le sugieren comenzar a utilizar mascarillas de barro para que se vaya acostumbrando a tenerlo en su rostro, en caso de no optar por la cremación. Por ser uno de mis grandes amigos, le toca que le dé un poco de lata. En una ocasión en que fuimos juntos a una reunión en la que el noventa por ciento eran personas desconocidas para nosotros, para matar el tiempo lo empecé a molestar frente a los otros ocho ocupantes de la mesa. Pasatiempos que uno tiene. Al cabo de un rato, un joven que atestiguaba ese bullying que en honor a la verdad corría en ambas direcciones, nos dijo: “perdón que los interrumpa, pero qué agradable es observar lo bien que se llevan padre e hijo”. No siendo necesario aclarar quién era quién a los ojos del muchacho, tras la andanada de lata que le propiné la víctima me pidió que no contara el episodio al resto de nuestros amigos, ante lo cual le insistí en que por favor no tuviera esa preocupación. Obviamente no atendí la súplica; antes de que hubiera pasado media hora del incidente, ya había mandado una reseña ilustrada al grupo de WhatsApp. 

El envejecimiento y la muerte no son temas tabúes entre mis amigos.  En mi grupo de dominó hacemos periódicamente apuestas sobre quien se irá primero al más allá. Empezamos con el ejercicio de prospectiva estando todavía Carlos entre nosotros, quien simpática y estoicamente asumía el que lo seleccionáramos, sabedores todos de su nefasta y terminal enfermedad. Como el aspecto de algunos ha comenzado a deteriorarse aceleradamente, lo que ha hecho que la pelea por los primeros lugares se cierre, nos hemos permitido emular los métodos de apuestas en las carreras de caballos, conocidas como “candado”, las que te permiten hacer dos selecciones, no importando quién llegue en primero o segundo lugar. Lo relevante es que sean los escogidos quienes ocupen las posiciones de honor. Se me hace que atendiendo ese viejo dicho de “enero y febrero, desviejadero”, pronto despejaremos la duda, con lo cual quienes sobrevivan tendrán que organizarse para lanzar la convocatoria para los reemplazos. Ojalá sea de los que me quede. ¡Qué nervios!.

Aunque lo normal es que sean el rostro y el cabello donde uno pueda monitorear el nivel de envejecimiento, en ocasiones es en otras partes donde se detecta, y no me refiero al escurrimiento de carnes en que se haya podido caer, pues ello más que alertar sobre la vejez de lo que nos habla es de un desprecio a las dietas y el ejercicio. No, de lo que hablo es de la estatura. Tengo un compadre que aunque solo tiene algunas discretas canas y un rostro exento de profundas líneas de expresión, ha debido pagar un alto precio al hacerse grande de edad, convirtiéndose en chiquito de estatura. Perfecto me imagino a la comadre subiéndole mes a mes a la bastilla de sus pantalones. A este ritmo, no tarda aquel día en que cuando nos reunamos a platicar lo deba sentar en una de mis piernas, sosteniéndolo bien de su pequeña espalda.

El envejecimiento es ojete y se ensaña con quienes pretenden engañarlo. Si no, ahí está el caso del Gordo Tudón (uno de los tres afamados gordos del americano), aplicándose ese tinte color “ala de cuervo” que arrancaba murmullos entre las multitudes, como el de “qué negro pelo tiene el viejito panzón”, o las mujeres que abusando del maquillaje lo único que logran es echarse un par de lustros adicionales a su aspecto. ¿Por qué no terminan por entender que menos es más?

No hay nada que hacer, más que aceptar el inexorable paso del tiempo. Tenemos que entender que un coche de dos plazas no nos rejuvenece, ni tampoco el ir a antros, ni organizar alocadas vacaciones en la playa, que más que otra cosa nos harán parecer a los protagonistas de la película Cocoon, en aquella escena en la que en un ataque de vitalidad los habitantes de la casa de retiro se meten a la alberca. Hay que ubicarnos en nuestras correspondientes edades, las que cada una tienen un encanto especial y por tanto mucho por disfrutarlas.

Para enero próximo se ha organizado una comida de ex compañeros de la prepa, la mayoría de los cuales no nos hemos visto por décadas. Una vieja amiga, en el más amplio sentido del término, me ha llamado y escrito para preguntarme si iré, y también para chismear que ha entrado al face de las y los compañeros escolares convocados, advirtiéndome lo bien que están algunos según las fotos que tienen en su muro, y lo amolados que se encuentran otros. Creo que con cierta objetividad le he dicho que, llegado el momento de despedirnos de ese evento, más de una dirá de ella: “qué grande se ve, ¿pues qué le pasó?”. Yo no me preocuparía; igual que yo, bastará para amortiguar el impacto el que se repita “que la edad no la marca un acta de nacimiento o un rostro, sino una actitud ante la vida”. Ya qué.

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